Un mausoleo de algarrobo, su bicicleta y sus primeros libros en exposición

Casa natal de Horacio Quiroga convertida en museo de fábula

Hoy son unas veinte cuadras las que separan al centro de la ciudad de Salto de la que fuera la casa de veraneo de la familia Quiroga. Desde 2004 pasó a ser museo y fue bautizado con el nombre de Horacio, el más famoso integrante del clan y uno de los escritores más extraordinarios que ha tenido Uruguay.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
La bicicleta de Horacio Quiroga, entre otros recuerdos que evocan al escritor. Foto: D. Fischer

La Casa Horacio Quiroga es una majestuosa quinta que data de la segunda mitad del siglo XIX y que perteneció a la familia Quiroga entre 1880 y 1902. Esos 22 años coinciden casi con exactitud con el período en que el autor de Cuentos de amor, de locura y de muerte vivió en Salto la mayor parte del tiempo. Quiroga, se sabe, nació el 31 de diciembre de 1878 y abandonó el pago natal en 1902, luego de matar accidentalmente con una pistola a su mejor amigo, Federico Ferrando. La última vez que se tienen noticias de que Quiroga estuvo en Salto fue en 1903; para entonces, la casona familiar había sido vendida a Enrique Koncke, quien la mantuvo más de tres décadas.

Allí, desde el año 1936 y hasta el 2000 funcionó la Escuela Pública Horacio Quiroga. Con el comienzo del siglo XXI, el entonces intendente Eduardo Malaquina se propuso recuperar el lugar para que albergara el museo que hoy es una realidad. La apuesta fue alta, ya que implicaba mudar la escuela y para ello hubo que edificar una nueva en el terreno contiguo. El primer objetivo se logró. Luego vino la etapa de restaurar la casona y recuperar su parque devolviéndole su diseño y esplendor originales.

Desde un comienzo se creó una comisión a cuyo frente estuvo el profesor Leonardo Garet, quien con un grupo de personas vinculadas a la cultura, asumió la tarea como un desafío personal. Hubo que sortear los consabidos obstáculos que impone la administración pública y la escasez de recursos cuando de emprendimientos culturales se trata. Pero finalmente, y en un tiempo récord, la Casa Horacio Quiroga se inauguró en diciembre de 2004.

La quinta.

Un añoso parque con gran variedad de árboles y plantas da la bienvenida a la quinta ubicada sobre la avenida Viera y Maciel. Para llegar a la casa principal hay que recorrer un sendero de árboles y arbustos que forman un camino perfumado y techado por la propia vegetación que atenúa, aun en invierno, el implacable sol salteño.

La casona es una gran construcción ecléctica donde se observa claramente las influencias arquitectónicas francesa, italiana y hasta inglesa. El predio tuvo, en sus orígenes, una superficie de más de dos hectáreas y actualmente es de dos manzanas. Una galería con balaustrada rodea a la casa, y a ella dan los ventanales de las señoriales habitaciones. Muebles de fines del siglo XIX, que pertenecieron a la familia Quiroga, la bicicleta del escritor, y herramientas que le pertenecieron (algunas de ellas fabricadas por él mismo), ocupan varias de las habitaciones. En otras, las vitrinas atesoran ejemplares de primeras ediciones de sus libros, muchos de ellos dedicados y firmados por el escritor.

La sala Marosa di Giorgio: una habitación recreada.
La sala Marosa di Giorgio: una habitación recreada.

El mausoleo.

Una edificación anexa, construida años después de la casona original, es la antesala del Mausoleo. Allí, como música de fondo, se escucha el canto de los pájaros, quizá trinos muy similares a los que Quiroga oía cada mañana y a lo largo del día en los años que vivió en la selva de Misiones.

Desde la entrada principal, una sucesión de arcadas deja divisar el original mausoleo donde se conservan las cenizas de Quiroga. Se trata de una escultura realizada por el artista ruso Stepan Erzia (1875-1959), radicado en Buenos Aires cuando murió Quiroga. Erzia esculpió, en un tronco de algarrobo, el rostro de Quiroga y guardó en su interior los restos del escritor, cremados en el Cementerio de la Chacarita de Buenos Aires y trasladados a Salto, por su voluntad, en 1937.

En una de las paredes del recinto puede leerse la siguiente reflexión del también escritor salteño Enrique Amorim, fechada en 1951:

"La urna en que se guardan sus restos, tallada en una noche, cosa inaudita, por el gran Stepan Erzia, nunca se pagó. No es porque alguien se haya quedado con el dinero. No, es porque esas cosas todavía no se pagan, no se pagarán mientras no se reconozca el valor del trabajo artístico y se siga dando premios a las comparsas de carnaval".

SABER MÁS

Una nueva sala que evoca a 34 escritores salteños.


En la Casa Horacio Quiroga, se inauguró en 2006 una sala que recuerda a la poetisa salteña Marosa Di Giorgio, fallecida en 2004. La iniciativa fue del profesor Garet, y los objetos que allí se exhiben fueron cedidos por Nidia Di Giorgio. Asimismo, poco tiempo atrás, se habilitó la Sala de los Escritores salteños, un amplio espacio dedicado a todos los hombres y mujeres que se dedicaron a la literatura y que nacieron en el departamento. Son 34 personas que se destacaron por su prosa y su poesía.

Sus obras, algunos manuscritos y fotografías se exponen en un ambiente lleno de luz y en el que dos viejas máquinas Remington, colocadas sobre antiguos escritorios de roble, parecen insinuar que, de un momento a otro, Alberto Brignole, Enrique Amorim, Alcides Milans o el propio Horacio Quiroga, entrarán y se pondrán a teclear un cuento o un poema.

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