El nacimiento de un complejo turístico

La aventura de descubrir las primeras termas hace 75 años

Buscaban petróleo y se llevaron una decepción cuando salió agua del suelo.

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Las Termas del Arapey celebraron 75 años de la creación de la primera piscina. Foto: Luis Pérez

En el año 1940 el Instituto Geológico del Uruguay comenzaba las tareas de perforación en busca de hidrocarburos a unos 80 kilómetros de la ciudad de Salto. El 5 de enero de 1941, a las 4:00 de la mañana, un niño que vivía a pocos metros en donde el trépano golpeaba el rocoso suelo, se despertó de pronto con el revuelo de los obreros de la empresa que gritaban: "¡Petróleo, petróleo, lo encontramos!".

Ese niño, llamado Samuel, era uno de los cuatro hijos de don Marcos Sitrín y Fanny Voscoboinik. El matrimonio llevaban un tiempo en Arapey, al frente de un pequeño almacén construido con paredes de barro, cuando los geológos llegaron al predio militar de lo que era el Batallón N° 6 de Caballería "Atanasildo Suárez". Allí en el medio del campo tuvieron el privilegio de compartir las tareas de exploración y de entablar amistad con los obreros y geólogos del grupo.

No era petróleo lo que habían encontrado perforando el suelo, sino agua termal que fluía a grandes borbotones.

Con el paso del tiempo, aquel descubrimiento dio lugar al principal centro turístico termal del Uruguay.

Homenaje.

Cuando han transcurrido 75 años, las autoridades departamentales testimoniaron su reconocimiento a quien tuvo la feliz idea de construir una pequeña piscina a su costo, para el disfrute de los vecinos.

Marcos Sitrín, un inmigrante polaco que se había casado en Argentina y se instaló con su familia en Arapey poco después, jamás imaginó que su idea alcanzaría tamaña dimensión.

Hoy, con 85 años de vida, Samuel Sitrín —el hijo del almacenero que logró que no se sellara el pozo pese a no haberse hallado petróleo— revive con emoción ese momento de la niñez que permanece intacto en su memoria.

"Aquella madrugada del 5 de enero se paró todo y uno de los obreros vino a llamar al capataz que estaba descansando, para avisarle que salía petróleo. Pero al rato dejó de emerger esa agua oscura como barro y lentamente, a medida que el chorro se elevaba más, el líquido se iba aclarando para transformarse en un agua que al tocarla quemaba las manos", recuerda Samuel.

De su memoria no se borran las imágenes de los obreros colocando piedras de grandes dimensiones sobre el agujero para frenar aquel flujo de agua caliente que mojaba todo el obrador.

Los geólogos informaron a sus jerarcas en Montevideo sobre las características del agua y al otro día aparecieron unos técnicos del Instituto y hasta médicos para estudiar el fenómeno.

Samuel recordó que ese alumbramiento de agua termal en Arapey fue todo un acontecimiento que atrajo curiosos de muchas zonas.

"Llegaban autos con gente muy bien vestida y se reunían en torno al pozo. Se iban esos y llegaban otros. Uno de los médicos que se hizo presente en esos días le dijo a mi padre que esas aguas tenían cualidades terapéuticas, aunque entonces no había mucha experiencia en el tema. Y por mucho tiempo, quien no tuviera que ver con los trabajos no podía arrimarse al pozo", rememoró.

Inundación.

Ese mes de enero de 1941, Samuel Sitrín, sus hermanos y sus padres vivieron la experiencia de lo que fue una de las peores crecidas del río Arapey. El agua les inundó la vivienda y su familia debió ser rescatada en un bote de madera por efectivos del Ejército. La inundación afectó la salud de su madre que sufrió una hipotermia al quedar durante muchas horas con más de la mitad del cuerpo bajo las aguas del desbordado río. El cuadro que sufrió le dejó como secuela un fuerte dolor en sus piernas que le impedía caminar.

"El capataz de la obra, Benigno Álvarez, le dijo a mi padre: Don Marcos, ¿por qué no lleva a su señora a que se pase esa agua caliente que sale del pozo para probar si le alivia el dolor, como aseguran los médicos?. De inmediato mi padre aceptó y nos encomendó a mi hermano mayor y a mí que trasladáramos a mi madre en un carro que teníamos y que era tirado por un burrito blanco".

Fueron transcurriendo los días y el "tratamiento" comenzó a dar resultados, contó Samuel. Al notar que su madre se iba aliviando en cada jornada, le atribuyeron propiedades casi milagrosas a esa agua que brotaba en medio de la nada.

Antes de que el contingente de obreros se retirara definitivamente del lugar, al no haber encontrado petróleo, el padre de Samuel habló con el encargado de la obra "y le pidió autorización para construir una piscina chica, para que otros vecinos del lugar y los gurises tuviéramos donde darnos un baño". La respuesta fue positiva.

"No había materiales para armar nada, por por lo que mi padre llamó a una barraca de Salto y compró portland, varillas de hierro, arena y pedregullo, y a un lugareño los ladrillos. Los mismos obreros que trabajaron en la perforación colaboraron en la construcción de la piscina, la primera de agua termal que tuvo el país", contó Samuel.

Visión.

Esa historia volvió a reverdecer este mes de enero al cumplirse el homenaje de la Intendencia de Salto a don Marcos Sitrín.

"Él tuvo una visión casi profética de lo que podía ser ese pozo termal en Arapey, aunque confiaba más en un uso curativo de las aguas que en lo que terminó siendo: el gran complejo turístico llamado Termas del Arapey".

Samuel Sitrín, que hoy está retirado de la actividad comercial pero sigue prestando apoyo a instituciones de servicio social, recibió ayer a El País en su casa salteña, donde convive con un perro caniche muy juguetón.

"Es un animalito muy alegre", comentó. "Por eso le pusimos Arapey".

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