La “cita a ciegas” con aventuras inesperadas atrae a los turistas intrépidos

Los Indiana Jones uruguayos

Siguen vigentes los circuitos del turismo tradicional con visitas a destinos en donde la gente se saca fotos junto a la Torre Eiffel, en las puertas o en el interior del Coliseo romano o captura en imágenes a la ciudad de Nueva York desde el gigantesco Empire State.

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Lo exótico promete descarga de adrenalina, gozos y miedos.

Sin embargo, cada vez más aumenta el magnetismo de sitios exóticos y el turismo de aventura. Aunque en muchos de estos casos lo ofrecido por los promotores reduce al mínimo lo inesperado.

Hay viajes a la selva amazónica que se centran en excursiones a ciudades como Baeza, en donde puede apreciarse el valor arqueológico de la cultura rebelde de los quijos. O a parques ecológicos en donde los turistas terminan alimentando con sus manos a un cuchucho, una especie de coatí más bueno que Bambi.

Otras personas en cambio consideran que lo exótico es una opción de corte familiar pero incapaz de provocar un súbito escape de esa droga natural que es la adrenalina.No son turistas, son viajeros que van detrás del peligro o por lo menos saben que podrán exponerse a ser acechados, de improviso, por catástrofes naturales o animales salvajes.

Aun dentro de un safari que tiene su circuito establecido, suceden cosas imprevistas, irrumpe en la realidad algo impensado, fantástico.

Escorpión y rugidos.

Felipe Castro, uno de esos viajeros atípicos, contó a El País una experiencia que vivió en el África meridional, cuando en Zimbabwe, de pronto la carretera empezó a diluirse, algo que no estaba señalado en los mapas. "Iba con mi compañero de este tipo de viajes, Juan, su mujer y un belga. Estacioné el auto abajo de un arbolito y ellos armaron un fogón. Hice un banco con dos rocas y nos tomamos una latas de cerveza. Pero de pronto el fuego se avivó porque mi amigo le tiró unas cáscaras. Levanté una roca para sentarme más atrás y vi un escorpión, pero de esos té con leche, muy grande. Inconscientemente le tiré un poco de cerveza y enseguida se mimetizó ahí con la arena; después lo corrimos y lo clavamos en una estaca. ¡Estuve sentado una hora con el escorpión entre las dos rocas!".

En el mismo lugar, a la noche, dentro de una carpa liviana fue despertado por lo que define como "unos rugiditos". Recordó que le habían contado que por allí había rinocerontes llamados bomberos, porque suelen acercarse al fuego para extinguirlo.

En medio de la incertidumbre, Felipe decidió jugársela, correr el cierre de la carpa y sacar su cabeza.

"En esos momentos uno se pregunta qué está haciendo ahí. Pero bueno, saqué la cabeza y vi que eran burros salvajes que se espantaron cuando salí. Era una noche cálida, con la luna que se ponía detrás de una montaña y un sol enorme que aparecía por el otro lado. No pasó nada como tampoco con el escorpión, pero en ese caso, si me hubiera hecho algo, no estaba para contarlo porque no estábamos a menos de cinco horas de alguna zona con servicios. En esos casos se miden la fuerzas de uno y la vulnerabilidad, lo precario, no somos nada", recuerda hoy a los 56 años, después de muchos viajes al África con mochila a la espalda, pero también desde Pakistán y Nepal hasta una isla de Tailandia, poco antes del devastador tsunami de 2004.

Contratiempos.

Felipe Castro también recuerda entre los desafíos que le tocó vivir el tránsito por la carretera épica del Karakórum, que serpentea a través de la cordillera del Himalaya y es considerada la vía pública asfaltada más alta del planeta.

"Con mi amigo Juan y nuestras compañeras, estábamos en la ciudad de Golmud (en China), un lugar aislado. Veníamos de recorrer la Karakórum, el Himalaya, Pakistán, y el desierto de Takla Makan, inhóspito. Teníamos que avanzar pero la única manera era con la mafia, vestida de traje y corbata. Llegamos a una especie de acuerdo. Una mañana nos levantó un taxi del hotel, iba una moto delante y un sedán negro. Nos llevaron a un motelucho y después seguimos viaje. Al final llegamos a un ómnibus de línea que estaba parado en medio de la nada; previo pago, los mafiosos nos metieron en ese ómnibus inefable: dos pisos de tibetanos y chinos acostados en cuchetas, una masa humana. Nos metieron en el fondo, arriba de una tarima y nos dieron unas bolsas para que nos cubriéramos si aparecía la policía china. Fue desolador, peor que encontrarse con un león. Una situación extrema, que sólo se entiende allí, con el garrón duro, con cansancio, sudores".

Sentir la humanidad propia acechada de tal modo u otro cambia la mirada.

Pirañas y anacondas.

Valeria Dos Anjos es un ejemplo de alguien que penetró en una pesadilla quirogiana para zafar del desconsuelo del tiempo que estuvo en el seguro de paro.

Por las millas acumuladas en una línea aérea, recibió un viaje de regalo y marchó al Perú, llegando a Iquitos, en la selva norte, al oriente.

En la Amazonia, una breve excursión le hizo pensar más de una vez por qué estaba viajando sola. Las lagartijas transparentes, la comida fuerte y temperaturas de 50° no serían empero lo que le puso los pelos de punta. Dos Anjos brindó su relato a El País.

"Por el rio Amazonas hicimos 100 kilómetros aproximadamente, luego nos bajamos del barco, atravesamos un pueblito y agarramos un afluente tupido de árboles y pirañas, hasta llegar al hotel. Visitamos una tribu de aborígenes que nos enseñaron con señas cómo cazan. Después fuimos selva adentro en el día, en busca de aprender un poco de flora, y de noche salimos a hacer el tour para conocer arañas y hormigas grandiosas. Íbamos solo tres turistas y dos guias con perros. Estuvimos caminando unos 20 minutos hasta que los perros se pusieron a ladrar mal, se fueron corriendo y entonces el guia principal nos dio la orden de hacer silencio. Sentimos un ruido muy fuerte en el medio de la nada. Nos agarramos las manos y tuvimos que salir picando para el refugio: una anaconda estaba defendiendo su territorio. Nos dijo el guía: "Quédense tranquilos que solo come una vez a la semana".

"Igual, prendimos fuegos alrededor del refugio para evitar que la anaconda se acercara".

En los días siguientes, la turista uruguaya se sumó a una jornada de pesca de pirañas.

"Se comen entre ellas y tienen tremendos dientes. Pero igual nos bañamos en el Amazonas. Solo si uno está lastimado no puede hacerlo, porque ahí atacan", explicó Valeria.

Más que la anaconda o las pirañas, su peor pesadilla ocurrió después. A bordo de una pequeña embarcación llamada "peque-peque", empezó a sentir un goteo. "Comezó a llover, con viento en contra. Estábamos muy lejos de la orilla. Llevaron el barco a un banco de arena. Todos sacábamos agua para afuera, yo con el termo. Empezaron a caer rayos, uno atrás de otro. Sin decir nada empezamos a rezar. No se veía ni a dos metros. En un momento paró de golpe la tormenta y a los diez minutos salió el sol", narró.

En Facebook hay una foto en la que se ve a todos abrazados; el guía la tituló: "El grupo de sobrevivientes".

Valeria contrajo el dengue; fue internada en Arequipa durante pocos días. A pesar de las peripecias estresantes, al igual que Felipe Castro, destacó que más allá de paisajes y traslados por las cornizas, el contacto con las poblaciones que mantienen culturas diversas a la occidental urbana resulta una experiencia removedora y vinculante, siempre y cuando el viajero se instale a la misma altura o un par de pasos por debajo de los nativos.

Destino desconocido.

Un grupo de trotamundos uruguayos que se agruparon bajo el nombre "De toque y toque" terminaron conformando una empresa de viajes que propone paquetes no usuales. En septiembre, por ejemplo, habrá un viaje con destino desconocido. Entregar el pasaporte es como firmar una hoja en blanco, y no pocos lo hacen.

En 2015 ya hicieron viajes a sendas místicas y una expedición a China. En mayo saldrá un grupo hacia Medio Oriente; ya confirmaron 14 personas y el cupo es de 30.

A las sabanas africanas se viajará en agosto. Un viaje de 21 días cuesta algo más de US$ 4.000. El viaje a Medio Oriente sale unos US$ 300 dólares menos. En todos los casos hay diversos modos de financiación.

En general se trata de que los turistas pongan los pies en las realidades "duras", pero no se los trata en todo momento como a mochileros. Hay recreos en hoteles cinco estrellas.

El sueño de Nepal y un final de pesadilla.

Federico Waksman y Juan Miguel Mariatti, dos de los uruguayos que sobrevivieron al terremoto en Nepal, habían planeado ese viaje cuando ambos estaban en 5° del liceo. Los dos tienen hoy 25 años.

"Juntábamos plata en una cajita de cartón pintada con los nombres de los países que queríamos visitar", contó Mariatti a El País. "Dejaron Nepal para lo último y reservamos un mes entero para conocerlo".

Su meta era hacer el circuito del Everest, el más popular del Himalaya.

"En tres dias organizamos la expedición en Kathmandú, comprando el equipamiento y estudiando los mapas". El objetivo final era llegar al campamento base, que se encuentra a 5.500 m de altura, donde todo está teñido de glaciares y nieve y el oxígeno disminuye al 50%.

Terremoto.

"El primer temblor lo sentimos subiendo unas escaleras de piedra llegando a un pueblito, luego de un largo ascenso", contó el joven Mariatti.

"Yo nunca había sentido un terremoto y pensé que la altura me estaba afectando. Pero enseguida escuché un estruendo profundo en el valle: rocas cayendo. Las casas se desmoronaban alrededor. Incrédulos, paramos a descansar mientras una familia nos ofrecía té con leche dulce (un clásico). A los 45 minutos volvió a temblar y se cayeron más estructuras, algunos templos budistas. Seguimos caminando hasta el destino, Phakding. En este pueblo no había tanta destrucción y conseguimos alojamiento. No había electricidad. De noche hubo réplicas y pánico. A la mañana despertamos y emprendimos camimo hacia la capital Sherpa, el hermoso pueblo de Namche Bazaar. A medio camino hubo una réplica y vimos una montaña desmoronándose al otro lado del valle. Llegamos y la situación era de caos total. Todos los hoteles estaban cerrados. La gente dormía en carpas en una planicie en el tope de la montaña, por miedo a que su casa se desmoronara en la noche.Había cientos de turistas desesperados".

Después de caminar para un lado y otro, los amigos llegaron al antiguo pueblo de Khumjung. Se conectaron a internet y terminaron por entender la magnitud de la situación en Nepal y el revuelo que su desaparición generó en Uruguay.

"Ahora nos tocó estar acá, y vamos a quedarnos a ayudar", concluyó Mariatti.

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