ATRACCIÓN DEL BIOPARQUE DE MELO

La historia conmovedora del viudo y el mono Totó

Llueva o truene, desde hace seis años visita diariamente al mono de su señora en el zoológico de Melo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
De visita: José, el pasado domingo en el zoo de Melo visitando a su mono. Foto: N. Araújo

El mono se llama "Totó" y tiene 11 años. Vivía con una pareja de adultos mayores hasta que María, la dueña, debió someterse a un largo tratamiento oncológico y se ausentó de su casa por seis meses, hasta que falleció.

"La última voluntad de mi esposa fue: Cuidá bien a Totó", recuerda José, su viudo, con lágrimas en sus ojos reviviendo aquel triste momento.

Ese mismo día el animal, que parecía presentir todo lo ocurrido, desapareció misteriosamente de la casa donde había sido domesticado por la pareja.

Aquella tarde de julio de 2006, cuando José regresaba de las exequias de María, mientras hacía el trayecto del cementerio hasta su casa, pensaba que el único refugio para hacer el duelo era salir a pasear con Totó, cuidarlo, cocinarle, hablarle... De esa forma podía aliviar la enorme pérdida y la pena del deceso de su compañera durante 50 años; pero la sorpresa fue grande cuando abrió la puerta, revisó el patio, los dormitorios, el baño y Totó no estaba en ningún lado.

"Se había ido", dijo José, doblemente consternado por la muerte de su esposa y, ahora, la ausencia del mono apreciado.

Al día siguiente comenzó una intensa búsqueda entre vecinos del barrio Arpí. Se dio aviso a la policía y al Canal 12 local de Melo para que difundieran en sus informativos la desaparición del mono. Nunca se perdió la esperanza de hallarlo vivo.

Totó: el mono de José y María, atracción del bioparque de Melo. Foto: N. Araújo
Totó: el mono de José y María, atracción del bioparque de Melo. Foto: N. Araújo

Rodeado.

Una semana después, un vecino de Melo encontró a sus perros enfurecidos alrededor de un árbol, en un espeso monte cerca del zoológico. Tenían rodeado a Totó que estaba trepado a un árbol en la zona conocida como "la Isla del Bicho", a unos cuatro o cinco kilómetros de la casa donde vivían sus dueños.

José fue enterado del hallazgo y con la alegría del caso fue hasta el lugar acompañado por algunos vecinos. Allí estaba Totó, en la copa del árbol.

"Estaba flaco y distinto", recuerda José, "pero cuando me vio se tiró del árbol, vino a mi lado y me tomó de la mano como pidiéndome perdón, dándome el pésame o pidiendo para regresar a casa. No sé, esa fue mi sensación".

Otra desaparición.

"Volvimos con Totó a casa, pero fue solo por poco tiempo. A la semana volvió a desaparecer. Extrañaba mucho a María", sostuvo el viudo.

"Yo había levantado los muros de casa a varios metros de altura pero él igual escapaba; luego de otra campaña de búsqueda lo volvimos a ubicar en la misma isla donde se había ocultado la primera vez".

A partir de ese momento se le ocurrió llevarlo al zoológico. Le buscaron una ubicación muy buena, una jaula con escalera, con una casa abrigada y ahí está desde el año 2011.

"A Totó lo compramos a unos gitanos que habían acampado en una enorme carpa frente a nuestra casa", explicó José. "Era hijo de una pareja de monos que nació aquí en Melo, y después pasó a convertirse en el hijo que teníamos en casa".

Desde que Totó pasó a vivir en el zoológico, hoy transformado en bioparque, José no ha dejado de ir a verlo ni un solo día. "Llueva o truene, sea feriado o domingo vengo todos los días a traerle el almuerzo", dijo.

José entra a la jaula y permanece más de una hora con el mono; le habla, lo alimenta y juega con él. Después se despide, sale de la jaula y se va.

Este domingo pasado, una familia de Montevideo que visitaba el bioparque de Melo se sorprendió al ver a una persona dentro de la jaula del mono.

"¿Usted también forma parte de la especie?", le preguntaron bromeando y José se sintió en la obligación de narrar la historia de Totó, la misma que ahora conocen los lectores.

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