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Iconos verdes de Montevideo

En parques, calles y plazas de la ciudad hay un museo vegetal con ejemplares que merecen un tour.

En 1968 Juana de Ibarbourou estuvo en la inauguración de la placa en su palmera. Foto: A. Colmegna
En 1968 Juana de Ibarbourou estuvo en la inauguración de la placa en su palmera. Foto: A. Colmegna
A metros del Estadio el histórico ombú suele ser un lugar de encuentro de quienes llegan a ver fútbol. Foto: A. Colmegna
A metros del Estadio el histórico ombú suele ser un lugar de encuentro de quienes llegan a ver fútbol. Foto: A. Colmegna
La única gigantesca anacahuita de Montevideo. Foto: A. Colmegna
La única gigantesca anacahuita de Montevideo. Foto: A. Colmegna
Pino de la Rambla de Montevideo y Martí, que por contrato, debió mantenerse al lado del edificio. Foto: A. Colmegna
Pino de la Rambla de Montevideo y Martí, que por contrato, debió mantenerse al lado del edificio. Foto: A. Colmegna
El clásico ombú de Bvar. España y Luis de la Torre. Foto: A. Colmegna
El clásico ombú de Bvar. España y Luis de la Torre. Foto: A. Colmegna

Montevideo es una de las ciudades de Latinoamérica que tiene más espacios verdes y cantidad de árboles, sumando a los añosos —algunos más que centenarios— y a las especies de reposición.

Hay ejemplares destacados por su singularidad, son icónicos, con valor patrimonial. Pero también existen históricos conjuntos de "vegetales" (como se los denomina en la normativa que establece cuáles son de interés departamental).

Por ejemplo, los de la calle 19 de Abril y otros que también se encuentran en el ornato público en muchos barrios, como en el Cordón, en la calle Uruguay. Y asimismo entran en esa lista las palmeras de la Plaza Independencia que homenajean a cada uno de los 33 Orientales. El 27 de mayo de 2010, la Junta Departamental aprobó justamente la instalación de una placa en el lugar, destacando el vínculo simbólico.

Pero la palmera que reina en la capital, desafiando cambios de temperaturas y vientos del sur es la consagrada a la poeta Juana de Ibarbourou, a manera de monumento natural.

Está en la rambla de Pocitos, a la altura de la calle Pagola, en la mitad de la vereda, a unas cuadras de la mansión "Amphion", en donde Juana vivió entre 1942 y 1947, cuando por una crisis económica familiar debió venderla. La casa, en la Rambla del Perú 1503, pasó al consulado de Bélgica y en el predio se encuentra hoy un edificio de lujo, cuya fachada ondulante dialoga con el Río de la Plata.

Fue el 5 de enero de 1968 que se inauguró junto a la palmera una placa de mármol, en un acto al que asistió la propia Juana de América y figuras de la cultura, como la actriz Maruja Santullo, quien leyó varios poemas y parte de "Elegía", libro publicado en Palma de Mallorca que fue distinguido en 1966 con el premio Juan Alcover, de dicha ciudad. Aquel día, en jornada abierta al público, se entonó el Himno Nacional y a continuación abrió la parte oratoria Carlos Sabat Ercasty, presidente de la Academia de Letras de Uruguay.

El 23 de enero de 1968, el diario español ABC documentaba el homenaje costero: "en la víspera del día de Reyes, una ciudad de Hispanoamérica consagró, en acto público y solemne, un monumento singular a una de las mujeres más famosas del mundo hispánico. El acontecimiento fue en Montevideo, llamada la Atenas del Plata, donde ella produjo cuanto le conquistó la gloria. Y el símbolo monumental fue una armoniosa palma fénix (…) exquisita y única en su género, lo que tan delicada mujer significa para los muchos millones de seres que la admiran y aman".

En un mensaje de gratitud, Juana escribió lo que leyó su amiga Dora Isella Russell: "esta ceremonia, esta dádiva rompe todos los moldes comunes, porque lo que se me alcanza en actitud tan pura es una perspectiva del mar que he amado con tanto sufrimiento, una palma tan armoniosa que parece un ángel de pie". Enseguida, en aquel texto Juana de Ibarbourou resaltó la vecindad del busto de Rubén Darío, el poeta modernista que la inspiró en sus inicios y "cuyo bronce imperecedero tiene un color muy próximo al de su antigua y orgullosa raza chorotega".

En una de las caras de la placa se lee el Soneto a una Palma, que en su segunda estrofa dice: "Cuando todo se vuelva extensa calma/ y siga el mar la frágil tierra hendiendo,/ poco a poco mi espíritu, volviendo,/ irá a buscar morada en esta palma".

Más emblemas.

Una palmera, no integrada a la cultura literaria sino al deporte, es la de la tribuna visitante del estadio de Danubio, en Jardines del Hipódromo. El 21 de mayo de 2004, hinchas del club Cerrito la incendiaron pero la intervención de los bomberos evitó su desaparición. Sigue vivita y coleando como en 1957, año de inauguración de la cancha.

Por otro lado, y aunque al ombú se lo considere una planta arborescente y no un árbol, en esta breve nota no podían faltar dos ejemplos celebérrimos. Uno: el que se ubica muy cerca del Centenario, convertido en un punto de encuentro de los espectadores de fútbol, previo al ingreso al estadio. Y el otro, testigo mudo de todos los cambios urbanos ocurridos a su alrededor, el de Bulevar España y Luis de la Torre. En una placa a su lado se lee: "Año del árbol a Artigas. Árbol de la Fraternidad Americana, 12 de octubre-1950". Dicen que ese día un grupo de escolares lo regó con aguas traídas de todos los países de América.

Como muestra de integración entre modernos emprendimientos inmobiliarios y la botánica, un caso muy llamativo es el del altísimo pino que sobrevive ante el edificio de la rambla y José Martí.

Los propietarios de una vieja casona que le precedió habían puesto como condición a futuros adquirentes la imposibilidad de derribar el pino.

Mientras ya no están en Buschental los 86 eucaliptus que superaban los 130 años, como varios de Carrasco, en cambio, más ocultos, en parques o ex chacras, hay ejemplares de diversas especies que bien podrían integrar un circuito de turismo vegetal.

Un desafío es adentrarse en el Prado y descubrir el árbol de Artigas, un ibirapitá obtenido de semillas que se trajeron en 1926, producidas por el árbol bajo el que tomaba mate el prócer en Paraguay.

290.000 árboles en la capital.

Los datos oficiales indican que Montevideo cuenta con más de 210.000 árboles en calles y avenidas. Además, los ejemplares en plazas, parques y cementerios son unos 80.000.

Es decir que en total hay alrededor de 290.000 árboles. Los de plazas, parques y cementerios redondean el 28%, mientras los de calles son el 72%.

El promedio de edad es de aproximadamente 40 años para todo el arbolado.

Cuando se realizan sustituciones, cada uno de los ocho municipios dispone de 500 árboles, 4.000 por año. El objetivo es plantar 12.500 árboles por año, para llegar en dos décadas a 360.000, que es la capacidad existente en las calzadas.

Al año se gastan $ 9.000.000 en intervenciones por temporales, y más de 1.500 árboles son derribados o dañados en la ciudad. A pesar de que parezcan sanos en su exterior, patologías en sus bases los vuelven peligrosos, sobre todo a los que rondan los cien años.

Más allá de estas constataciones, los tiempos en que se efectúan podas de ramas o los cortes en raíces, más los atrasos confesos en los tratamientos necesarios, han implantado una polémica sin fin.

Paraísos, fresnos y plátanos integran la mayor parte de la población arbórea. Pero hay arces, tipas, olmos, jacarandaes, ibirapitaes, timboes, catalpas, parasoles, castaños, lapachos, eucaliptos, cipreses calvos, palmeras, pinos y casuarinas. La mayor parte son "anónimos" y los reconocen solo los vecinos que los tienen cerca de la puerta de sus casas.

Otros resultan históricos, casi "subterráneos" por su ubicación, como los del Jardín Botánico; o emblemáticos, debido a que guardan ricas historias o se vinculan a personajes famosos y a sitios muy concurridos.

Un árbol que se salvó del progreso.

En el Centro de Montevideo, en la esquina de Colonia y Yaguarón, un día se construyó sobre un predio baldío un moderno edificio que se catalogó "inteligente": la Torre de los Profesionales. Se empezó a pensar en el proyecto en 1996 y en 1997 comenzó su construcción. Fue inaugurado en 2001. El intendente de Montevideo era el arquitecto Mariano Arana, quien estableció una condición para otorgar los permisos: que no se cortara una anacahuita de gigantescas dimensiones.

Hoy, en un patio interno de la torre se la puede observar desde la calle Yaguarón entre Colonia y Mercedes, o ingresando por la entrada principal del edificio.

El árbol tiene una circunferencia 7,50 metros y una altura próxima a los 15 metros. Los expertos calculaban ya en la década de 1990 que era más que centenario.

A sus pies hay una placa de mármol que recuerda personalidades vinculadas a la obra pero nada se dice del árbol, que es la anacahuita más grande de Montevideo.

Según cuenta un artículo publicado en el diario El País en 2006, "cuando el chef Pablo Montes de Oca fue convocado para hacerse cargo de la cocina del nuevo espacio, consideró que el increíble ejemplar podía no solo ser la excusa para dar nombre al restó, sino también formar parte de la propuesta gastronómica del lugar".

El interés por jugar con lo diferente llevó al chef a incluir los frutos de la anacahuita en diversas opciones del menú. "Son unas pelotitas marrones que se deshidratan a horno lento, pierden la resina y quedan con todo el sabor. Se ponen en un molinillo y se utilizan como pimienta. Es más bien aromática, y más fuerte que la pimienta negra".

A la anacahuita también se le llama pimentero y aunque no es muy frecuente su uso en la cocina, "es la pimienta nuestra, la autóctona", indicaba el chef.

En el artículo se recomendaba una receta: "en el centro de una olla grande se coloca un plato forrado en papel de aluminio, y allí va carbón al rojo vivo. Encima de la brasa se colocan ramitas de anacahuita, mientras recostadas contra las paredes interiores de la olla se ponen las supremas de pollo, atravesadas por palitos tipo brochette. Se tapa, se prende y el humo que larga logra que la carne se impregne del sabor de la pimienta. Terminado el proceso de ahumado, se cocina a la plancha".

Al plato hay que agregarle peras glaseadas, y como entrada: un bouquet de verdes y brotes de soja.

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