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Diálogo de sordos

Fiel a su personalidad y estilo, entre caricias y rezongos, José Mujica construyó con la oposición un vínculo que comenzó con abrazos y elogios, pero que derivó en insultos y duras peleas. 

Lo que pareció una cercanía inaudita terminó generando un quiebre en el diálogo y una distancia insalvable.

"Alma podrida", "vayan a controlar dónde andan sus señoras" o "egoístas", fueron algunos de los calificativos y mensajes que el presidente lanzó para referirse a la oposición en el último tramo de su mandato. También les reprochó que solo los movía el "interés electoral" y que, en ese afán, no tenían problemas en perjudicar al país. Tal fue su malestar que afirmó que, de tener que hacerlo de nuevo, seguramente no daría la misma participación a los otros partidos en su gobierno.

Viejo hombre de la política, Mujica tuvo un claro objetivo en cada una de sus posturas ante la oposición, y en cada ocasión movió las piezas buscando el mejor ataque. Al final ingresó en la campaña, enfrentó las críticas y desestabilizó a los otros partidos.

Pero en el comienzo también se sirvió de su franqueza y sencillez en el diálogo para juntar, tres meses después de asumir, a todas las fuerzas y firmar un amplio acuerdo nacional. Fue el 7 de junio de 2010 y el clima era de satisfacción y expectativa en el Salón de Fiestas del Palacio Legislativo. El lugar estaba colmado de técnicos, legisladores y figuras de gobierno que se aprestaban a ver cómo quedaban atrás las diferencias entre los partidos políticos que se acababan de enfrentar en una elección, y se sellaba la coparticipación con acuerdos en educación, seguridad, energía y ambiente.

El presidente remarcaba que no pondría "condiciones", que para participar no sería necesario que la oposición se pusiera un bozal o callara sus convencimientos: "Puede haber participación y cada cual dirá lo que tiene que decir".

Pero el tiempo se rió de tantas ambiciones. El gobierno de Mujica estuvo tan lejos de ese planteo que al día de hoy, mientras cuenta sus últimas horas de gestión, el presidente y la oposición no solo no lograron grandes avances en los temas clave, sino que, en contrapartida, terminaron con el diálogo cortado.

Lamentos.

Al repasar el vínculo frustrado y los enfrentamientos, tanto la oposición como el presidente suman lamentos y reproches. Creen que "la otra parte" fue la que no supo entender "las reglas de juego" y "desaprovechó la oportunidad".

Mujica cree que "desgraciadamente hay una lucha de reposición" dentro de los partidos Nacional y Colorado, que lleva a "dibujar un perfil muy duro", del cual "no hay que esperar nada que se parezca a colaboración ni cosa por el estilo". Y entiende que ni el gobierno ni la oposición han tenido la capacidad "de mantener una política de diálogo con altura y eventuales acuerdos. Para bailar se precisan dos", lanzó el presidente hace poco.

En tanto, la oposición estimó que Mujica no respetó los acuerdos de 2010 y empezó a sentirse ignorada. Le molestó la actitud de que pasasen asuntos por el Parlamento sin discusión previa y se irritó por no recibir explicaciones en temas clave, ya fuera Aratirí, el cierre de Pluna u otros.

"Cuando empezamos a señalar las cosas que el gobierno estaba haciendo mal, Mujica se enojó e intentó tomar de rehenes a nuestros representantes en la administración, diciendo que estaban atornillados a los cargos, y que por aceptar esos ofrecimientos, no podíamos criticar", dijo el líder colorado Pedro Bordaberry.

En tanto, el senador blanco Jorge Larrañaga fue el opositor que más cercanía mostró con Mujica, tanto cuando el mandatario fue senador, como en los primeros meses de su gobierno. Prueba de eso fueron las reuniones que mantuvieron en sus chacras de Flores y Rincón del Cerro, antes y después de las elecciones de 2009.

Al fin el nacionalista también se alejó. El año pasado dijo a El País: "Estábamos dispuestos a dar ayuda desde la oposición a un gobierno que se presentaba diferente, que aceptaba la participación, pero al advertir que priorizaban los entendimientos hacia adentro del Frente y se radicalizaban, nuestra respuesta cambió".

El senador Luis Alberto Heber, presidente del Directorio del Partido Nacional, dijo que cuando Mujica era legislador "había diálogo cordial, pero cuando llegó a la Presidencia cambió". "Mujica grita en la pulpería y se calla en la comisaría", afirmó el blanco. Se quejó de que el presidente reiteró sus críticas a ellos a través de la prensa, pero no generó espacios de intercambio con la oposición.

Pablo Mieres, ahora senador del Partido Independiente, también distinguió dos momentos. Al comienzo del gobierno hubo "diálogo abierto y buen relacionamiento", pero luego "el cambio fue radical". Aclaró que esa actitud no fue de todo el gobierno, quedó circunscripta al presidente. "No tuvo interés de mantener el vínculo e ingresó en una etapa de declaraciones infelices y de exabruptos", afirmó.

Construyó un vínculo especial con intendentes.

Con gran habilidad y en forma paralela a su vínculo con los principales líderes de los otros partidos, José Mujica logró generar con los intendentes (la mayoría de oposición) un vínculo de estrecha cercanía.

Los jefes departamentales reconocieron que el presidente dotó al Congreso de Intendentes de "una jerarquía importante" y hasta el fin del mandato mantuvieron un diálogo fluido. Igual, hay quienes entienden que esa postura de Mujica se debe a que buscó fortalecerse en el interior del país.

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