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Forrest Gump ruso en Uruguay

Abandonó su vida acomodada para recorrer todos los países del mundo, solo y sin dinero.

Tradicional: Yasik Smirnoff en Uruguay vestido como un gaucho. Foto: Ariel Colmegna
Tradicional: Yasik Smirnoff en Uruguay vestido como un gaucho. Foto: Ariel Colmegna
En las playas próximas a la ciudad de Mérida, en México. Foto: Facebook Yasik Smirnoff
En las playas próximas a la ciudad de Mérida, en México. Foto: Facebook Yasik Smirnoff
Rusia: Yasik Smirnoff en su país natal. Foto: Facebook Yasik Smirnoff
Rusia: Yasik Smirnoff en su país natal. Foto: Facebook Yasik Smirnoff
Unganda: el ruso rodeado de niños en si visita a África. Foto: Yasik Smirnoff
Unganda: el ruso rodeado de niños en si visita a África. Foto: Yasik Smirnoff
Egitpo: Yasik frente a las tres pirámides de Giza. Foto: Facebook Yasik Smirnoff
Egitpo: Yasik frente a las tres pirámides de Giza. Foto: Facebook Yasik Smirnoff

Con solo 18 años, el ruso Yasik Smirnoff tenía una vida prácticamente perfecta, de esas que uno sueña alcanzar más cerca de los treinta: se había recibido de físico, había ganado una beca para estudiar en China, había fundado su propia empresa en el país asiático, se había casado, estaba teniendo éxito con su emprendimiento y era rico.

"Tenía todo lo que la gente quería: dinero, una hermosa esposa, mi propio negocio, era joven, sano, inteligente y tenía éxito", dice. Pero todo eso para él no era suficiente.

La rutina empezó a "matarlo" y comenzó a preguntarse qué se llevaría con él si muriera mañana, y llegó a la conclusión que eran las experiencias que uno tenía en la vida lo verdaderamente valioso, y no los objetos materiales que uno va adquiriendo. "Puedes perder el auto, el dinero, el apartamento, pero lo que no puedes perder es lo que has vivido ni tu personalidad", reflexionó Smirnoff.

Por eso, luego de un año de haber estado haciendo lo mismo decidió abandonarlo todo. Dejó su negocio, cerró sus cuentas bancarias, se divorció de su esposa y emprendió un desafío que para su mente en aquel momento "era imposible": recorrer más de 100 países sin dinero antes de llegar a los 22 años. Y lo logró antes de lo que esperaba. A los 21 ya había visitado 107, por lo que se propuso ir más allá y se fijó como meta recorrer todos los países del mundo antes de los 25. Hoy con 23, lleva 135 y está de visita en Uruguay, el último país de América del Sur que le quedaba por recorrer.

Durante los primeros tres años de aventura, el "ruso loco" —como se hace llamar— llevaba como equipaje solo una mochila en la que tenía su pasaporte, algunas mudas de ro-pa, cepillo de dientes y su cámara de fotos. No tenía ni dinero, ni computadora, ni celular, ni mapas, ni carpa para acampar. Quería probarse a sí mismo y al mundo que se podía viajar sin nada.

Para transportarse por tierra hacía dedo y para cruzar los océanos lo hacía a través de una página web donde se postulaba y podía ir como parte de la tripulación en embarcaciones privadas. Lo que hacía para pagar el viaje era ayudar, de forma gratuita, en las tareas del barco. "Cambiaba mis habilidades por un lugar en la embarcación", dice.

Todo gratis.

El alojamiento, la comida, el transporte, su ropa y hasta sus cortes de pelo han sido gratis en estos años de viaje. Aunque en algunos casos lo ha cambiado por su trabajo. "Duermo y como en donde me invitan y me transporto haciendo dedo. Muchas veces cuando llego a los lugares, la gente ve que soy extranjero y se ofrece a ayudarme", cuenta.

Ha tenido más de 200 trabajos honorarios, como una forma de devolverle a las personas algo de todo lo que le han dado: fue torero y vigilante de un faro en México, fue monje en el Tíbet, ha sido fotógrafo para la National Geographic, ha protegido los leones salvajes en Tanzania de los cazadores ilegales, ha trabajado pastoreando más de 200 ovejas entre el mar Negro y el mar Caspio, y estuvo ayudando en un refugio para madres y niños con sida.

Se ha bautizado en siete religiones distintas —aunque oficialmente no se puede— y tiene descendencia en 11 países por donación de esperma, debido a que quiere que sus genes trasciendan, ya que proviene de una familia pequeña y es hijo único.

Ha visitado los lugares más peligrosos del mundo como el Congo, Siria, Sudán o Somalia y ha estado al borde de la muerte en por lo menos tres ocasiones. Una de ellas ocurrió al principio de la travesía. Smirnoff había decidido recorrer con sus amigos el desierto de Gobi, uno de los mayores del mundo, ubicado entre China y Mongolia.

"A los pocos días resolví separarme de ellos para estar un tiempo solo, pero terminé perdido, sin saber cómo regresar con el grupo. Estuve caminando por el desierto bajo temperaturas muy elevadas durante dos días, sin agua ni comida", dice.

Según cuenta, esos dos días habían sido suficientes para asumir que las posibilidades que tenía de sobrevivir eran nulas, por eso con la cámara que llevaba consigo decidió grabar un mensaje, en el que decía su nombre, su número de pasaporte, la forma de contactarse con su familia y la frase: "Si encuentran esta cámara díganles que aquí morí". La única señal esperanzadora que encontró fueron unas rocas donde había un poco de agua sucia y verde que logró tomar, pero luego de eso se desmayó.

"Lo siguiente que recuerdo fue despertarme en una vivienda. Un hombre local que venía en un burro había parado en ese mismo lugar para darle de beber al animal y me vio tirado en la arena, por lo que decidió trasladarme al pueblo. Estuve en coma por tres días, pero finalmente logré sobrevivir", cuenta.

En Guatemala, mientras se encontraba ayudando a un grupo de investigadores en la cima de uno de los volcanes más activos del país, el Pacaya, a Smirnoff le tocó vivir otro momento de riesgo: se cayó dentro del cráter. "Estábamos sacando muestras en la cima, algo que en verdad no estaba permitido. Y las piedras del volcán suelen romperse fácilmente por lo que me apoyé en una de ellas, se rompió, resbalé y caí en el interior. No fue en caída libre sino que fui cayendo contra las piedras", dice. Como en el interior del volcán hay gases tóxicos, una vez que logró salir a la superficie, el ruso debió permanecer dos días internado en un hospital. "El humo que emanaba del volcán era muy fuerte, casi no podía abrir los ojos y la lava estaba a menos de 10 metros de mí. Tuvieron que limpiarme la sangre para desintoxicarme", cuenta.

La tercera vez donde su vida corrió peligro fue en Somalia. Smirnoff estaba caminando por la calle cuando en un momento un grupo armado se acercó a él, lo apuntaron con un arma y le preguntaron si era americano. El joven enseguida contestó que era ruso. "Comenzaron a gritar Rusia y Kalashnikov (el fusil AK-47 que ellos usan mucho) y yo dije: Sí, sí y entonces bajaron el arma". Según contó, uno de los hombres que venía armado y que hablaba algo de inglés, le dijo a Smirnoff que si hubiera sido de Estados Unidos le habrían disparado.

"Allí matan a la gente por una botella de agua. En algunas zonas, para circular, se necesita un permiso de ellos, y si te paran y no lo tienes, directamente te disparan", afirma.

En uno de sus viajes contrajo malaria pero logró recuperarse. "Fueron dos semanas muy duras", dice.

Recorridos.

Luego de Uruguay, Smirnoff volverá a Argentina, donde permanecerá por un tiempo en la Patagonia e irá después a Estados Unidos. Son unos 60 países que le quedan por recorrer antes de llegar a su meta (Naciones Unidas reconoce 196 naciones en el mundo). "Me faltan principalmente islas y algunos países en África", aclara.

Cada vez que Smirnoff llega a un país nuevo, busca vivir cerca de la naturaleza y le escapa a las grandes ciudades. "Estuve viviendo con indígenas de distintas partes del mundo. Creo que esa es la forma de conocer realmente cómo es un país, conocer a la gente, y vivir una experiencia real", dice.

Su familia creó célebre destilería de vodka.

Es difícil leer el nombre del ruso y no pensar en el vodka. A pesar de que es un apellido muy común en su país, su familia fue la fundadora de la célebre empresa de bebidas alcohólicas. "Piotr Smirnoff fue mi tatarabuelo, aunque ahora la empresa ya no pertenece más a nuestra familia", dice.

"Los comunistas se la robaron a mi familia y la vendieron a los británicos y ellos luego a EE.UU. Estamos en juicio tratando de recuperarla", afirma Yasik. Aclara que "cuando la vendieron a los británicos, no les dieron la receta original; mi familia es la única que la tiene", dice.

Da conferencias y crea fundaciones.

A lo largo de sus travesías, el ruso Yasik Smirnoff ha dado conferencias en distintas instituciones y organizaciones. El objetivo que tiene con sus viajes es lograr inspirar a las personas para que emprendan sus propios proyecto y puedan traspasar las fronteras. Hace dos años creó una serie de fundaciones: una en Londres, otra en Estados Unidos y otra en Latinoamérica. Una de ellas trabaja con niños de familias de bajos recursos o que no tienen educación y les enseñan habilidades útiles como, por ejemplo, trabajar con madera o con metales. "Les enseñamos cómo pueden hacer dinero por ellos mismos", cuenta. Otra de sus fundaciones llamada Health and Help ayuda a que las personas que necesitan tratamientos médicos puedan recibirlos sin ningún costo.

Recorrió ya medio país en semanas.

Yasik Smirnoff llegó a Montevideo hace unas semanas y permanecerá aquí por lo menos un mes más. Quiere recorrer los 19 departamentos. Hasta ahora ha visitado ocho: Montevideo, Maldonado, Colonia, Río Negro, Durazno, Paysandú, Tacuarembó y Lavalleja. En todos busca conocer emprendimientos locales que realizan productos manuales. "Uruguay no es un país fácil para hacer negocios debido a los altos impuestos; sin embargo hay muchos negocios locales increíbles", dice. Estuvo visitando el emprendimiento Ruralana en Young y Sinergia Cowork en Montevideo.

Durante su estancia en el país, Smirnoff ha estado viviendo en el campo con "una familia tradicional donde el padre era un gaucho", cuenta. "Trabajé con cuero y hacía todas las cosas manuales que me enseñaron, como fabricar cuchillos desde el trozo de metal original hasta el cuchillo terminado. Incluso me hice uno para mí", dice.

Smirnoff cuenta que también estuvo trabajando en el campo "con vacas y cerdos", y aprendió a hacer asado. "La gente del interior quiere conocerte, pasar tiempo contigo, ayudar, aprender e intercambiar experiencias".

En Montevideo se quedó unos días en la casa de una mujer en Carrasco que se ofreció a alojarlo en caso de que no tuviera donde quedarse a dormir. "La gente en Uruguay es muy amigable", sostuvo.

Si alguien quiere comunicarse con él para que dé una charla en colegios, universidades, organizaciones, o simplemente para conocerlo o alojarlo en el interior del país, puede contactarlo por su página en Facebook con el nombre Yaroslav Smirnoff.

"En México yo fui ranchero. ¡Ahora en Uruguay, soy gaucho!", describe en la última foto que publicó.

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