LA ENTREVISTA DEL DOMINGO - ALEJANDRO GARAY 

"Los futbolistas de elite hoy salen de la clase media"

Cuando se enfrenta a los nuevos futbolistas de la selección Garay los recibe ante el pizarrón. Esperan que les enseñe alguna jugada, pero no.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Alejandro Garay. Foto: Fernando Ponzetto

Él dibuja un equilibrista que camina en un hilo ubicado sobre una fosa con cocodrilos. Él les explica que lo que ellos tienen que hacer es construir una red para no caer allí. Las cuerdas de la red se construyen estudiando. “Se necesita que tengan una contención por si el sueño de ser futbolistas no se cumple”, explica.

—¿A partir de qué edad los jóvenes tienen posibilidades de ser convocados por la selección?

—Algunos llegan con 13 años para sumarse a las sub 15. Esto es algo que el Maestro (Óscar Washington Tabárez) planificó y que los dirigentes apoyan. Los tenemos un año o un año y medio antes de la competencia.

—¿Dónde se empieza a buscar a estos jugadores, en los clubes o en el baby fútbol?

—En el baby fútbol yo no buscaba mucho (NdR: Garay fue tres años director técnico de la sub 15 y luego pasó a hacerse cargo de la sub 17). Diego Demarco, que está ahora en la sub 15, tiene un conocimiento mejor y sí lo hace. Pero los ojeadores, los captadores, empiezan a buscar a partir de que los chiquilines tienen diez años. En las primeras categorías de baby ya los tienen a todos vistos. También hay todo un universo de chiquilines que quedan por fuera, que son los que provienen del interior, más bien del interior profundo, que a veces no tienen cómo mostrarse porque no hay competencias. Los integrantes de la selección vamos mucho al interior.

—¿Tienen que estar jugando en un equipo profesional para entrar a la selección?

—Para nada. Si están jugando en algún club del interior ya pueden entrar a la selección.

—¿Cómo es el negocio que se mueve alrededor de todo eso?

—Es un gran negocio. Cuando un chiquilín se viene a Montevideo porque nosotros lo convocamos desde la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) llega a la primera reunión solo, a la segunda solo, pero a la tercera ya tiene un representante. O si no un club de acá ya lo ojeó y lo conversó para que se venga. Ahí empiezan a aparecer los contratos, que los clubes se los hacen firmar para evitar que se los lleven.

—¿Se los cuida desde la AUF para que no vayan a firmar un contrato que pueda perjudicar su futuro?

—No hay reglas en ese sentido. Es una pena, pero no las hay. Creo que no se los tendría que dejar venir tan chicos a los clubes de Montevideo. Con la selección es distinto, porque entrenan y se vuelven, y pueden seguir estudiando y mantener su entorno en el interior; con los clubes ya se tienen que venir a vivir. Llegan con 13 años, algunos se mudan con su familia, otros se vienen solos. Eso es una locura.

—¿A qué edad deberían empezar a ser reclutados por los clubes?

—Antes de los 15 años nunca. Pero claro, lo que pasa es que en el interior no tienen las posibilidades que necesitan para desarrollarse en el fútbol. Hay departamentos donde hay solo ocho partidos al año. En otros está funcionando un plan que ideó el Maestro y la cosa es distinta. En Colonia y Maldonado hay entre 30 y 40 partidos. En Salto también hay mucho movimiento, tienen tres categorías en la liga local, A, B, y C.

—Imagino que algunos de los chicos que entran a la selección con 13 años no deben tener ni terminada la escuela…

—Hay algunos casos, sí. Esto siempre fue un problema, pero se está mejorando. Hay un programa que estaba en manos de Presidencia, y que ahora pasó a la Secretaría Nacional de Deporte, que se llama Gol al Futuro. Empezó a funcionar en 2009. En ese entonces el 50% de los gurises que estaban jugando en la AUF asistían a algún centro educativo; ahora se pasó al 91%. Cada institución cuenta con un educador que ayuda y controla a los chiquilines. Hay un acuerdo por el cual pueden salir una hora antes de estudiar en caso de que tengan alguna actividad entre semana, pero a veces los gurises se aprovechaban y salían dos horas antes. Al haber un educador en los clubes esto se cortó. El programa también se ocupó de agendar los amistosos solo para sábados y domingos. El plan es muy bueno porque también implica contraprestaciones a los clubes por cumplirlo: se les da 80 pelotas al año y conos para entrenar. Muchas veces los papás apuntan a que jueguen al fútbol y no a que estudien, entonces lo primero que hacían antes era dejar de estudiar. Ahora esto se controla.

—¿Es una condición para jugar en la selección que los adolescentes estudien?

—No, pero se hacen cosas para incentivarlo. A los chicos que no estudian los inducimos a que lo hagan. Yo, por ejemplo, controlo los boletines.

—¿Y qué pasa si tienen las notas bajas?

—Se trabaja con el chico para que modifique la situación. Esto es algo que le propuse al Maestro y que él lo aceptó encantado. Era algo que yo ya hacía con las inferiores de Nacional y de Danubio, donde estuve antes. La pelota me da poder. Yo soy el que doy el equipo, y con eso puedo ayudar a cambiar algunas conductas. El hormigón del banco es bueno para reflexionar. Hay chicos de la selección que se perdieron viajes por estar mal en el liceo. Nunca saqué a ninguno de una competencia oficial, pero sí de varios amistosos. Más de una vez también saqué de la selección a alguno para que mejore sus calificaciones. Les digo: "Te vas a un mes de reflexión a tu equipo, cuando vuelvas hacelo con el boletín un poco mejor".

—¿Cómo se maneja el tema de los padres?, porque algunos deben proyectar en sus hijos una oportunidad económica…

—Eso es todo un tema, porque los chiquilines entrenan en el mismo lugar que los mayores, y eso mueve mucha cosa adentro de las cabezas de los niños, pero también en las de los adultos. Más de uno vislumbra pesos y dólares por todos lados a través de sus hijos. Se desenfocan que están educando a un futuro ciudadano, y piensan que solo están criando a un futbolista. Pierden de vista que las estadísticas son muy crueles: llegan 1,4 cada 1.000 a la elite. Esto se ha modificado en algunas generaciones, pero siempre se vuelve a este nivel.

—¿Hay casos de jóvenes que empiezan muy bien pero que luego se desmoronan?

—Sí, muchísimos, por eso somos muy cuidadosos a la hora de decir quién va a llegar y quién no va a llegar. Hay muchos imponderables en el camino. Muchas veces viene un dirigente y te dice: "¿Por qué tenés a este acá si sabés que no va a llegar?" Y a los seis años el tipo explota, juega y es una sorpresa. También hay casos de chiquilines que se piensa que van a ser unos fenómenos y después desaparecen. Por eso remarcamos la importancia del estudio. Les decimos que a través de los libros se meten una herramienta en el bolsillo por si las cosas no salen.

—Hay un mito que dice que los jugadores de fútbol salen de los potreros y de los barrios más carenciados. ¿Esto es así?

—No, esto pasa cada vez menos. Hoy el futbolista de elite sale de la clase media. Estoy hablando de los futbolistas ideales, los de primera división, los que son elegibles para una selección, los que pueden ser vendidos al exterior. Los que tienen carencias desde su gestación hasta los cuatro años, ya sean dificultades alimenticias o enfermedades producto de su entorno, pueden llegar a la elite, pero no se pueden mantener en ese nivel. La ciencia ha logrado compensar mediante vitaminas y suplementaciones, sumadas al entrenamiento, el desgaste que el futbolista enfrenta en la competición, pero esto no sirve para compensar lo que él trae por su historia. Eso no se corrige.

—¿Esto se nota solo a nivel físico o también intelectual?

—También intelectual. El futbolista necesita comprender el juego, tomar decisiones correctas, por eso es tan importante que estudie. Hay una gran diferencia entre jugar a la pelota y jugar al fútbol. El que juega al fútbol entiende el juego y también maneja la frustración, el que juega a la pelota cuando determinadas situaciones lo desbordan se siente muy mal.

—¿Se enseña en la selección a manejar la frustración?

—Sí, y se les trata de dejar claro que la diferencia entre el que llega y el que no está ahí. Si la frustración les insume un gran gasto energético, están en problemas.

—¿Cuáles son las tentaciones a las que se enfrentan los jóvenes futbolistas?

—Hay dos tipos de chiquilines. Por un lado están los que sueñan con la gloria. Esos tienen un plus, porque lo material no los desacomoda demasiado en su objetivo. Pero después están los que se deslumbran con el dinero. Ven que les empiezan a aparecer cosas de forma muy fácil y se confunden. No entienden que si alguien se fija en ellos es por lo que ellos hacen. Siempre les digo que los futbolistas son lindos porque son futbolistas, si no lo fueran capaz que algunos ni se casaban. Ellos se ríen, pero entienden el mensaje. Lo que hacemos es tratar de hacerles comprender que el esfuerzo es lo que recompensa, pero a veces la gente que está cerca de ellos nos tira todo para abajo. Nosotros, por ejemplo, armamos una red, gracias a los utileros de la selección, por la cual los jugadores dejan botines y guantes, porque los chiquilines de la sub 15 a veces llegan con un solo par o con ninguno. Pero cuando logran cierta notoriedad en el club ahí va el representante y les regala tres pares de zapatos juntos.

—¿Y eso los marea?

—Sí, los confunde, porque ven que pueden conseguir las cosas de forma muy fácil. Ellos tienen que entender que el mejor representante que tienen es jugar al fútbol lo mejor que puedan, y que para eso hay que entrenar, pero también descansar, alimentarse, estudiar.

—¿Qué tanto tienen que resignar de su adolescencia?

—Siempre les digo algo que se lo copié a (Roberto) Perfumo. Cuando él llegó a River argentino en 1975 el equipo hacía 18 años que no salía campeón. Tenía en el cuadro a jugadores jóvenes muy notorios, pero que nunca habían ganado un campeonato. Perfumo les decía que tenían que ser anormales. Que cuando a las 10 de la noche todos arrancaban para el baile, ellos se tenían que ir a dormir. Que cuando sus amigos volvían de mañana, ellos se tenían que ir a entrenar. Que cuando faltaran cuatro días para un partido y tenían un asado de esos bien regados, podían ir, pero comer una tira sin grasa y tomar solo un vaso de vino. Esto es fácil de decir, pero difícil de entender.

El primer entrenador de Suárez.

Antes de ser director técnico de las inferiores de la selección, Alejandro Garay estuvo en Nacional y Danubio. En los tricolores le tocó dirigir a Luis Suárez cuando este apenas tenía 13 años. Fue su primer técnico. Dice que era de esos jóvenes que ya desde el principio se sabía que iban a llegar a la elite del fútbol mundial. "Era notorio su talento", recuerda. En su misma generación estaban Bruno Fornaroli y Martín Cauteruccio. Entre los tres metieron 150 goles en un campeonato. "Creo que fue un récord que nunca se superó", dice Garay. Pero en la vereda de enfrente de Suárez estaba Sebastián Coates, un chico por el que eran pocos los que apostaban que podía llegar. "Coates no parecía nada. Nos decían: ¿Por qué dejás a este flaco?. Y yo les contestaba: Déjenlo ahí, déjenlo ahí. Él estaba en el entrenamiento primero que nadie. No se lo convocaba para un domingo, pero igual era el primero que llegaba al ómnibus a las siete de la mañana. Se pegaba con los tobillos. Quería jugar de 10. Yo le decía que no, que iba a ser 9, 5 o zaguero. Tanto luchó que se convirtió en un gran futbolista. Es la prueba de que la perseverancia y el esfuerzo son determinantes en el fútbol".

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