fue el mejor novelista en lengua castellana del Siglo XX

Falleció Gabriel García Márquez: un colombiano inmortal

A la edad de 87 años, falleció ayer en México el autor de ‘Cien años de soledad’, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982.

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REDACCIÓN CULTURA Y ENTRETENIMIENTO | EL TIEMPO/GDAvie abr 18 2014 04:00

“Luisa (la madre de Gabo), con 21 años cumplidos, regresó a su Aracataca natal en una mañana de febrero, sin su esposo, tras casi dieciocho meses de ausencia. Estaba embarazada de ocho meses y llegaba mareada del barco, tras otra travesía turbulenta de Riohacha a Santa Marta. Unas semanas después, el domingo 6 de marzo de 1927, a las nueve de la mañana, en medio de una tormenta poco habitual para esa época del año, dio a luz a un niño, Gabriel José García Márquez. Luisa me contó que su padre había salido temprano a misa cuando las cosas ‘se ponían mal’, pero cuando volvió a casa todo había acabado. El niño nació con una vuelta de cordón alrededor del cuello –luego él mismo atribuiría su tendencia a la claustrofobia a aquel contratiempo temprano– y pesó, según se dijo, cuatro kilos doscientos gramos. Su tía abuela, Francisca Cimodosea Mejía, propuso que lo frotaran con ron y le echaran agua bendita, por si había algún otro percance”.

Gabriel García Márquez por Arotxa

Así rememora el biógrafo inglés Gerald Martin, en Una vida, la llegada al mundo del autor de Cien años de soledad y Premio Nobel de Literatura de 1982, quien falleció ayer, a los 87 años, en su residencia de México, por las complicaciones de un cáncer que se le extendió a los pulmones y el hígado.

A juzgar por la descollante vida que tuvo Gabito –como lo llamaban sus amigos y familiares más cercanos–, el extraño menjurje de ron y agua bendita de la tía Francisca produjo en su querido sobrino el efecto contrario: le impuso sobre su destino la estrella luminosa del éxito.
Los años de infancia en la casa de sus abuelos –Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán– fueron determinantes en la vida del pequeño, antes de ingresar al Colegio de San José, en Barranquilla, en 1936.

En 1940, gracias a una beca, el joven Gabriel se trasladó a Zipaquirá, donde recibió el título de bachiller en el Colegio Nacional, y, además, fue escogido para pronunciar el discurso de grado. Desde entonces, ya mostraba su alergia a este tipo de distinciones: “¿Qué hago yo encaramado en esta percha de honor, yo que siempre he considerado los discursos como el más terrorífico de los compromisos humanos?”, dijo entonces Gabo.

Por esos años, influido por lecturas de libros de escritores, como Kafka y Joyce, comenzó a escribir una novela, titulada La casa, fundamento de lo que más tarde fue su obra cumbre, Cien años de soledad.

En 1947, entró a estudiar Derecho y Ciencias Políticas, en la Universidad Nacional, formación que continuó en Cartagena, debido al cierre del plantel educativo capitalino, luego de los sucesos del 9 de abril. En ‘la Heroica’ también hizo sus primeros coqueteos con el periodismo, en el diario El Universal, profesión que se convirtió en otro de sus amores entrañables.

Aída García, su hermana, le contó a este diario, en una oportunidad, que en aquellas épocas, el padre de Gabo era el que repartía las profesiones y que a él le había tocado la de abogado. “No sé qué voy a hacer cuando termine Derecho. Voy a colgar el diploma”, le comentó a Aída en su momento.

De Cartagena se trasladó a Barranquilla, en 1950, y allí hizo amigos inolvidables, entre los que se encontraban Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón, Germán Vargas y Ramón Vinyes. Fueron llamados el Grupo de Barranquilla.

De manera paralela continuó sumergiéndose en las aguas del periodismo, esta vez desde El Heraldo, donde escribía su famosa columna La jirafa, que firmaba con el seudónimo de ‘Séptimus’, un personaje de Virginia Woolf.

Para 1954, regresó a la capital colombiana, se vinculó al diario El Espectador y ganó diversos concursos literarios.

En esa época publicó famosas crónicas, como la del marino Luis Alejandro Velasco, que, en 1970, dio vida al libro Relato de un náufrago.

El amor de su vida

En 1955, viajó a Europa, conoció a varios de los escritores con los que conformó el boom latinoamericano, y un año después finalizó El coronel no tiene quien le escriba. Además, se casó, en 1958, con Mercedes Barcha, su sostén y amor de la vida.

Se habían conocido desde que ella tenía unos 12 ó 13 años y vivía en Magangué. “Duraron años de novios, incluso, cuando Gabriel se fue para Europa. Estuvo en Suiza, luego en París y en Italia, y desde allá le escribía a Mercedes”, recuerda su hermana Aída.

Un año más tarde, mientras abría con su amigo Plinio Apuleyo Mendoza la sede en Bogotá de la agencia cubana de noticias Prensa Latina, nació su hijo mayor, el cineasta Rodrigo García Barcha.

En 1962, cuando ya se encontraba en México, vino al mundo su segundo hijo, Gonzalo. Por entonces, inició la redacción de Cien años de soledad, cuya primera edición, en 1967, se agotó en pocos días, presagiando el éxito que tendría para la literatura universal.

Para la familia García Barcha, esos años fueron especialmente difíciles en términos económicos. La escritora mexicana Elena Poniatowska recuerda, en la biografía de Martin, que por esos días Gabo había sido invitado por el Ministerio de Asuntos Exteriores mexicano a dar una charla. En lugar de eso, el escritor cataquero aprovechó para ‘medirle la temperatura’ a su novela, leyendo un fragmento.

“Cuando terminé y bajé del escenario, la primera persona que me abrazó fue Mercedes, con una cara –yo tengo la impresión de que desde que me casé, ese es el único día en que me di cuenta que Mercedes me quería– porque me miró ¡con una cara!... Ella tenía por lo menos un año de estar llevando los recursos a la casa para que yo pudiera escribir, y el día de la lectura la expresión en su rostro me dio la gran seguridad de que el libro iba por donde tenía que ir”, le comentó Gabo, en una entrevista, a su amiga Poniatowska.

Plinio Apuleyo Mendoza recuerda que en esos años se inició la gran amistad de García Márquez y el líder cubano Fidel Castro, cuando, por error, Mendoza autorizó que apareciera la firma de Gabito en una carta cortés de protesta contra Castro, que firmaban los escritores del boom, por el apresamiento del poeta Heberto Padilla.

Gabo, luego, le confesó en una carta a Plinio que no hubiera querido firmarla, y su amigo, de inmediato, procedió a desmentir la noticia. “Esa rectificación circuló por el mundo y le llegó a Castro, quien logró que Gabo pasara por La Habana, y allí nació esa amistad profunda”, anota Mendoza.

Entre tanto, el reconocimiento internacional del escritor colombiano seguía creciendo como espuma, luego de ganar, en 1972, el Premio Rómulo Gallegos.

Dos años más tarde, creó la famosa revista Alternartiva, en compañía del periodista Enrique Santos Calderón, quien recuerda que “no fue fácil convencerlo de fundar una revista de izquierda en la Colombia de mediados de los 70. Aunque tenía claros compromisos públicos con la causa, no creía en semejante aventura en un país donde la efervescencia de los grupos revolucionarios iba de la mano de su canibalismo político”.
En 1975, apareció El otoño del patriarca, novela que intentó marcar distancia de la poderosa sombra que era Cien años de soledad. De hecho, el libro no fue bien recibido, en un principio, por los lectores. Con los años, la crítica llegó a catalogarla como una de sus obras icónicas como novelista.

“En El olor de la guayaba, cuando le pregunté cuál era su mejor obra, me dijo que El otoño… Es su libro más complejo, que le llevó tres versiones y, si sumamos, creo que le llevó casi 17 años de escritura. Es una pieza de orfebrería literaria. Mucho tiempo después decidió que su mejor libro era El amor en los tiempo del cólera”, recuerda Mendoza.

El día de la inmortalidad

La influencia internacional de García Márquez se multiplicó de la mano de reconocimientos como la Legión de honor en el grado de comendador del Gobierno francés, que ya hacía prever la noticia que se conoció el 21 de octubre de 1982: el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura, que lo consagró como el escritor más importante de las letras colombianas y uno de los más destacados de la región y del mundo.

Gabo y Mercedes habían ido la noche anterior a comer a casa de su amigo Álvaro Mutis, para mitigar las ansias, pues un conocido de Estocolmo los había llamado a decirles que todo parecía indicar que él era el escogido, cuenta Martin en su biografía.

“A las 5:59 de la mañana siguiente, hora de Ciudad de México, Pierre Short, viceministro de Asuntos Exteriores sueco, lo llamó a casa y corroboró la noticia del premio. García Márquez colgó el teléfono, se volvió a Mercedes y dijo: ‘Estoy jodido’”.

De manera paradójica, los años posteriores al otorgamiento del Nobel, a pesar de los compromisos internacionales, fueron para el escritor cataquero de gran productividad literaria. Habían comenzado con la publicación de Crónica de una muerte anunciada, al despuntar la década de los 80. A esta, le siguieron El amor en los tiempos del cólera (1985), El general en su laberinto (1989), Doce cuentos peregrinos (1992), Del amor y otros demonios (1994) y Noticia de un secuestro (1996).

En los años siguientes, además de ser escogido por la revista Time y EL TIEMPO, entre otros medios, como uno de los personajes del siglo XX, y motivado por esa otra pasión suya que fue el periodismo, Gabo adquirió, junto con otros amigos, la revista Cambio, en 1998.

Infortunadamente, unos años más tarde, le fue diagnosticado un linfoma (cáncer del sistema inmunológico), que lo obligó a someterse a una intensa terapia en Los Ángeles (EE. UU.).

Martin, quien lo visitó a finales de 1999, recordó: “Estaba más delgado de lo que lo había visto jamás, y con muy poco pelo, pero lo hallé lleno de vigor. Volvió a acudir a mí el pensamiento de que él, que durante toda la vida había dicho temer a la muerte, a la hora de la verdad demostraba ser uno de los grandes luchadores”.

El 2002 fue un año contradictorio, pues, aunque despidió a su madre Luisa Santiago Iguarán quien, junto con su esposa Mercedes y su agente literaria Carmen Balcells conformaron lo que su amigo Conrado Zuluaga llamó su “santísima trinidad”, Gabo publicó sus esperadas memorias, Vivir para contarla, que el mundo lector esperaba con gran expectativa.

Un año de homenajes

Pero, sin lugar a dudas, el 2007 quedó grabado en la memoria de García Márquez como uno de los años inolvidables de su existencia, porque celebró cuatro importantes aniversarios: sus 80 años de vida, los 60 de su primer cuento, los 40 de la publicación de su obra cumbre y los 25 de haber recibido el Nobel.

Por ello, el país entero se volcó en homenajes y, en el marco del IV Congreso de la Lengua Española, que tuvo lugar en Cartagena, y que contó, entre otros, con la presencia de ilustres personalidades y amigos suyos, como Bill Clinton, Carlos Fuentes y los reyes de España, la Real Academia Española presentó la edición conmemorativa de Cien años de soledad, con una tirada inicial de 500 mil ejemplares, lo que la equiparaba al nivel del Quijote.

“Cuando le pedimos el permiso y la RAE empezó a preparar el texto, encontramos que varias ediciones de Cien años de soledad tenían un texto distinto: faltaba una palabra, la puntuación era diversa, etc. Entonces, me puse en contacto con Gabo y se lo expliqué. Le dije que le iba a mandar unos grandes folios con la manera como aparecía en diferentes ediciones. Fue una tarea hermosísima. Y luego, la presentación en Cartagena fue uno de los actos más conmovedores que hemos vivido”, recuerda el ex director de la RAE Víctor García de la Concha.

“No sé a qué hora sucedió todo. Solo sé que, desde que tenía 17 años hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos los días y sentarme frente a un teclado para llenar una página en blanco”, comentó Gabo ese día, en su discurso de agradecimiento.

Salvo unos pocos viajes internacionales y una corta estadía en su residencia de Cartagena, en los años posteriores, el Nobel colombiano mermó sus actividades públicas de manera considerable, principalmente, debido al deterioro de su memoria y a la presencia de algunas dolencias físicas, que lo llevaron a recluirse en su residencia de Ciudad de México, donde pasó sus días postreros al lado de ‘la Gaba’, su compañera hasta el último viaje.

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