LA CIUDAD VIEJA Y SU NOTABLE ARQUITECTURA

Dos colosos que atraviesan siglos

La Confitería del Telégrafo y el Palacio Gómez perviven como emblemas de la ciudad.

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La Confitería del Telégrafo. Foto: Centro de Fotografía

Para los vecinos de Montevideo, "la Confitería del Telégrafo representa un esfuerzo de progreso realizado por su actual propietario Santo Rovera". Con estas palabras, la Revue Ilustrée du Río de la Plata se refería en su número de junio de 1894 al establecimiento gastronómico más importante y distinguido del Montevideo de aquellos años. La Revue Ilustrée era una publicación que se editaba en español y en francés, y que traía noticias y crónicas de Uruguay, Argentina y Paraguay. Con una frecuencia mensual se imprimía en Buenos Aires, en sus talleres de la calle Maipú 556.

Lo cierto es que "El Telégrafo" como se la denominaba comúnmente, pasó a formar parte desde su instalación en 1875, en la calle 25 de Mayo y Cámaras (hoy Juan Carlos Gómez), del paisaje arquitectónico más importante de la Ciudad Vieja. Además, se constituyó en el reducto social de la clase alta montevideana y en un sitio en el que, en torno a sus mesas, se escribieron capítulos importantes y muy peculiares de la historia uruguaya.

La confitería constituyó un espacio arquitectónico singular que, junto al lindero Palacio Gómez, dieron a esa esquina de la capital una prestancia que afortunadamente se mantiene hoy, y en buenas condiciones. Un ejemplo es la sede de la Junta Departamental de Montevideo. No es casualidad que, en su número de mayo de 1894, un mes antes de la crónica sobre El Telégrafo, la Revue Ilustré publicara dibujos del flamante edificio Gómez. La revista se caracterizaba por destacar hechos, crónicas y noticias vinculadas a la high life rioplatense, con un especial énfasis en los aspectos arquitectónicos y mundanos.

Palacio Gómez. Foto: Centro de Fotografía
Palacio Gómez. Foto: Centro de Fotografía

Palacio familiar.

La historia de El Telégrafo y del Palacio Gómez corren paralelas y pareciera que ambos edificios estuvieron predestinados a sobrevivir a los avatares del tiempo y de la ola destructiva que entre 1970 y 1980 (casi un siglo después que se erigieran), arrasó con magníficas construcciones del casco antiguo de la ciudad.

En 1871, Francisco Gómez comerciante de gran fortuna y uno de los 17 hermanos del héroe de Paysandú Leandro Gómez, encargó al ingeniero uruguayo Javier Pedralbes la construcción de un palacete en un terreno de algo más de 550 metros cuadrados en la calle 25 de Mayo. Pedralbes, que se había graduado como ingeniero y constructor de puentes en París una década antes, concibió un edificio neogótico con reminiscencias Tudor de tres pisos, con un mirador de dos niveles. Ni el propietario del predio ni el constructor escatimaron en materiales. Fue así que, a fines de 1874, luego de casi cuatro años de obra, quedó pronto lo que pasó a denominarse como Palacio Gómez. Simultáneamente, en el terreno lindero se construía un importante edificio que albergaría la confitería.

La familia Gómez nunca habitó su flamante casa. En 1888, don Francisco la vendió al Estado uruguayo, cuyo presidente de la República, Juan Idiarte Borda, dispuso que allí pasara a funcionar la Junta Económica y Administrativa de Montevideo. Para entonces la Confitería del Telégrafo llevaba trece años funcionando en el edificio vecino, dirigida por su propietario Santo Rovera.

Éste era un inmigrante italiano del Piamonte que adquirió el comercio en 1875. Había sido fundado una década antes, coincidiendo con la inauguración del servicio de telégrafo en Montevideo.

Su instalación, en lo que sería su remozada y descomunal sede, se concretó casi al mismo tiempo que terminó la construcción del Palacio Gómez.

La Revue Ilustrée señalaba que Rovera mejoró y amplió las instalaciones de la confitería y les dio "cachet propio", y la señalaba como "uno de los establecimientos de su género más importante de América del Sud". La crónica añadía: "La transformación del salón de ventas en la proporción de 31 metros de frente que hoy ofrece, acusa en el señor Rovera tendencias de progreso. (…) El interior del establecimiento sorprende por la magnitud de sus distintas secciones. La tienda, rutilante de espejos y cristales, presenta un aspecto de grandiosidad elegante y artística (…) Todo lo que las fábricas europeas hacen de más exquisito en confituras y dulces, todo lo que puede apetecer el gourmet más exigente, tiene su sitio en la confitería que se transforma todas las tardes en rendez-vous obligado de damas y caballeros, que se reúnen en el salón a ellos destinado.

El Telégrafo, llegó a tener cien empleados. Durante décadas, su salón de fiestas tuvo el monopolio de los banquetes y fiestas de más alto vuelo de Montevideo. Años después de su creación, y en verano, tuvo que adaptarse y competir con el Hotel de los Pocitos y el Hotel Carrasco.

Guerra mundial.

Muchos episodios de la vida del país, pasaron por sus mesas, pero nunca el lugar tuvo tanto protagonismo como en los años de la Segunda Guerra Mundial. Entre 1939 y 1945, fue uno de los sitios más vigilado por el espionaje británico. Los agentes del MI6, infiltrados entre mozos, cocineros y clientes del lugar, recababan buena información en aquel sitio donde se daban cita no solo los hombres de negocios y políticos, sino las mujeres de la alta sociedad, muchas de ellas esposas o amantes de los gobernantes.

Pocos años después, a comienzos de la década de 1950, el Telégrafo cerró. El enorme local fue dividido en propiedad horizontal y comenzó a vivir un lento y constante proceso de decadencia.

En 1985, en el edificio funcionaban baños turcos. En septiembre de ese año y seis meses después de la restauración de la democracia, el local fue expropiado por la Junta Departamental. Durante cuatro años, tanto las viejas instalaciones de la Confitería del Telégrafo como el Palacio Gómez, fueron sometidas a un reciclaje que les devolvió su prestancia original. La reinauguración de los dos edificios que, desde entonces forman uno solo y albergan la Junta Departamental de Montevideo, se concretó el 10 de octubre de 1989. Una historia en que la ciudad supo y quiso preservar su memoria y su identidad.

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