Dicen que la Iglesia todavía actúa sin la diligencia suficiente

Familia asegura que en su caso hubo "encubrimiento" y omisión

La familia de un joven que sufrió el abuso de un cura jesuita, se contactó esta semana con El País a raíz del artículo publicado el domingo 3, para contar su periplo.

"La respuesta de la Iglesia desde el comienzo hasta el final de los hechos puede llegar a tildarse de irresponsable, omisa y cómplice", dijeron las hermanas de la víctima, cuyos nombres prefirieron no revelar para no exponer a su hermano.

El abuso ocurrió en 2002 durante un campamento en Melo. Entonces el joven, que ya era mayor de edad, se sintió mal y se retiró al cuarto durante la cena. El sacerdote que estaba a cargo de la actividad se le apareció, supuestamente para saber cómo estaba, y le tocó los genitales. El joven se retiró al baño para interrumpirlo, y cuando regresó el cura estaba sentado sobre la cama tapándose la cara. A pesar del aparente arrepentimiento, esa noche volvió a intentar manosearlo.

Recién cinco años después, el 20 de mayo de 2007, la víctima se animó a contar lo vivido. Al día siguiente sus padres fueron a dialogar con el sacerdote, quien reconoció haber cometido el abuso. Al decirle que se plantearía el caso a su superior (el provincial, que es la autoridad máxima de los jesuitas en Uruguay), él rogó, quebrado, que así se hiciera.

La primera respuesta del superior fue expresar asombro. Sin embargo, la familia supo tiempo después que era muy difícil que no estuviera al tanto de la enfermedad del sacerdote ya que otros habían denunciado abusos de su parte al menos 20 años antes.

Pasaron dos meses y medio —con otra reunión y dos intercambios de cartas incluidos— hasta que el sacerdote, que era párroco en la iglesia San Ignacio, fue sustituido. El superior de los jesuitas manifestó a la familia entonces que "con la ayuda que viene recibiendo (el acusado), puede trabajar con muchas personas siempre y cuando se cuide de no exponerse en situaciones frente a las cuales se ha mostrado débil y frágil. Eso quiere decir que ya no trabajará con jóvenes y que sí lo hará con adultos y en otros ámbitos pastorales".

Sin embargo, el sacerdote siguió en contacto con niños, adolescentes y jóvenes, celebrando misas y dirigiendo retiros y encuentros abiertos a todas las edades. Para ese entonces el superior había nombrado a otro cura para que tomara las riendas del asunto. Ese cura manifestó a la familia que a pesar de que supuestamente el abusador era controlado, se les "escapaba".

El mismo cura les confesó que su propio sobrino había sufrido abuso sexual de parte del sacerdote acusado siendo un liceal en el Colegio Seminario, 20 años atrás. Les dijo que había puesto "toda la información en manos de quien correspondía" (seguramente, el provincial de la época). Según surge del relato, el cura no dio más pasos a pesar de ver que quien había abusado de su sobrino seguía en actividad. Luego les dijo que si querían que se tomaran más medidas, recurrieran al arzobispo. Eso hicieron, pero este se excusó diciendo que correspondía a los jesuitas avanzar. Al día siguiente, el provincial jesuita tomó la decisión de prohibirle al acusado todo ministerio público.

Así, insistiendo, presionando mediante decenas de reuniones y cartas, la familia fue obteniendo respuestas.

En diciembre de 2007 un consejo asesor de curas jesuitas recomendó iniciar el proceso de dimisión en Roma. La reducción al estado laical del acusado no se concretó hasta febrero de 2009, y no sin el envío reiterado de documentos de parte de la familia a distintos organismos del Vaticano durante un año entero. Hasta hoy desconocen si los jesuitas uruguayos llegaron a hacer el trámite. Ellos aseguran que sí (ver recuadro).

En el ínterin, descubrieron más casos de abuso de parte del mismo cura, lo cual abona su tesis de que hubo encubrimiento. Un sacerdote incluso les reveló que había recibido dos denuncias de jóvenes de la parroquia del Cerro, donde el abusador se había desempeñado. Llegaron a contar 17 presuntos casos. Las hermanas entienden que "no hay forma" de que los superiores no estuvieran al tanto, y que en vez de encarar el tema procedieron a trasladarlo de función.

Hoy, a la luz de su vivencia, las hermanas del denunciante están convencidas de que las autoridades de la Iglesia siguen sin responder al asunto con la diligencia y severidad que anuncian. Las declaraciones de los obispos de Melo y de Maldonado, excusándose de avanzar en investigaciones respecto a casos concretos, les dan la pauta. Aclaran que siguen siendo "gente de Iglesia" y que su propósito al dar su testimonio es contribuir a "sanear" la institución que quieren y a la que aún pertenecen.

VERSIÓN OFICIAL

En la Compañía de Jesús dijeron a El País que tras la denuncia se investigó y se conocieron otros casos de abuso. Primero apartaron al cura de sus tareas, y luego enviaron el caso al Vaticano. En 2009 se resolvió la dimisión, pero se lo autorizó a cumplir tareas internas dentro de la orden.

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