Agnes Frank de Klein sobrevivió a cinco campos de concentración

Cara a cara con Josef Mengele

Cae la tarde en Punta del Este. En el parador de Ovo Beach, del Hotel Conrad, se reúnen tres amigas de toda la vida, a tomar un copetín. Viudas las tres. En sus rostros se notan las huellas del tiempo. También de la vejez llevada con dignidad.

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Agnes Frank de Klein y sus dos amigas, Ita Blatt y Yudith Szerdahely. Foto: R. Figueredo

"Annie" es una de ellas. Así la apodan sus familiares y amigos. Como todos los veranos, llega a su apartamento de la Playa Brava para escapar del pesado calor porteño.

Luego del desayuno, baja los dos pisos que la separan de la planta baja del edificio. Saluda a Jorge, el portero, antes de salir a la calle. Luego de caminar unos metros aprieta al botón del semáforo para cruzar la rambla "Lorenzo Batlle Pacheco". Después de algunas horas en la playa, regresa. "El sol está bravo", comenta. Almuerza algo ligero. Enciende su computadora para conectarse con su familia o con alguna de sus amigas en la capital porteña. Se comunica por Skype, por correo electrónico o por medio de las redes sociales.

El 11 de enero, Annie cumplió 90 años. En mayo pasado perdió a su esposo. Su vida parece de película. Agnes Frank de Klein —así se llama— nació en Dédes, un pueblo de Hungría. Hija única de prósperos comerciantes, su infancia y su adolescencia fueron "como las de una princesa", recuerda.

Hasta que, con apenas 19 años, el zarpazo del nazismo le cayó encima.

En poco más de un año, pasó por cinco campos de concentración: Auschwitz, Breslau, Gross-Rosen, Mauthausen y Bergen-Belsen.

Al bajar del tren junto a su madre, en Auschwitz, fue recibida por el propio Josef Mengele, el "Ángel de la Muerte". Ambas estuvieron juntas casi hasta el final de la guerra. Su madre murió de hambre poco antes de finalizar la contienda. De su padre no tuvo más noticias. Fue llevado a un lugar desconocido.

Con apenas 20 años, Agnes fue rescatada del campo de Bergen-Belsen, Alemania, por las tropas británicas y belgas. Sola deambuló por Europa hasta que una tía suya, que vivía en Buenos Aires desde antes de la Segunda Guerra, la ubicó en 1946 gracias a las listas de sobrevivientes elaborada por la Cruz Roja. Su juventud va de la mano de la historia húngara. Desde el principio Hungría se alineó con Hitler. Su regente, Miklós Horthy, forjó una alianza con los nazis. Enojado, en 1944 Hitler lo derrocó y puso en su lugar al colaboracionista Ferenc Szálasi. La invasión nazi trajo a los asesinos de las SS.

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-¿Cuándo empezó para usted el tormento?

-Cuando estalló la guerra yo tenía 14 años. A mi papá lo llevaron a trabajos forzados en 1943. Nunca más lo vimos. Luego de la guerra la embajada húngara me envió una carta donde me informó que mi papá estaba desaparecido.

-¿Qué pasó con usted y su mamá?

-Mi mamá estuvo conmigo en el campo de concentración. Tenía 42 años. Estuvimos en cinco campos. Nos subieron a los vagones del tren que nos llevó a Auschwitz. A los viejos y a los niños los llevaban directamente a la cámara de gas. Como no se notaba que mi mamá tenía 42 años, nos dejaron a las dos juntas. No sabíamos para qué.

-¿Cómo las recibieron en Auschwitz?

-En Auschwitz estaba Mengele.

-¿Cuándo lo vio?

-Cuando llegamos. Él estaba esperando el tren. Estaba sentado delante de una mesa. Con un bastón ordenaba que los viejos y los niños fueran para un lado, y el resto para otro. De ahí nos enviaron a las barracas en el interior del campo. Había un baño donde nos pelaron y nos sacaron la ropa. Al día siguiente nos levantaron a las cuatro de la mañana. El campo estaba rodeado con alambre electrificado y con guardias armados. Todos los días nos contaban.

-¿Qué recuerda de Mengele?

-Un tipo alto, buen mozo, de ojos celestes, pelo oscuro. Fue la única vez que lo volví a ver. Un asesino sin piedad.

-¿Cuánto tiempo estuvieron en Auschwitz?

-Unos tres meses. Empezaron otra vez con el proceso de selección. Nos seleccionaban para hacer trabajos forzados. A mí me eligieron para trabajar. A mi mamá no. Nos separaron.

-¿Qué pasó con su madre?

-Cuando me eligieron para el trabajo me encerraron en una barraca. Entonces, mi mamá, como a ella no la eligieron, se escapó y se escondió en una zanja. A la mañana siguiente, cuando nos fueron a llevar a los vagones, mi mamá se sumó a nosotros.

-¿Dónde fueron a parar?

-A Breslau (Polonia) porque allí había una fábrica de municiones. Era un complejo de fábricas militares alemanes. Ahí trabajamos doce horas, una semana de noche y otra semana de día. Siempre doce horas. Apenas nos daban de comer para poder trabajar. Peor que un esclavo. Nos hicieron vivir como animales.

-¿Cómo continuó su peregrinación por los campos?

-Los rusos empezaron a aparecer en Breslau alrededor de enero de 1945. Los alemanes estaban perdiendo la guerra. El 21 de enero nos llevaron a pie a otro lugar. Eramos alrededor de mil. Pero no llegamos ni la mitad. El resto murió. A las que se sentaban agotadas en el camino las mataban. Les disparaban. No vacilaron. Fuimos a parar a Gross-Rossen (hoy en Polonia).

-¿Cuánto tiempo estuvieron en ese campo?

-Poco. Como los rusos seguían avanzando nos volvieron a movilizar. Fuimos a Mauthausen, en Austria. Y desde ahí a Bergen-Belsen, en Alemania. Siempre a pie. Y al que se quedaba en el piso lo mataban. En Bergen-Belsen estuvimos como tres meses más. Fue de los últimos campos en ser liberados. Estábamos casi sin comer. Llenas de piojos y en medio de la peor violencia que alguien puede llegar a conocer.

-¿Fue el peor momento?

-Ahí murió mi mamá. No sé lo que hicieron con el cuerpo de mi mamá. Lo que recuerdo es que había una montaña de muertos. Ahí los tiraban. En abril llegaron los ingleses y los belgas.

-¿Cómo fueron sus primeras horas en libertad?

-Los ingleses tenían un cuartel muy grande que lo transformaron en un hospital. Nos llevaron allí para atendernos. Me tuvieron que desinfectar. Yo estaba hecha un desastre. Apenas pesaba 39 kilos. La mitad de mi peso normal.

-¿Cómo siguió su vida?

-La Cruz Roja nos llevó a Lübeck (norte de Alemania). En ese puerto nos embarcaron hacia Suecia. Llegamos a Malmö. Nos pusieron en un estadio. Nos revisaron los médicos. A mí me llevaron a un sanatorio por un problema pulmonar. Me salvaron la vida. Nos trataron de maravilla. Es un pueblo humanitario como no hay. Viví desde 1945 hasta 1947 en Suecia.

-¿Cómo empezó a reconstruir su vida?

-No tenía nada. Ni familia, ni papeles. Salvo uno que decía: “Dícese llamar”.

-¿Por qué no regresó a Hungría?

-Sabía que mi papá había desaparecido. No quise volver. Sí lo hice después, con mi marido, en los años sesenta. Él tenía un hermano allá.

-¿Cómo siguió su vida?

-Me podía haber quedado tranquilamente en Suecia. Tenía unas tías mías que vivían en Buenos Aires antes de la guerra. Se fueron a Argentina por la crisis financiera del año 1929.

-¿Cómo la ubicaron?

-Por la Cruz Roja. Esta institución mandó listas para todos lados. Mis tías me encontraron en las listas y se pusieron en contacto conmigo.

Periplo.


Luego de sobrevivir al Holocausto, el periplo de la joven Agnes, de 22 años, fue muy difícil. De Suecia fue a París. “Mi familia me envió el dinero para viajar a Argentina. Pero pasaba algo muy extraño. Argentina dejaba entrar a los criminales nazis pero no a los judíos. Perón fue el peor antisemita del siglo.

Estuve tres meses esperando en París. Quise volver a Suecia porque me sentía como una idiota queriendo ir a un país donde no me dejaban entrar”, narró. “Ni siquiera tenía papeles. Una entidad judía en París me dio documentos falsos para poder viajar. Eran papeles truchos. Cualquier cosa. De todos modos, fui en barco hasta Rio de Janeiro, y de ahí tomé un vuelo de Varig a Montevideo”, contó. En el Aeropuerto de Carrasco la esperaban sus familiares de Buenos Aires.

Sus tíos habían contactado a un funcionario aduanero que la estaba esperando. “Me dijeron que en la Aduana me estaba esperando un hombre. Solo sabía que yo iba con un saco rojo. Ahí me identificó. No sé cómo hizo, pero me sacó del aeropuerto sin mayores problemas. Ahí estaba lo que quedaba de mi familia”.

“Nos quedamos una semana en Montevideo esperando ver la forma de entrar a Argentina. La solución vino del mismo funcionario aduanero. Viajé con la cédula de su esposa. Así llegué a Buenos Aires”, explicó. En enero de 1947 pudo entrar como una ciudadana uruguaya que no hablaba una sola palabra en español.

Tres amigas húngaras al rescate de la memoria


Agnes Frank de Klein y sus dos amigas húngaras, Ita Blatt y Yudit Szerdahely, son vivos testimonios de supervivencia de los campos de concentración nazis. Aunque Szerdahelyi no pasó por ellos, sí su esposo, ya fallecido. Su cuñada fue rescatada de arriba de un tren por el embajador sueco Raoul Wallenberg. El diplomático, que en las últimas etapas de la Segunda Guerra Mundial, corrió grandes riesgos para salvar a miles de judíos húngaros del Holocausto, llegó a tiempo con salvoconductos para los menores de 16 años.

SABER MÁS

“Alemania es el país donde hay menos antisemitas”


Agnes Frank de Klein no vacila en responder cuando se le pregunta cómo pudo dejar atrás el horror que le tocó vivir.

“Cuando tenía 20 años no tenía ni padre, ni madre, ni hermanos. Perdí todo. Pero con veinte años uno piensa muy distinto. Cuando uno tiene 20 años quiere vivir. No importa cómo. Después de todo eso, no hay otra de hacerlo que dejar atrás el pasado y mirar para adelante”.

El destino le deparó en el camino a un joven húngaro que había llegado a Uruguay antes de la guerra y que vivía en Florida, donde estuvo un tiempo de novio con la hija del comisario. Pero Klein se daba cuenta de que su futuro estaba en Buenos Aires, y hacia allí se marchó.

Agnes lo conoció en un club de expatriados húngaros en Buenos Aires. El noviazgo duró poco. Se casaron el 28 de marzo de 1949. Klein murió en mayo del año pasado.

“Fue una vida maravillosa”, recuerda Agnes en Punta del Este. Juntos fundaron una exitosa fábrica de ropa para damas.

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