La Columna de Pepepreguntón

¡Basta!

Marcos Melo era policía. Tenía 45 años de edad y 25 de servicio cuando, hace algunos días, fue asesinado por dos menores de edad en el barrio Santa Catalina, donde residía junto a su esposa y tres hijos.

Marcos Melo era uno de esos policías que trabajan de sol a sol para poder alimentar a su familia y para educar a sus hijos. El día en que fue ejecutado, había cumplido su turno como guardia del Comcar y luego, sin descansar, había realizado un servicio 222 durante 12 horas en una financiera.

Marcos Melo era un policía de carrera. Su legajo da muestras de su honestidad. De su esfuerzo diario en un trabajo siempre ingrato. De la integridad sobre la que, en su sepelio, daban testimonios sus compañeros.

A Marcos Melo lo mataron a sangre fría, de cuatro tiros. Lo esperaron en la parada del ómnibus, cuando regresaba a su casa después de 20 extenuantes horas de trabajo. Los dos primeros disparos, por la espalda. Cuando estaba en el piso, le robaron su arma de reglamento. Luego, dos balazos más en el pecho. Para que no viviera para denunciarlo.

Marcos Melo sabía que compartía el barrio con delincuentes. De hecho, según el sindicato policial el uniformado ya había realizado doce denuncias al respecto. Sí, leyó bien. Doce. Nunca nadie les prestó atención. Las autoridades policiales, lamentablemente, solo acudieron a su sepelio. Cuando ya era demasiado tarde para él, para su esposa y sus hijos, para los que recién ahora se obtuvo una casa en una zona menos peligrosa, donde al menos puedan conciliar el sueño después de esta pesadilla.

Este es el Uruguay que tenemos. El Uruguay en el que vivimos. El Uruguay que nos queda.

Este es el Uruguay en cuyas calles nuestros hijos y nietos transitan cada día.

El Uruguay real. El Uruguay donde la droga está en todos lados y ya no solo mata a quienes consumen, sino a las víctimas inocentes de tanto desborde. El Uruguay donde la delincuencia campea y donde la Policía está en retirada. El Uruguay donde un uniformado se siente amenazado y el Estado lo deja solo, a merced de aspirantes a sicarios. El Uruguay donde hay funcionarios y dirigentes políticos que se llenan la boca hablando todos los días de cómo preservar los derechos humanos de los menores, pero que ponen empeño en olvidarse de los derechos humanos de los que trabajan, estudian y no delinquen, y a los que nadie parece decidido a representar.

El Uruguay que se va desintegrando socialmente, paso a paso, mientras el Frente Amplio se encuentra enfrascado en una interminable lucha interna que al país le va a costar caro, la oposición debate cuál es la mejor forma de hacer oposición, y los uruguayos se distraen con el culebrón de Amodio Pérez y sus veteranos compañeros de armas, los efectos de la altura de La Paz o la última novela turca.

¿Cuándo vamos a reaccionar como sociedad? ¿Cuándo vamos a aceptar que vamos de mal en peor? ¿Cuándo vamos a salir de este estado de resignación y anestesia, y a salir a reclamar que nos devuelvan, todos, el Uruguay que se llevaron?

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