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De fiesta con los espíritus

En Uruguay hay 62.000 devotos de las religiones afroamericanas, según el Latinobarómetro, aunque sus sacerdotes hablan de 200.000. Durante las noches de noviembre, cuando buena parte de la población duerme, varios de estos fieles homenajean a las almas. Lo hacen en casas, al ritmo de tambores, con cigarros y alcohol.

Parece una escena sacada de una película. Una habitación color rojo, velas, humo y cánticos tipo lamentos en portuñol. Unos muchachos tocan los tambores africanos y el dueño de casa hace señas con la mano para que no paren. Los asistentes bailan sin coreografía, dan vueltas sobre sí mismos como cavando un pozo con sus pies. Hay hombres que visten de mujeres y mujeres que hacen de hombres. Hay champagne, sidra y licores para unos; whisky, ron y caña para otros. La torta está decorada con un tridente y hay carne cruda, el plato preferido de Exú. No es ficción, pasó en Montevideo la noche del 2 de noviembre, pasará esta noche y con seguridad otras tantas noches de este mes.

Cuando buena parte de los uruguayos duermen, en distintas casas devenidas en templos, los fieles de las religiones afroamericanas invocan a las almas. Dicen que buscan "curarse", encontrar el "equilibrio" y rendir tributo a las entidades espirituales que encarnan todos los seres humano. Para la cultura judeocristiana puede sonar a un diálogo con el diablo, con el mal. Por el contrario, estos devotos uruguayos lo viven como una fiesta. La celebración no es oculta y tampoco genera miedo. La práctica de la quimbanda, este ritual que agasaja a Exú y a su par hembra Pombagira, está cada vez más extendida en el país.

Los últimos datos del Latinobarómetro revelan que el 2% de los uruguayos —62.000 habitantes— son devotos de religiones afroamericanas. El resultado duplica lo que ocurre en el resto de la región —incluso en Brasil son solo el 1%, aunque debe multiplicarse por millones— y marca un aumento de un punto porcentual respecto al promedio histórico uruguayo. Si bien el crecimiento está dentro del margen de error, los propios fieles hablan de la conquista de nuevos adeptos. "El 2 de febrero, durante el día de Iemanjá, las playas uruguayas reciben a medio millón de personas", entre practicantes y curiosos, dice el pae Daniel de Oxalá. "Y en forma continua los terreiros (templos) acogen a 200.000".

El modo en que estos hombres se contactan con las divinidades es a través del baile y las vibraciones de la música. Al girar pierden el equilibrio y entran en transe. Técnicamente lo que ocurre es que los pequeños cristales que hay en el oído interno se mueven con el cambio de posición y en este caso sufren un efecto centrifugador, como si estuviesen rotando dentro de un lavarropas. Una vez que se pierde la noción de la realidad —eso que los psiquiatras llaman efecto disociativo—, comienza el ritual.

Daniel de Oxalá hace 30 años que se inició en la umbanda, baño de hierbas mediante, aunque nació como Daniel Méndez hace 48 en Rivera. Su apellido religioso corresponde al orixá que le fue asignado. Es decir, a una de las divinidades que tiene este culto afroamericano y que, por ese sincretismo que mezcló las creencias de los esclavos con el catolicismo de sus amos, para algunos pasó a simbolizar a Jesús. Él prefiere asociarlo al "creador de la naturaleza".

"En la frontera con la primera mamadera viene la primera macumba", bromea Daniel para explicar que en su propia casa incorporó estos ritos. En esa zona del país, así como en los barrios más humildes de la capital, es donde está más extendido este tipo de religiosidad. Son religiones populares que se originan con la llegada de esclavos africanos a Brasil.

El pae Daniel hoy es el secretario de la Federación Umbandista —una institución que nuclea a varios templos de esta religión— y tiene su terreiro en el Cerrito de la Victoria. Visto desde afuera es una casa prolija de color amarillo chillón, sin ninguna identificación religiosa. Allí vive junto a su esposa, quien también es sacerdote. Pero adentro tiene dos piezas dedicadas a los rituales. Estiman que en Montevideo hay otros 100 templos de este tipo y ninguno de ellos tiene exoneración de impuestos.

"Esta realidad habla de la discriminación que vivimos", se queja Daniel. El artículo quinto de la Constitución establece que todo centro religioso tiene el derecho a una quita tributaria. A junio de este año había en la capital 239 templos, en su mayoría cristianos, que no debían pagar la contribución inmobiliaria —el equivalente a una recaudación de medio millón de dólares al año—. Aún así, el sacerdote umbandista entiende que "la sociedad (uruguaya) está más abierta a otros credos". Prueba de ello hoy hay una diputada suplente que es mae, la frenteamplista Susana Andrade.

Para esta fiesta de la vigilia del Día de los Difuntos la legisladora optó por un vestido negro con el mapa de África estampado en amarillo, rojo y verde. Daniel, en cambio, prefirió un sombrero tanguero, corbatón y camisa roja, y un bastón de madera tallada. Es su ropa especial para agasajar a Exú.

La fiesta al pueblo de las almas, como se conoce a este ritual de quimbanda, rescata a una de las divinidades afroamericanas que la tradición fue dejando de lado. "Exú es la más humana de todas las divinidades y no le importa ayudar a los hombres", explica el antropólogo Valentín Magnone, quien hizo una tesis sobre el tema. ¿Por qué? A diferencia de las religiones monoteístas occidentales, en los cultos afro "no existe la división entre el bien y el mal, el día y la noche". Los esclavos utilizaban a Exú para que los ayudara a rebelarse contra sus dueños. De ahí que para parte del catolicismo fuera entendido como el demonio, aunque los fieles umbandistas no comparten esta mirada.

El fallecido pae Armando de Oxalá es quien instaló el quimbanda en Uruguay, el 7 de julio de 1977, en un juego con el número siete. "Lo hizo para rescatar la esencia más africana y rendir tributo a la divinidad que abre y cierra los rituales, a la que une lo material con lo espiritual, a quien cuida la puerta de los cementerios… a Exú", dice Daniel, discípulo de Armando. "Es una fiesta en la que no hay sacrificio de animales (eso se guarda para "trabajos" especiales y es tabú), pero sí mucha música para que se manifieste la entidad que todos tenemos". Así como cada persona que se inicia en la religión tiene su orixá, también tiene su Exú.

Una noche al estilo afroamericano. Foto: Fernando Ponzetto
Una noche al estilo afroamericano. Foto: Fernando Ponzetto

Parranda.

La avenida Batlle y Ordóñez quedó una cuadra atrás y comienza a escucharse el sonido de los tambores. Cualquier vecino que pase por el templo de la calle Haig pensará que un grupo de adolescentes está de fiesta y que en lugar de Rombai hay música brasileña. Y cualquier distraído creerá que las letras de las canciones no dicen nada especial: "Fue Iemanjá que lo bautizó / fue el pae Ogum que dio su corona / pero cuando llega y vence las demandas / su nombre es Tranca Rua Das Almas".

Daniel llega a la fiesta poco después de las 11 de la noche. Lo acompañan algunos de sus hijos de religión. Con su esposa han iniciado a unos 120 fieles. Lleva una bolsa con un whisky etiqueta roja y unos habanos. Dice que el humo y la bebida sirven para incorporar el espíritu, aunque no es necesario llegar a la borrachera. En el templo ya hay unas 100 personas. La mayoría viste trajes de gala de principios del siglo pasado. Las mujeres tienen decorados con lentejuelas hasta los vasos y las copas.

En el patio de entrada hay una barra de bebidas, no hay que pagar nada y todo se comparte. Dos jóvenes suministran el alcohol. A 10 pasos está el salón principal. En un costado, sobre un pequeño escenario, están los tamborileros que llevan el ritmo de la fiesta. Al frente hay cuadros de figuras religiosas y unas mesas largas con el banquete. Recién sobre el final, bien avanzada la madrugada, se dará paso a la comida. Todo luce rojo y una bola de humo irrita los ojos.

Antes de entrar en el personaje de Exú, Daniel aclara que puede haber hombres vestidos de mujeres y viceversa. "Es que la entidad que lleva cada uno no siempre se corresponde con el sexo biológico". Dicho esto, camina hacia el centro de la "pista de baile". Cada tanto frena y saluda a otros participantes: estrechan las manos, un beso a un lado, al otro y a los puños.

Los tamborileros hacen un corte y llaman a los exús de "cruces de camino": es el turno de Daniel. A los dos minutos ya está hablando en portuñol, el idioma en que se manifiestan los espíritus. La noche transcurre entre bailes y cantos. La diferencia entre los más experimentados y los novatos se nota a simple vista, en la soltura y en el grado de elaboración de los atuendos.

Para no cansar el cuerpo, los fieles van rotando entre el salón principal y un respiro en el patio. Allí una señora de unos 40 años dice adivinar el futuro. A un joven le confiesa que en un plazo máximo de 21 días deberá firmar un papel, todo indica que es por una acción positiva.

"La maldad no es parte de nuestra religión", aclara la mae y diputada Andrade en un intento de desterrar la asociación con la magia negra. "Es un culto que busca el bien y nadie tiene la potestad de mandar a matar a alguien".

Los prejuicios son tema cotidiano para quienes profesan este tipo de religiones. Macumberos, chantas y herejes son algunos de los calificativos que suelen recibir los fieles, dice la diputada. Y haciendo una especie de mea culpa admite que "algunas personas que dicen ser de esta religión han engañado y llevaron a que haya una mala imagen".

Como sucede en todos los credos, entre las religiones afro —como umbanda, batuque y candomblé— también hay celos. Más aún teniendo en cuenta que estas combinan aspectos ancestrales con realidades de los últimos siglos. De ahí que sea "una religiosidad tan compleja que a veces no es comprendida por el resto de la sociedad", dice Magnone.

El pae Daniel pide no hablar de los sacrificios de animales, una práctica que es común en otras religiones. El sacerdote teme la represalia de radicales que salen en defensa de "los derechos de los animales" o bien interpretaciones erróneas de otros credos. "En mi casa, cada tanto, aparecen unos evangelistas que dicen enviarme energía negativa", cuenta.

Cualquier diferencia que pueda haber entre los propios seguidores de las religiones afro, queda oculta en la fiesta de quimbanda. Como ese juego de niños en que se canta "arriba, abajo, al centro y adentro", los fieles intercambian los vasos con bebida y saludan con su clásica palabra: axé. Significa la "energía positiva", la "fuerza vital".

Ese ambiente de camaradería fue el que reinó en la víspera del 2 de noviembre en la calle Haig, incluso poco antes del final cuando una de las mae, pasada de copas, debió abandonar la fiesta. "Voc deve saber como definir limites", dice en broma Daniel, o en realidad su Exú.

Ir al cementerio o afligirse por el Día de los Difuntos son actitudes contrarias a las religiones afroamericanas. "Son lugares sagrados y lo que nosotros hacemos es rendirles tributo a las almas, a las energías", comenta Andrade.

Horas antes de que salga el sol, llega el momento de comer y quitarse las entidades. Luego de una escupida de agua y unas palabras sagradas, los fieles vuelven a hablar en español. Pasó esa noche y pasará otras tantas noches. En Uruguay hay seres conversando con el más allá, más cerca de lo que se cree.

Quimbanda: un ritual de importación.

Quimbanda es una palabra de origen bantú, de la zona de África Occidental donde hoy es Angola. Exú, el orixá al que se le rinde tributo, llegó a América con los esclavos y con el tiempo fue quedando relegado, hasta que en la década de 1960 se lo rescató.

El primer ritual de quimbanda en Uruguay fue el 7 de julio de 1977, por iniciativa del pae Armando de Oxalá, una de las figuras clave de las religiones afroamericanas en el país e impulsor del monumento a Iemanjá en la rambla sur.

Como sucede en otros credos, los umbandistas suelen tener actividades culturales y sociales más allá de la religión. El trabajo con jóvenes adictos a las drogas, las cooperativas de vivienda y el cuidado del medio ambiente son sus temas de mayor desarrollo.

El ritual de quimbanda es practicado por religiosos de distintas corrientes afroamericanas. Todas entienden que el mundo no se divide entre el bien y el mal, sino que es un equilibrio. De ahí que la figura de Exú sea utilizada para concretar deseos sexuales que, para las religiones monoteístas occidentales, pueden ser un pecado.

Por más que se toma alcohol, el baile y la música son la clave del transe.

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