Francisco Vernazza*

Ejemplar único de una especie exótica

En febrero de 2009, en un evento con empresarios argentinos, Pepe se definió a sí mismo como "un león vegetariano".

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Francisco Vernazza fue pionero en la alianza de las agencias locales con las redes.

La platea, casi todos empresarios importantes, respondió con una sonrisa: había entendido perfectamente la metáfora.

¡Maravillosa puntería verbal de Pepe! En dos palabras, hablando con el corazón en la mano les había dicho lo que querían oír: "Tranquilos, soy un león vegetariano, o lo que es lo mismo, soy un idealista realista , un impaciente sin apuro, un revolucionario resignado, un triunfador derrotado".

Ahí estaba, un duro entre los duros, genio y figura, con la facha apenas mejorada, confesando que su victoria al llegar a la Presidencia de la República era insignificante, comparada con la inmensa derrota de ver al capitalismo triunfante y a la desigualdad gozando de buena salud.

En Punta del Este, en el Conrad, en un salón iluminado con arañas de cristal, ante la crema de la paquetería rioplatense, Pepe recita los dolorosas axiomas del catecismo capitalista: 1) sin reglas de juego claras para la propiedad no hay inversión y 2) sin inversión no hay nuevos lugares de trabajo. Por tanto, joderse y tomar quina. ¿Querés que haya mucho trabajo para que mucha gente viva mejor? Entonces esmérate en hacer buena letra con los que tienen capacidad de crear trabajo.

¿Había alternativa? Claro que sí: primero no ir al Conrad, segundo, no pasarse los 5 años siguientes moviéndole el rabo a cualquiera que tuviera un peso para invertir, tercero levantar las banderas históricas de la izquierda: estatismo, antiimperialismo, muerte al latifundio. ¡Eso! ¡El pueblo unido jamás será vencido, y lucha, lucha, lucha, no dejes de luchar por un gobierno obrero, obrero y popular, tierra para el que la trabaja! Si en ese momento, en pleno Conrad, algún francotirador hubiera arrancado con media consigna, Pepe se baja del estrado y puño en alto sale a la calle a encabezar la manifestación y buscar bronca. Es lo que el cuerpo le pide. Pero la responsabilidad se lo impide: no se puede, de buena fe, defender propuestas manifiestamente fracasadas. Un presidente honrado no tiene derecho a la utopía.

Ahí está entero el revolucionario resignado, el idealista realista, el impaciente sin apuro por cambiar las cosas. Detesta el estado del mundo y sus reglas de organización, tiene ideas firmes de lo que le gustaría, pero no está dispuesto a arrastrar a la sociedad a aventuras de final impredecible.

Duda a la vista del público, como te dice una cosa te dice la otra y al final, siempre resuelve con cautela, con inmenso temor de que su poder cause daño.

Daría un brazo por enchufarle al agro unas buenas detracciones y desparramar esa plata fácil en viviendas solidarias. Pero ¿y si desaliento la inversión en agricultura, si obstruyo la virtuosa expansión productiva del campo, si me sube la desocupación? Y entonces, no tenemos detracciones porque con la prosperidad no se juega. Aunque… Si puedo le meto al capitalismo algún cuernito, como la plata del Fondes para bendecir cooperativas, autogestiones y otras causas perdidas.

Es muy diferente decir que el capitalismo es una maravilla a decir que es una porquería imprescindible.

Pepe lo dice con todas las letras y eso tiene encantado al mundo. Sobre todo con lo de "imprescindible", porque esta legitimación viene de alguien con la enorme autoridad moral de Pepe. Alguien que no guarda nada para sí mismo, les extiende un indulto a muchos que guardan para ellos todo lo que pueden. ¡Ego te absolvo!

He aquí un ejemplar único. Por tanto, no hay nada sorprendente en que los periodistas del mundo hagan cola para reportar su existencia y describir los detalles. Es una sensación mundial, tal cual hubiera sucedido si en el campo uruguayo se hubiera descubierto un león vegetariano, pastando manso en la pradera.

* Francisco Vernazza es sociólogo y publicista. Fue asesor de Mujica durante la campaña presidencial y en los dos primeros años de su gestión. Es recordado por haber logrado que Mujica se pusiera por primera vez un saco de vestir.

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