Jonathan Demme

Caníbales, rockeros, luchadores en un cine entre clásico e irreverente

Cinco grandes momentos de un director que supo contar sus historias desde la más absoluta libertad creativa, temática y narrativa

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Jonathan Demme, 1944-2017

Jonathan Demme, uno de los grandes directores de cine estadounidense surgidos en la década de 1970. Falleció en  Nueva York, por complicaciones de un cáncer de esófago, informó ayer la web especializada IndieWire. Su carrera incluye películas, video clips, recitales, series y documentales. 

Su muerte deja deja al cine americano, sin uno de sus grandes maestros. Comenzó como un director de clase B y terminó ganando Oscar (por el Silencio de los inocentes) y encargándose de varios clásicos (Filadelfia, Casada con la mafia, Entre la fama y la familia, Stop Making Sense). En Uruguay se estrenaron una decena de sus películas y estos son algunos grandes momentos de su filmografía.

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Stop Making Sense (1984) es seguramente uno de los grandes conciertos de rock filmados en la historia. Es la combinación de un David Byrne en su mejor momento, unos Talking Heads aceitados y la dirección de Demme que consigue transmitir no solo la música, sino la contrucción del show desde el mismo escenario. La versión de "Psycho Killer" con que se inicia la película es en su despojamiento el inicio de un notable viaje musical y visual. Demme luego filmaría un recital de Robyn Hitchcock (Storefront) y uno de Neil Young (Heart of Gold), dos grandes compinches.

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El enfrentamiento (o la convivencia) de un mundo "careta" y uno más, digamos, informal, es uno de los centros de la carrera de Demme. Él, de alguna manera, representaba eso mismo con películas con toda la intención de independientes y, a la vez, nominaciones al Oscar y reconocimientos comerciales. Totalmente salvaje (1986) es uno de sus primeros ejemplos de eso. Melanie Griffith representa el lado salvaje como una hermosa muchacha que conquista al oficinista timorato que compone Jeff Daniels. Es un canto de libertad en un mundo cosmopolita (esos colores, una banda de sonido que combina Talking Heads, reggae y The Feelies) y que pasa de la comedia, al romance y al policial, sin ninguna timidez.

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Ganó cinco Oscar, incluyendo el de mejor película, todo un reconocimiento no sólo para la forma de hacer cine de Demme, que a esa altura era un director con sus capacidades a pleno sino también para un tema polémico. Uno de los principales atractivos, claro, es el duelo entre el Hannibal Lecter de Anthony Hopkins y la agente Clarice Starling de Jodie Foster pero toda la película está llena de momentos bien resueltos y una tensión palpable ya desde ese primer encuentro. Hay que ver, en el clip que está aquí arriba, cómo Demme va construyendo la escena a partir de los primeros planos, por ejemplo.

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Filadelfia (1993) tenía otro tema arriesgado (un enfermo de sida que lucha contra la discriminación al ser despedido del estudio de abogados donde era una estrella promisoria) que recibió Oscar (mejor actor, Tom Hanks; mejor canción original, Bruce Springsteen) y que, en un tono clásico Demme narra con fluidez. Una vez más se da el choque entre una sociedad conservadora y atemorizada y un mundo exterior que la desafía.

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Es mejor llamarla Riki and the Flash que el tonto título en Uruguay (Entre la fama y la familia). La película que cuenta la vida de una rockera sin demasiada suerte (Meryl Streep) y su reencuentro con su exesposo (Kevin Kline) y sus hijos es una gloriosa despedida (y una de mis películas favoritas de Demme). El choque de dos mundos, otra vez, y el rock como un camino de curación para un mundo cada vez más conservador es, visto hoy, como el gran legado de un cineasta humanista, genial e irreverente.

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