Padre Mateo

"Cuando me fui un gurí dijo: ‘¿Y ahora quién nos defiende?"

El sacerdote salesiano Mateo Méndez es párroco de San Isidro, en la ciudad de Las Piedras, localidad en la que lleva adelante el proyecto “Minga”, y tuvo un efímero pasaje por el INAU.

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"No tuve problemas con Joselo, el trato era con los delegados del sindicato".

En entrevista con El País analizó la violencia de los funcionarios hacia los menores que mostró un video, y reiteró su convencimiento de que “mientras el Estado, por ley, tenga el monopolio de la atención a los menores”, va a ser imposible que instituciones y actores privados puedan demostrar que tienen condiciones para atender y recuperar a los menores infractores.

—¿Qué sensaciones le provocaron las imágenes del operativo en el Sirpa?

—Uno que estuvo ahí ve esas imágenes y dice: ‘¡Otra vez arroz!’. La mirada sobre esta realidad lleva a la indignación. Por lo que se ve cuesta mucho erradicar esas prácticas no educativas que tiene la institución.

—Cuando estuvo en el INAU, ¿tuvo alguna vez algún problema con Joselo López?

—No tuve problemas. El trato, mientras estuve en la institución, se hacía a través de delegados sindicales. Puntualmente (con Joselo) mantuvimos algún encuentro, pero fue muy esporádico. Una vez hubo una asamblea de funcionarios que hicimos para hacer el lanzamiento de nuestra propuesta, decir hacia dónde queríamos llevar las cosas, teniendo en cuenta lo que se había hecho y lo que se podía llegar a hacer.

—¿Tuvo la sensación de que imperaba el criterio de que lo más importante eran los funcionarios y no los muchachos que estaban internados?

—Ese es el error. Lo más importante ahí son los adolescentes. Al ver la represión uno se pregunta si esas son maneras de educar. Se cree que este tipo de chiquilines que cometieron reiterados delitos dejan de ser personas y son irrecuperables. Ese es el argumento más fácil de esgrimir para decir que no van a cambiar nunca, cuando lo que tiene que hacer el adulto es plantearse con honestidad la pregunta: ¿Soy apto para este tipo de trabajo? Sí no lo soy, tengo que irme. Es cuestión de conciencia. No puedo estar en un lugar donde los gurises me producen rabia, bronca y fastidio. Cuando un menor vuelve, dicen: ¡Otra vez! Cuando en realidad, tendrían que preguntarse por qué volvió. ¿No será que tu trabajo anterior no sirvió? Hay una práctica que parece habitual en la institución y consiste en creer que es llevarlo, esperar a que pase el tiempo, que se cumpla la sentencia y se vaya. Lamentablemente, parece que es eso lo que la gente prefiere. Sin embargo, los vecinos pierden de vista que ese muchacho va a volver al barrio. Y si no ha sido rehabilitado, es probable que vuelva peor que antes. Por lo tanto hay que apostar a quienes dentro de la institución están dispuestos a asumir una tarea nueva. Por eso digo que lo nuestro fue vino nuevo en odres viejos. Y esos odres no resistieron al vino nuevo.

—¿El INAU tiene interés en hacer lo que tiene que hacer?

—Hoy el monopolio de los menores infractores lo tiene el INAU. Para cambiar esta realidad hay que aprobar una ley que habilite a los privados a atender a esos menores.

—¿Usted se fue del INAU porque tenía problemas con los funcionarios y no con los muchachos?

—¡Por supuesto! Recuerdo que cuando nos íbamos uno de los gurises dijo: ¿Y ahora quién nos va a defender?.

—¿Se arrepintió en algún momento de haber asumido el desafío en el INAU?

—No. Para nada. Cuando nos encontramos con el equipo, siempre decimos que al pasar por allí dejamos una semilla sembrada.

—¿Por qué impera el preconcepto de que los menores infractores son irrecuperables?

—Uno en el transcurso de la vida se va dando cuenta de algunas cosas que son fundamentales en la existencia humana. Por eso pienso que el sistema preventivo de Don Bosco (fundador de los salesianos) de prevenir antes que curar sigue siendo importante y está vigente. Creo que estos gurises tienen hambre de afecto, de cariño. El tema pasa por no considerarse juez del gurí que está allí. Hay que trabajar sobre la parte sana del adolescente. Eso es lo que hay que hacer. Hay que descubrir qué le gusta hacer y hay que estimularlo a que lo haga. Sobre eso hay que trabajar. Esa es la propuesta que la institución tiene que descubrir. La institución tiene que descubrir que nadie es totalmente malo, o totalmente bueno. Siempre la gente es rescatable. Pero, para encontrar lo rescatable yo tengo que tener tiempo, tengo que tener los espacios para darle al adolescente el tiempo necesario para reconocer sus errores.

—¿Están dadas las condiciones para lograr eso desde el punto de vista económico?

—Sí, económicamente el INAU no tiene problemas. Sin embargo no se logran los resultados.

—¿Todos los funcionarios son educadores?

—En general los funcionarios tienen la formación que se les aporta en el centro. Creo que es necesario fijar un periodo de prueba, para ver cómo el funcionario que ha sido capacitado resuelve los conflictos que plantean cotidianamente los adolescentes. Si el funcionario no tiene la capacidad para resolver esos conflictos, no está habilitado para trabajar con ellos.

—Cuando estuvo en el INAU lo acusaron de ir allí solo para leer la Biblia. ¿Qué piensa hoy de esas opiniones?

—Con relación a esa frase, digo que capaz que no les viene mal que algún día se dediquen a leer la Biblia. Quizá por ahí se logra un cambio de actitudes. Nosotros, cuando planteamos nuestro trabajo (en la asamblea de los trabajadores) dijimos que no íbamos con la bandera a conquistar. Dijimos que teníamos un proyecto que pretendíamos desarrollar junto con los trabajadores. También dijimos que no teníamos todas las soluciones a la problemática de la institución, pero sí la voluntad de ir haciendo camino con aquellos que se quisieran ir sumando a esta propuesta nueva. Cuando viene lo nuevo, seguramente hay que abandonar algunas prácticas viejas. Prácticas que no están bien, que no condicen con el tiempo, que no condicen con las situaciones que los adolescentes necesitan adentro. Nosotros nunca pecamos de ingenuos. Sabíamos muy bien que violadores, asesinos, adictos y borrachos estaban en la colonia. Sabíamos que no estábamos trabajando con niños de pecho. Pero esto no le da al trabajador la autoridad para despreciarlos, humillarlos y no favorecer su reinserción en la sociedad como Dios manda.

—¿Qué opinión le merece el proyecto que se plebiscitó que pretendía rebajar a 16 años la edad de imputabilidad penal?

—Leí la propuesta. Yo creo que solo se cambia una cosa por otra cuando se agotaron los esfuerzos. Ahí se termina admitiendo que es necesario cambiar. Y me parece que éste no es el caso. No creo que se hayan agotado los esfuerzos para que la institución recupere a esos menores. Porque además de ocuparse del chico, la institución, durante la reclusión del menor, también debería ocuparse de su familia, para que (la familia) esté rehabilitada para recibir a ese menor. Y eso no se ha hecho. Es muy poco lo que se hace por la familia. No creo que sea oportuno bajar las edades cuando la institución no está haciendo lo que tiene que hacer.

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