LA COLUMNA DE PEPE PREGUNTÓN

Arena movediza

El país ha cambiado. Muchas de las cosas que nos hacían sentir orgullosos de vivir en el Uruguay se han ido perdiendo, lenta pero sostenidamente, con el paso del tiempo. Y lo más preocupante no es que eso haya sucedido, sino que a muy pocos pareciera importarle demasiado hacer algo para detener este proceso que nos conducirá, inexorablemente, al abismo.

La gente se ha vuelto ordinaria. Maleducada. El "buenos días" escasea. El "gracias" y el "por favor" lucen obsoletos. La cortesía parece cosa del pasado. Se empuja, se pecha, se atropella al escolar, a la mujer embarazada, al veterano.

Las ganas de superarse han dejado paso a las ganas de tener. El que tiene trabajo se preocupa más en hacer menos que en aprender lo que necesita para crecer. Todos quieren ascender, pero pocos están dispuestos a esforzarse para lograrlo. El aumento de sueldo ya no depende del esfuerzo personal y de la capacidad. Se fija por decreto, tras una negociación tripartita, y generalmente recibe el mismo premio o castigo el que se rompe el alma que el que solo lleva papeles de un lado a otro y falta cada vez que puede.

Cuando no se falta, se llega al trabajo a la hora que se puede. La puntualidad ha dejado de ser un mérito. El que llega en hora es el bobo que espera a los vivos que llegan cuando quieren. Y al que llega tarde no se lo puede sancionar, ni observar, ni advertir. El que lo haga, el que se atreva a pedir más compromiso, mejor productividad, más esfuerzo, tendrá problemas con "el sindicato".

En la escuela y en el liceo son pocos los que se esfuerzan por el 12, el sobresaliente. Tener un 6 "está bien". Y no extraña. Son los hijos de una sociedad en la que muy pocos persiguen la excelencia. Y en la que se suele perseguir y castigar al que se esfuerza por alcanzarla.

Somos cada día más los que "la vamos llevando". Los que "vamos tirando". Más inquietos por saber cuándo es el próximo fin de semana largo, o para cuándo corren el feriado del 18, o si pasan el partido de Uruguay, que de saber si al lugar donde trabajamos le está yendo mejor o peor que antes. Como si el sustento que llevamos a nuestra casa dependiera de los goles de Suárez más que de nuestro trabajo cotidiano, duro, consciente y dedicado.

Son pocos los que tienen la camiseta puesta. Y muchos los que trabajan porque "no queda otra". Y se han sumado los que viven de los demás. De lo que generan los demás. De los subsidios que se pagan con el dinero de los demás. De los que trabajan y aportan.

No queremos escuchar hablar de la política ni de los políticos. Queda bien decir que no se les cree nada. Que son todos iguales. Que cada quien está para la suya.

¿Cómo salimos de esta arena movediza, que nos hunde cada vez más en el pantano de la mediocridad?

¿Cómo hacemos para dejarle a quienes vienen atrás un Uruguay del que puedan sentirse orgullosos y del no que quieran salir corriendo? [email protected]

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