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Antonio "Taco" Larreta

Murió un hombre del teatro, del cine, de la literatura, de la crítica: el último intelectual renacentista del Uruguay.

Antonio "Taco" Larreta. Foto: Archivo El País
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Antonio "Taco" Larreta. Foto: Archivo El País
Antonio "Taco" Larreta. Foto: Archivo El País
Antonio "Taco" Larreta. Foto: Archivo El País

Continuó haciendo periodismo ininterrumpidamente hasta 1954, año en el que obtuvo una beca y viajó a Europa: fue reemplazado, se suponía que temporariamente, por Homero Alsina Thevenet, que venía de pelearse con Carlos Quijano y había abandonado Marcha. Hasta el propio Alsina pensaba que cuando Taco volviera de Europa él iba a quedarse sin empleo, pero los directores del diario eran más astutos: con ellos dos, Roldán y gente que se fue agregando luego (desde Carlos Martínez Moreno a Emir Rodríguez Monegal, Gustavo Adolfo Ruegger y un largo etcétera) armaron la que fue probablemente durante un largo trecho del siglo XX la mejor página de espectáculos del planeta, o algo por el estilo.

Entretanto, Taco se afirmaba como hombre de teatro (actor y director de la Comedia Nacional durante un breve período a fines de los cincuenta, fundador del Teatro de la Ciudad de Montevideo en 1960), y cultivó un amplio repertorio que pudo ir de Lorca a Pirandello, de Strindberg a Shakespeare, de Chéjov a Edward Albee, de Dostoievski a Noel Coward. Con China Zorrilla formó con frecuencia una pareja cuya química sobre el escenario resultaba infalible.

Vaivenes.

Era quizás inevitable que su postura como creador cambiara con el tiempo, especialmente en los convulsos años sesenta. En los tempranos sesenta, su mayor popularidad podía provenir de una obra como Un enredo y un marqués, que trasladaba al período de la Cisplatina una comedia italiana de Anna Bonacci, Lora de la fantasía (que también inspiró, en una clave totalmente distinta, la película de Billy Wilder Bésame tonto, 1965). Hacia fines de la misma década, su perfil lo marcaba una puesta como su poderosa Fuenteovejuna, para el teatro El Galpon, que releía a Lope de Vega a través del prisma revolucionario que predominaba en la época. Ese compromiso político le valdría algunos dolores de cabeza (y engendraría algunos de sus textos menos convincentes, como la pieza Juan Palmieri).

La dictadura lo empujó al exilio, y se radicó en España entre 1972 y 1985. Allí hizo teatro, mucha televisión (guionista de series como Curro Giménez, La máscara negra y Goya) y bastante cine (los libretos de Gary Cooper que estás en los cielos de Pilar Miró, Los santos inocentes y La casa de Bernarda Alba de Mario Camus, la saga Las cosas del querer de Jaime Chávarri y mucha otra cosa.

Es posible que sus lecturas para las aventuras del Curro hayan atraído su interés por la historia española, y de allí nació su primera novela, Volaverunt, ganadora del premio Planeta en 1980. A esa novelasiguieron otras (El guante, 2002; Ningún Max, 2004; El sombrero chino, 2005; Hola Che, 2007).

Volvió a Montevideo en 1985, donde hizo de nuevo teatro (había sido Hamlet en los sesenta; fue el rey Claudio de la misma obra después) y a escribirlo (Las maravillosas, 1996, estrenada con dirección de Mario Ferreira), cultivó el periodismo polémico (A todo trapo: A propósito de Villa nueva Saravia, 1999) y volvió a escribir en El País como crítico de cine y como columnista de opinión.

En 1989 cumplió con un sueño largamente acariciado: dirigir cine. El resultado, Nunca estuve en Viena, con China Zorrilla, Victor Laplace, Sergi Mateu y otros, exhibía una ambición viscontiana en su reconstrucción de época (la Argentina del Centenario) y su cuadro de una decadencia familiar, pero se quedaba corto como drama. Taco no reincidió.

No se mantuvo empero totalmente alejado del cine. En 1999 actuó en La memoria de Blas Cuadra, un drama insatisfactorio escrito y dirigido por Luis en el que mostró sin embargo estar por encima del material: tenía una "presencia" en pantalla, y lograba explotarla mientras el libreto le permitía estar callado: cuando hablaba tenía que pelear con un diálogo imposible.

En 2008 tuvo su real oportunidad en la gran pantalla: el argentino Carlos Sorín le ofreció el papel protagónico de La ventana, un drama familiar ambientado en la Patagonia en la que interpretó a un anciano al borde de la muerte que aguardaba, quizás vanamente, el regreso del hijo al que había dejado de ver desde hacía mucho tiempo. La última escapada de ese individuo cuya vida se acababa funcionaba de alguna manera como un postrer empeño de recuperar una dimensión vital, y Taco volvía a ser una presencia en el cuadro que valía la pena contemplar. Con todo lo que hizo, tal vez nos perdimos empero a un actor de cine.

Un intento de crear un teatro profesional.


Hay un mar de anécdotas que hablan de la personalidad de Taco Larreta, de su talante aventurero en el mundo de las artes. Al fundar a principios de los años 60 la histórica compañía Teatro de la Ciudad de Montevideo, se propuso por meta profesionalizar el teatro, por medio de un grupo que él quiso sacar adelante económicamente, mientras servía grandes textos en escena, de los más diversos géneros. La gente cree que fueron muchos años de actividad los de TCM, pero no fueron tantos. Pero fueron tan intensos, que quedaron en el recuerdo como muchas temporadas, comentaba Taco con humor. Cuando los éxitos de la empresa artística crecían, los resultados de la empresa económica estaban en rojo. Taco contaba que entonces reunió al elenco y le propuso pasar a cooperativa. Justo entonces, la economía de la empresa repuntó, por casualidad, por esas cosas del teatro. Él lo contaba con humor, como una ironía del destino.

SABER MÁS

"El jardín de invierno": un legado de sensibilidad.


Hacia 2002 Taco Larreta publicaba "El jardín de invierno", una autobiografía escrita con exquisita pluma, en la que contaba los primeros años de su vida, desgraciadamente solo los primeros. Allí relató todo un mundo de otra época, en un Montevideo que todavía vivía los ecos de los esplendores del Novecientos. Con tono confesional, aunque sin desbordes de emotividad, narró su infancia, y la historia de una familia, de varias familias, donde alternaba relatos de lujo y riquezas, con otros de episodios más dolorosos, que él recordaba con tanto detalle como estoicismo. Más allá del género autobiográfico, o quizá ahondando dentro de él, el trabajo literario fue inscripto por los estudiosos en lo que se llama literatura del yo, y en su tono intimista, logra por momentos climas de tristeza, de humor, y de honda reflexión. Es sin duda uno de los legados de este artista: un hombre mayor recordando lúcidamente su niñez.

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