DESAFÍO #7díassin

Siete días sin consumir alimentos procesados y esto fue lo que pasó

Cada uruguayo consume un promedio de 150 kilos de alimentos ultraprocesados por año: ¿es posible vivir sin consumir alimentos procesados y ultraprocesados? ¿Hay opciones? ¿Es más caro?

7díassin. El desafío de @rodecima
7díassin. El desafío de @rodecima

Nutricionistas coinciden que los uruguayos comemos cada vez peor y el principal motivo es que en los últimos años ha crecido mucho el consumo de alimentos procesados.  Pero, ¿es posible vivir en Uruguay sin consumir alimentos procesados? ¿Hay opciones para quién desee hacerlo? ¿Es verdad que comer sano sale más caro?

Cuando me propusieron hacer este desafío, me pregunté por qué no. Pensé que la manera de alimentarme durante esa semana no iba a ser demasiado diferente a la que estoy acostumbrada. Soy vegetariana, trato de comer sano y de cocinarme lo más que puedo. Casi no como fritos, muy rara vez tomo gaseosas o como golosinas. Así que me sentí algo culpable porque hasta cierto punto tal vez estaba haciendo trampa. Pero debo admitir que vivir la experiencia de no consumir alimentos procesados durante siete días me sorprendió.

Acepté y lo fui contando en Instagram: en historias en @elpaisuy y en mi cuenta

#domingo #cerveza y #pizza 😑 no es un adiós, es un hasta luego carbohidratos

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Nuevo etiquetado

El gobierno elabora medidas para disminuir el consumo de estos alimentos no saludables: trabaja actualmente en un sistema de etiquetado, por ejemplo, que informará al consumidor sobre la cantidad de grasas, grasas saturadas, azúcares o sodio, en cada producto.

Lo primero que hice fue tratar de organizar mi semana y buscar información: ¿Cuáles eran los alimentos que no iba a poder consumir? Tengo de que decir que muchos más de los que creía.

Podemos clasificar a los alimentos como naturales, mínimamente procesados, procesados y ultraprocesados. Yo iba a ir con todo por los primeros. Pero los que abundaban en todas las estanterías, restaurantes, almacenes y reuniones eran los otros.

Cuando uno escucha hablar de alimentos procesados se queda con la vaga idea de que se trata de la pulpa de tomate que tenemos en la heladera, de las gaseosas sabor cola o de las hamburguesas con papa fritas que compramos en el local de comida rápida que hay en todas las avenidas. Pero no. No solo los productos en conserva o la comida chatarra es procesada: la sal, el azúcar, la leche, y todas las tan amadas preparaciones con harina, lo son. Y hasta la yerba mate. Esas son tan solo algunas de las cosas de las que me despedí durante los siete días del desafío.

¿Qué comemos? 

Cada uruguayo consume un promedio de 150 kilos de alimentos ultraprocesados por año según cifras del MSP. 

La lista seguiría con las cosas que siempre son cotidianas en mis comidas y que dejé de lado: el café instantáneo, las galletitas, los bizcochos, el pan, la manteca, el queso, y un largo etcétera que iré ampliando a lo largo de esta nota.

Pero mi semana sin procesados amerita ser contada con el mayor detalle posible.

Día 1: Sorpresa

Me tenía que organizar y comencé a darme cuenta de que casi todo es procesado: ya me había hecho idea de que no iba a consumir ni harina ni azúcar ni sal.

En un principio había pensado alternativas. Por ejemplo, en lugar de harina blanca, harina integral…pero no, porque ésta es menos refinada que la blanca, pero es mínimamente procesada. Lo mismo con el azúcar: creía que el azúcar mascabo no entraba dentro de mi lista prohibida, pero descubrí que también es mínimamente procesada. Y qué decir de la sal: la sal marina, que es más sana que la de mesa que acostumbramos consumir, es más sana, pero tampoco es considerada natural.

Adiós al café con leche y a las galletitas en el desayuno. El único café que pude tomar es el que viene en granos y una compañera de trabajo molió. Eso sí: sin azúcar. Y fue lo peor y más amargo del día. Para endulzar la mañana estuvieron las frutas.


No me molestaba comer ensaladas, pero fue recién el lunes cuando me di cuenta de algo más: no iba a poder consumir aceite de girasol ni ningún aderezo. Ni siquiera el aceite de oliva extra virgen, que es prensado en frío y mucho más sano, porque también está del lado de los procesados.

A la noche cociné para la cena y el almuerzo del otro día: inventé un soufflé, solamente con berenjena, cebolla y huevo. Otra vez: sin sal, sin aceite. Ya estaba en el baile...a bailar.

A pesar de la sorpresa que me llevé descubriendo que estaba rodeada de procesados, me sentí bien ese primer día: no pasé hambre para nada, me sentía liviana y llena de energía.

Día 2: Improvisación

Las reacciones de la gente llegaban sin disimulo: ya empezaban a poner un tono de voz que gritaban un sentimiento de lástima tremendo y me preguntan cómo iba con el desafío. ¡Y lo más gracioso es que me sentía mejor que nunca! Ya iba un día y medio sin procesados y me sentía mucho más liviana. No bostecé en toda la mañana, cosa que suelo hacer varias veces, e incluso después del almuerzo. Pero no, la energía estaba ahí y no se iba. 


La licenciada en Nutrición Mariana Bein me explicó que “la sensación de estar liviana la explica la liberación de líquidos que retenemos por la sal que consumimos y por el glucógeno que es la manera que en el cuerpo almacenamos el azúcar. También la redistribución y movilizaciones de tejido adiposo, que es metabólicamente inactivo y el dado que no tenemos azúcar, el cuerpo moviliza la grasa para obtener energías”.

Desayuno, almuerzo, merienda sin procesados. Pero hacia la noche se empezó a complicar: para comer sano hay que organizarse, no queda otra opción. Y tenía todo planeado para cocinar la cena pero me olvidé de los tomates y ya era tarde para volver a la verdulería: no pude hacer el guiso de lentejas que tenía en mente y tuve que improvisar con lo que había.

Día 3: Adicción

El tercer día fue el más difícil. Empecé a extrañar muchísimo la sal. Y hacia la tarde me vinieron unas ganas desenfrenadas de comer algo con harina. Durante unas horas pensé en renunciar al desafío y entrar a una panadería. Me venían imágenes a la cabeza: yo entrando a la panadería, dando vuelta al mostrador y arrasando con todo. Mi cuerpo pedía a gritos algo de harina. Pero de alguna manera seguí y el día pasó. Es verdad lo que dicen que la harina y lo dulce es adictivo.


También pensé mucho en comprar sal marina. Como mencioné anteriormente, es más sana que la sal de mesa que solemos usar, aunque también es mínimamente procesada. Pero me aguanté. Me aguanté porque quería seguir experimentando los cambios que había empezado a sentir.

Y la nutricionista Bein me confirmó que lo que me estaba pasando era real: al dejar de consumir procesados hay “se perciben cambios en el estado anímico, en el cabello y en la piel en general. Y se deben a una liberación de productos que vamos acumulando, porque es como una depuración”. Me aguanté y seguí.

Día 4: Opciones

El cuarto día no me traje mi tan preciada vianda al trabajo: sobre el mediodía recorrí unas cuadras en el centro de Montevideo para ver qué chances tenía de encontrar algo que pudiera comer. Y en poco menos de cuatro cuadras tuve la suerte de encontrar al menos tres lugares que tenían todo tipo de opciones: y entre ellas alimentos naturales.

Seguía necesitando la sensación de querer algo dulce, así que a mi ensalada le puse bastante remolacha. Y entre la fruta del postre, fueron infaltables las mandarinas.

Día 5: Inclusión

Una de las cosas más difíciles es quedar por fuera cuando hay una reunión o festejo. Porque lo que hay seguro es gaseosa: agua en la mayoría de los casos no hay. Porque hay masitas o sandwiches: frutas nunca hay.

Esta semana hubo tres instancias en las que me reuní con gente y se dieron una panzada de esas cosas que nombré. Yo solo saqué fotos y conversé. Y me puse a pensar en las personas que son celíacas o que tienen alguna limitación por un tema de salud a la hora de comer, o en quienes eligen no consumir alimentos de origen animal o procesados: ¿Las empresas, instituciones y lugares en que se realizan estos encuentros empezarán a tenerlos en cuenta a la hora de organizar el menú?

Día 6: Precios

¿Es verdad que comer sano es más caro? Según mi experiencia esta semana la respuesta es no. Pero reconozco que no consumí más que alimentos naturales: en su gran mayoría frutas y verduras que compré en alguna feria, o legumbres que compré en tiendas naturistas que las venden sueltas.

Me organicé y no gasté más: como ejemplo, en lugar de comprar un paquete de galletitas de chocolate que sale un promedio de $30 uno de los días me compré dos bananas a $25. No precisa agregar en esta comparación que el paquete de galletitas tiene conservantes, grasas trans, azúcares y un largo etcétera.

“Pero con un paquete de fideos de $20 comen cuatro, y con $20 si compro zapallitos no comen cuatro”, me dijo una compañera. Y es verdad: sin irnos a comparar extremos como los enlatados y los orgánicos, podemos ver casos puntuales en que comer sano sí es más caro (aunque los defensores de lo natural dicen que lo barato se termina pagando caro con salud): en el caso del aceite de oliva extravirgen, la botella sale $300, contra la botella de aceite de girasol que sale un promedio de $60. El azúcar blanco refinado sale alrededor de 40 el kilo. El azúcar mascabo sale un promedio de $100. El kilo de harina integral sale unos $60, cuando la harina blanca se encuentra en las estanterías de oferta en el entorno de los $20.

Día 7: Cambios

“Los procesados son dañinos en la medida que su consumo se transforme en un hábito. Cada cosa en su medida no sería un problema. De todos modos aquellos productos con grasas en cantidad y de mala calidad, habría que limitarlos o directamente evitarlos”, opinó Bein.

La Organización Mundial de la Salud recomienda el consumo diario de 400 gramos de frutas y verduras. Pero los uruguayos consumimos nada más que 246 gramos.

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Luego de una semana de no consumir absolutamente ningún procesado confieso que voy a ir corriendo por un capuccino y ya el primer día voy a comer algo con harina. Pero me hice un poco más consciente de la manera en que como cada día. Y algunos hábitos no hay dudas que los cambiaré: incorporar frutas al desayuno, por ejemplo, me parecía complicado pero me acostumbré y lo voy a seguir haciendo. Lo mismo con los licuados de fruta para la merienda, siempre que tenga tiempo, que ya irán sustituyendo las harinas que acostumbraba cada tarde. Seguramente, aunque siga consumiendo azúcar, ya reste aunque sea una cucharadita a las preparaciones y lo mismo con la sal.

Sí, vivir sin consumir procesados en Uruguay se puede. Pero no es nada fácil. Y en caso de hacerlo hay que recurrir a un nutricionista para que nos asesore sobre cómo suplantar algunos nutrientes que pueden llegar a faltar.

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