ANÁLISIS

House of cards bananera

Fue una telenovela, con todas las letras. Como en los mejores exponentes del género, los guionistas (con el vicepresidente renunciante a la cabeza) no dudaron en ir acumulando sucesos extraordinarios e inverosímiles y en estirarla inútilmente, para mantener la atención de la teleaudiencia y alejarla de su cruda realidad.

Hacernos olvidar, por ejemplo, que tuvimos que tragar aumentos de impuestos y tarifas para financiar viejos y actuales despilfarros, y asistir con espanto a la genuflexión de nuestro propio país ante el dictador venezolano.

Por suerte apareció esta House of cards bananera, que nos invitó a reírnos de una persona, el vicepresidente, y olvidar que a nuestro alrededor más y más valores materiales y culturales se seguían derrumbando.

Ahora terminó. Lo más que puede pasar, a juzgar por las veladas amenazas de algunos voceros, es que el renunciante se lleve a alguno más consigo, perdido por perdido.

Ahora podemos dedicarnos a lo importante, que es esperar el fallo de la justicia respecto a la ruinosa administración de Ancap y seguir develando, con paciencia y rigor, las inconsistencias de un gobierno que privilegia la máquina de poder por sobre la eficiencia de gestión. Una coalición oficialista que no logra ocultar su cisma interno detrás de tantas apelaciones a la "unidad", pero que cuando llegue el momento, no dudará ni un segundo en volver a sumar fuerzas para mantener la sartén por el mango.

¿O es que alguien cree realmente que muerto este perro se acabó la rabia?

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