ACTO DE DESESPERACIÓN

Hombre en silla de ruedas desistió quemarse vivo por cierre de refugio

Anda en silla de ruedas y le ofrecieron local con escaleras. Había amenazado con quemarse vivo hoy en Plaza Independencia, pero cambió de opinión y dijo que se encadenará, aunque aún no tiene elegido el lugar.

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Un policía se acercó hoy hasta el hombre que protestó en Plaza Independencia. Foto: M. Bonjour

El cierre de un polémico refugio del Mides en Ciudad Vieja, al término del contrato con la ONG que lo administraba, obligó a derivar a decenas de usuarios a otros locales y deparó algunas situaciones críticas. Una de ellas es la de Enrique Roberto Pereira (71) quien perdió sus dos piernas en un accidente de tránsito en Argentina hace cinco años, y debe movilizarse en silla de ruedas. A Pereira le ofrecieron como alternativa otro local céntrico que presenta un serio inconveniente para su discapacidad: está en una planta alta y tiene que subir por escalera.

El hombre está desesperado y aseguró que "a las cuatro de la tarde de hoy" se iba a quemar vivo en la Plaza Independencia. Pero decidió no concretar esa idea y la cambió por la de encadenarse, aunque aún no tiene decidido en qué lugar.

Pereira relató a El País que es un ex capitán de fragata que se desempeñó en los Fusileros Navales (Fusna) en las "épocas difíciles". Contó que estudió "en la Escuela de las Américas en Panamá y en un instituto sobre guerrilla urbana en Sao Paulo", pero como se fue del país "no pude hacer los trámites para retirarme".

Hasta la semana pasada vivía en un refugio del Mides, en la calle Cerrito casi Pérez Castellano, que había sido adjudicado en 2013 a la ONG A Redoblar. La organización perdió los fondos que recibía del Estado y debió entregar el local.

Desde su instalación en noviembre del año 2014, el refugio para hombres de la Ciudad Vieja, que albergaba a 40 personas en situación de calle, estuvo en el centro de la polémica. Estaba situado frente a un lujoso hotel boutique, cuatro estrellas, y a pocos metros del corredor de turistas que bajan de los cruceros y se dirigen al centro de Montevideo.

Desde la inauguración hace dos años, hasta el martes pasado, los usuarios del refugio permanecían durante varias horas en la entrada, aguardando a que se abrieran las puertas, confirmaron vecinos del barrio.

Fondos.

"La ONG A Redoblar perdió la licitación pública, por eso no se le renovó el convenio", informó a El País Malena García, vocera del Mides, en un escueto mensaje de texto.

"Los usuarios permanentes de ese centro fueron derivados a otros", explicó.

De acuerdo con la decisión administrativa del Mides, Pereira debía ingresar a un centro que queda en la zona de Germán Barbato y Mercedes.

Ese refugio funciona en un primer piso, al que se asciende por escaleras.

"Yo no puedo acceder al lugar", explicó Pereira.

"No hay refugios para gente que anda en sillas de ruedas, todos tienen escaleras", afirmó.

El refugio de la calle Cerrito generó protestas entre los vecinos desde el momento en que se anunció su habilitación.

Vecinos y comerciantes presentaron una queja ante el Mides y desde esa cartera se garantizó que el funcionamiento del centro de acogida no alteraría la vida del barrio.

Desde el Mides se aseguró que nadie que acudiera al refugio tiene por qué "permanecer en la calle".

Por otro lado, Pereira contó a El País algunas de las peripecias que tuvo que atravesar mientras vivió en ese lugar.

"Me robaron todo", dijo mientras exhibía una copia de una denuncia policial.

Al parecer, el hecho de haber sido parte del Fusna en "tiempos difíciles" le jugó en contra durante su permanencia en el refugio de la Ciudad Vieja.

Mientras espera que le abran el local para sacar sus cosas, asegura que cuando se decidió el traslado de los usuarios se reunió con otras personas que, como él, se movilizan en sillas de ruedas. Tres de ellas estaban dispuestas a inmolarse si no aparecía una solución, dijo.

Desesperado: se despidió de su madre y hermanos.

Usa guantes blancos de manera permanente. Le faltan las piernas y el corazón no le funciona bien pero sigue trabajando. Enrique Roberto Pereira tiene una pensión de algo más de $ 7.000 y ha-ce changas "para los taxistas". No tiene un lugar para vivir y cree que ya no le quedan muchas opciones.

Amenaza con quitarse la vida si el Mides no le consigue un refugio que tenga entrada para silla de ruedas. "Esto no da para más, estoy cansado de vivir así, quiero estar tranquilo", dijo a El País.

En las últimas dos noches estuvo en el local del antiguo refugio y en otro local de la calle Agraciada donde no podrá permanecer más tiempo. "Ya hablé con mi madre, que tiene 90 años de edad, y con mis hermanos", dijo anoche a El País.

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