EVOCACIÓN

A 22 años de la muerte de Daniel Rodríguez Larreta

Dos décadas largas no esfuman su recuerdo en ninguno de quienes tuvimos el privilegio de tratarlo, apreciarlo y quererlo. Es que Daniel Rodríguez Larreta proyectaba las singularidades de su personalidad en cada una de sus respuestas, vivaces como su mirada escrutadora.

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Daniel Rodríguez Larreta. Foto: Archivo El País

La suerte me hizo conocerlo íntimamente como abogado y como economista, pero también como Director de El País y como padre. Sus principios lo hacían previsible. Su actitud y sus respuestas lo hacían sorprendente. Era un convencido firme, que pensaba claro y lógico sobre realidades cuyos detalles percibía con la sensibilidad de un artista. Esa personalidad le ganó audiencia y respeto, mucho más allá de las fronteras políticas y las querellas entre modelos.

Hijo de Eduardo Rodríguez Larreta, fue heredero de la inspiración combativa que gestó y le dio autoridad al periodismo en el Uruguay del siglo XX. Honró esa tradición, sin reparar en incomodidades. En época de tinieblas, lo vimos defender a El Día y a nuestra persona: su brío liberal pudo más que los acatamientos del Consejo de Estado que había aceptado integrar. Y en todas las coyunturas económico-financieras —de bonanza las menos, de estrecheces las más— lo vimos condenar los desvíos y los despilfarros con la severidad de un atleta del concepto.

Escribía para que lo entendieran. Cuando encaraba un tema, no se le escapaba ninguno de los datos, pero no se quedaba en ellos: su visión personalísima oteaba horizontes y definía respuestas. No presentaba sus tesis en el lenguaje de los iniciados, pues si nunca dejaba de ser economista, menos aún dejaba de ser periodista de tesis.

Hablaba y polemizaba para el común, convencido desde las entrañas, de que la prensa de opinión desempeña una función fiscalizadora irreemplazable en la construcción de las personas, la sociedad y la cultura.

De Daniel dijo muy bien Juan Eduardo Azzini: "Confiaba en la libertad y la creatividad de los seres humanos, mucho más que en la rutina del burócrata; más en las decisiones impersonales del mercado que en los entresijos de un dirigismo estatal, que, además de su ineficacia que termina agravando los males que pretende solucionar, es propicio a la corrupción, los favoritismos y los abusos de poder".

Veintidós años después de su partida, el Uruguay —enfermo de relativismos— nos demuestra a cada rato que necesita personalidades rotundas. En el contexto actual, el contorno espiritual y la médula humana de Daniel Rodríguez Larreta nos regresa como un paradigma de independencia personal.

Leonardo Guzmán

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