LA COLUMNA DE PEPEPREGUNTÓN

El descenso

Uruguay supo ser un gran país. Un país donde la palabra valía. Donde un apretón de manos tenía una fuerza superior a la de un contrato. Donde la gente trabajaba duro para llevar el pan a su mesa y los padres se esforzaban para que sus hijos pudieran educarse y tener las oportunidades a las que ellos no habían podido acceder.

Un país donde la túnica y la moña igualaban, pero para arriba. Donde primero había que asegurarse el techo para recién después pensar en el auto o el viaje. Donde quien decía una palabrota recibía una reprimenda. Donde el que no traía buenas notas se quedaba sin salir. Donde se saludaba al llegar y donde dar las gracias no era algo excepcional.

Un país donde pobreza no significaba marginalidad. Donde la familia unía. Donde los amigos aconsejaban. Donde una falta de respeto era una falta grave. Donde hasta el "punga" del ómnibus tenía valores. Donde en la puerta de la escuela había trompos y rayuelas, y no droga a disposición.

¿Dónde quedó aquel gran país? ¿Cuándo nos olvidamos de serlo? ¿Por qué nos transformamos en el país que hoy somos?

¿Por qué empezamos a copiar lo malo, y no lo muy bueno que tienen nuestros hermanos argentinos? ¿Por qué lo que antes nos rechinaba nos comenzó a encantar al punto de transformarnos en lo que hace no tanto criticábamos?

¿Por qué nos olvidamos de lo que nos enseñaron nuestros mayores y, a la vez, decidimos ser compinches de nuestros hijos, en lugar de padres?

¿Por qué dejamos de sentir orgullo por lo que conseguimos con nuestro esfuerzo? ¿Cuándo dejamos de experimentar la satisfacción por el trabajo bien hecho y nos pasó a dar lo mismo todo? ¿Qué fue lo que nos hizo creer que trabajando menos y con menor compromiso nos iría mejor? ¿A qué nación del mundo le fue bien haciendo menos y peor?

En las redes sociales y en los mensajes que envían a los medios o que suben a las redes sociales, los uruguayos piden mejores gobernantes. Mejores ministros y funcionarios. Mejores jueces y fiscales. Mejores sindicalistas. Mejores empresarios. Pero, ¿por qué tendrían que ser los gobernantes, los funcionarios, los magistrados, los sindicalistas y los empresarios diferentes de la sociedad a la que pertenecen, en la que se forman, en la que han crecido, en la que viven y en la que transitan cada día?

¿Por qué nos cuesta tanto entender que el problema no es de los gobernantes, sino de quienes los hemos puesto allí? ¿Por qué no vemos que para que haya sindicalistas que sólo piensan en hacer paro en reclamo de mejores salarios tiene que haber mucha gente que piense que la forma de salir adelante es pidiendo más dinero por trabajar menos y peor, en lugar de demandar una mejor paga a la vez que se proponen formas para trabajar más y mejor?

Supimos ser un gran país. Pero nos olvidamos. Hoy cuesta pensar que sea posible recuperar lo que perdimos. Parece más probable que sigamos perdiendo lo que aún nos queda. Y por ese camino, está claro, nos vamos al descenso. Sin escalas.

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