ANTROPÓLOGOS EN ACCIÓN

Expectativa en la búsqueda de 8 desaparecidos en un batallón

Antropólogos trabajan de lunes a viernes bajo la mirada de los militares.

Los 208 huesos del cuerpo humano se diferencias del resto de los animales, por las dudas, los antropólogos comparan. Foto: F. Ponzetto
Los 208 huesos del cuerpo humano se diferencian del resto de los animales. Foto: Ponzetto

Hoy vamos a encontrar algo", dice Gustavo Casanova, uno de los más entusiastas en el equipo de antropólogos que intenta hallar los restos de los desaparecidos de la dictadura. ¿Por qué no? Hoy pueden llegar a encontrar algo. Donde antes fue una cancha de fútbol, dentro del ex Batallón de Infantería N° 13, hoy buscan ocho cuerpos. La tarea no es demasiado feliz, aunque sí importante: "Es entender la Historia y devolverles a los familiares sus seres queridos para cerrar un círculo", comenta Alicia Lusiardo, la coordinadora del grupo de pesquisas. Ella y los suyos están convencidos de que están cerca. Los relatos parecen repetirse: los militares enterraban los cadáveres "atrás de la cancha".

Pero en ese "atrás de la cancha" hay 130.000 metros cuadrados que separan al alambrado del exbatallón N° 13 del arroyo Miguelete. Por eso el trabajo de excavación es minucioso, paso a paso, y conteniendo la ansiedad aunque grite la tribuna. "No se puede dejar ni un solo milímetro sin excavar", explica Lusiardo, con esa voz suave y decidida que caracteriza a los docentes. Y en eso están, de lunes a viernes durante ocho horas diarias. Salvo que llueva.

Quien ve por primera vez la tarea de campo del equipo uruguayo de antropólogos guarda cierta ilusión, como cuando un niño cava un pozo en la playa y espera encontrar el agua. Pero con el correr de los minutos ese ímpetu se desdibuja y pasa a ser la monotonía de una máquina con una pala gigante que penetra un metro y a su costado dos técnicos toman apuntes en sus planillas. Cada tanto frenan, hacen fotos, estudian los sedimentos y sigue la ruina. Por eso el profesionalismo, el mate —el técnico Matías López prefiere la yerba para nerviosos— y el saber que en esa tierra revuelta pueden esconderse los huesos que cierren una historia, son lo que mantienen con esperanza al equipo.

La prueba.

Un álamo que se ha quedado pelado y sobresale entre tantos sauces es la señal de que a pocos metros de allí fue hallado el cuerpo de Fernando Miranda. Los restos de este escribano, exedil comunista y padre del actual presidente del Frente Amplio, Javier, son la prueba más fehaciente de que en este predio hubo enterramientos de seres humanos.

Aquel descubrimiento de diciembre de 2005, la información —difusa y escasa— que refiere a las desapariciones en este predio militar y la cercanía al centro de detención clandestina "300 Carlos" —o "infierno grande" para quienes fueron torturados allí— mantienen vi-va la causa judicial que permitió reanudar las excavaciones hace tres meses.

En paralelo, otro equipo de antropólogos trabaja en la Brigada de Artillería Antiaérea, a pocos kilómetros de Pando. Ambos grupos —que junto a Lusiardo como jefa y dos técnicos de piso totalizan siete integrantes— saben que están en una carrera contra reloj. "Los familiares se van muriendo y no tenemos certeza de que alguien vaya a reclamar los cuerpos en un futuro", reconoce la coordinadora. El consenso científico refiere a 194 uruguayos desaparecidos durante la dictadura. Solo cuatro fueron encontrados enterrados y un quinto, Hugo Gomensoro Josman, apareció flotando en el Lago de Rincón del Bonete. Pero del total, hay indicios de que 22 cuerpos podrían estar soterrados en territorio nacional.

Lo difícil, más allá de la "baja" cifra en relación a los números que se manejan en Argentina, es que "aún no se pudo establecer un patrón sistemático de cómo se hacían los enterramientos", explica Lusiardo. La señal más repetida es que a los cuerpos los bañaban con cal y los dejaban en bolsas en la misma fosa. El objetivo era claro: la cal desintegra con mayor celeridad los tejidos blandos. Pero aquella trampa se convirtió, paradójicamente, en una ayuda para los antropólogos. Es que este producto tiene un color blanco que es fácilmente inidentificable cuando se cava, conserva mejor los huesos y facilita el análisis genético de los restos.

El día parece no estar destinado para que esto aparezca. A lo sumo algún pedazo de metal, la estructura de uno de los arcos de aquella cancha de fútbol y los huesos de unas vacas.

El cuerpo humano tiene 208 huesitos. Es tan complejo que los técnicos esperan que, de haberse removido los enterramientos —para hacerlos desaparecer ("operación zanahoria") o para confundir y dejarlos en otro lado— alguna de esas partes debió quedar perdida en el lugar.

Quienes sí quieren tener todo registrado son los militares que custodian el predio que se está investigando.

A un costado del alambrado, donde todavía no es terreno custodiado, cinco militares de distinto rango lo observan todo. Uno de los uniformados es el encargado de filmar con una camarita que deja registro del trabajo de los antropólogos. Según dicen es una "garantía", aunque también puede ser interpretada como una presión.

El coronel que hace de enlace entre los técnicos y los militares aclara que no se puede filmar, sacar fotos ni hacerles preguntas. Y eso que la cara de sus compañeros delata aburrimiento y hasta cierto cansancio de la mochila que le han cargado sus antecesores.

Lo más movido son dos teros que revolotean al lado del alambrado, el sonido de unas prácticas de tiro que se escuchan a lo lejos o el ruido de la retroexcavadora.

La máquina avanza trinchera por trinchera. Los antropólogos revisan si en las paredes de tierra hay alteraciones. Hoy no parece haber suerte. Pero mañana continuarán.

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