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Entre la alegría y el descontrol

Una masa humana ganó anoche la calle principal de La Pedrera, cerrada al tránsito para dar lugar a una desbordante fiesta juvenil de agua y color.

La fiesta es a todas horas en La Pedrera. Foto: Andrés López Reilly
La fiesta es a todas horas en La Pedrera. Foto: Andrés López Reilly
La fiesta es a todas horas en La Pedrera. Foto: Andrés López Reilly
La fiesta es a todas horas en La Pedrera. Foto: Andrés López Reilly
La fiesta es a todas horas en La Pedrera. Foto: Andrés López Reilly
La fiesta es a todas horas en La Pedrera. Foto: Andrés López Reilly
Controles en el Carnaval de La Pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
Controles en el Carnaval de La Pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La alegría copa las calles en el Carnaval de La Pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La alegría copa las calles en el Carnaval de La Pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La alegría copa las calles en el Carnaval de La Pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La alegría copa las calles en el Carnaval de La Pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
Un patrullero también sufre los bombazos de agua. Foto: Ricardo Figueredo
Un patrullero también sufre los bombazos de agua. Foto: Ricardo Figueredo
La alegría copa las calles en el Carnaval de La Pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La alegría copa las calles en el Carnaval de La Pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo
La pedrera. Foto: Ricardo Figueredo

El carnaval “es un espectáculo que se desarrolla sin rampas y sin separación entre actores y espectadores. Todos sus participantes son activos, todos comunican en el acto carnavalesco. No se mira el carnaval y, para ser más exactos, habría que decirse que ni siquiera se lo representa, sino que se lo vive. Se está plegado a sus leyes mientras estas tienen curso y se lleva así una existencia de carnaval”.

El teórico y filósofo ruso Mijail Bajtin nunca estuvo en el Carnaval de La Pedrera; ni siquiera fue contemporáneo con esta joven celebración rochense (diversión para unos, pesadilla para otros), aunque sus textos pueden ajustarse afinadamente al fenómeno de masas que se ha transformado en uno de los eventos más importantes y controvertidos de la agenda turística del verano.

Muchas restricciones o prohibiciones que rigen la vida cotidiana quedan suspendidas mientras se desarrolla el carnaval. “Quedan abolidas también todas las distancias entre los hombres, para reemplazarlas por una actitud carnavalesca especial”. Otra vez, Bajtin concuerda con precisión con el festejo pedrense, donde cualquiera se arroga el derecho de empapar a una persona que pasa por la calle o bañarla con espuma. Y donde para estar realmente a tono, es necesario disfrazarse o asumir otro rol.

Ayer, en las horas previas al Carnaval ya se respiraba felicidad en el centro del balneario, incluso cuando la lluvia prácticamente impidió bajar a la playa en todo el día.

Los boliches que dan sobre la principal avenida, eje y corazón del carnaval pedrense, permanecieron atestados de clientes que -sin playa ni otros atractivos que ofrezca el balneario para una jornada tormentosa- se quedaban más de lo habitual esperando que la lluvia amainara. De todas formas, nunca ajustó de un modo tan literal el dicho de llover sobre mojado: casi todos ya habían pasado por la experiencia de ser atacados en la calle a baldazos, o con bombas o pistolas de agua.

Sobre el mediodía, la calle principal fue trasformada en peatonal y a la tarde ya se impidió el ingreso de vehículos desde la ruta. Quienes salían, no podían volver a entrar. Los que llegaron tarde dejaron sus autos sobre la carretera, o en un estacionamiento improvisado frente al ingreso al balneario.

Desde temprano el personal municipal estuvo recogiendo basura y limpiando la calle con una hidrolavadora. Lo que llovió después hizo que ese trabajo fuera inútil.

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Inspectores de la Intendencia recorrieron el centro durante buena parte del día y alertaron a quienes instalaron puestos de bebidas que sin los permisos correspondientes, sus mercaderías serían decomisadas. Un integrante del cuerpo inspectivo dijo a El País que por sobre todas las cosas, lo que se busca es que “no se venda bebida con envases de vidrio, sino en vasos de plástico, porque se puede lastimar a alguien”.

Al caer la noche, la calle principal se transformó en una alegre masa humana, en un gran coro y en un baile de disfraces al ritmo de la música de los DJs y los tambores, donde era imposible encontrar un centímetro de calle o piel a salvo del agua y la espuma.

También se colocaron baños químicos y vallas para proteger las viviendas que dan hacia la calle principal. Barreras que, en algunos casos, son el vívido reflejo de la separación que existe entre residentes y turistas.

De un lado y del otro.

Una mujer que vive cerca de la ruta y que es una de las principales referentes de los vecinos comentó a El País que “hay gente que fue corrida de Valizas y Aguas Dulces por el ‘apriete’ policial tras el caso de Lola Chomnalez” y que se fue para La Pedrera. “Somos 100 vecinos los que estamos todo el año. Pero ya le dijimos a los dueños de las casas de veraneo que no se las vamos a cuidar”, declaró.

Según la vecina, que solicitó no ser identificada por temor a represalias, “hubo entre 10 y 12 robos de casas por día en el verano, aparte de los destrozos, aunque las autoridades no quieran reconocer esta cifra”.

Los residentes crearon un grupo de WhatsApp para mantenerse comunicados.

“En 2012 esto fue un caos. Al lado de mi casa había una mujer que amasaba tortas fritas con una botella de cerveza y tres tipos parados al lado, de brazos cruzados. ¿Esos pagaron los $ 3.000 del permiso para tener el puesto? ¡Vendían drogas!”, se quejó la portavoz de los vecinos.

No todos vienen a La Pedrera a divertirse, por lo que hay que tomar algunos recaudos, sobre todo en los tramos de la calle donde la fiesta se desarrolla cuerpo a cuerpo.

Anoche mismo, el periodista de El País casi fue víctima de un punguista, que sin embargo no logró llevarse lo que quería (la billetera).

Diversión colmada

Básicamente, quienes han llegado a La Pedrera por el fin de semana largo de Carnaval son uruguayos, de todo el país. A nadie se le ocurre venir a descansar por estas fechas al balneario, cuando la oferta de camas está totalmente colmada y los precios son de alta temporada, con hoteles que pueden llegar a cobrar hasta US$ 250 por una noche, más que lo que cobra un cinco estrellas en París o Roma.

Quienes no encuentran o no pueden pagar un hospedaje optan por la carpa, o por quedarse en lugares poco usuales, como los aleros de locales comerciales y casas vacías, en los quinchos de la playa El Barco, o en los descampados.

Pese a que La Pedrera se encuentra lejísimos de tener la infraestructura necesaria para poder recibir a las 15.000 o 20.000 personas que concurren a su carnaval, los comerciantes han sabido adaptarse y, justo es decirlo, no falta nada (sobre todo en el estante de las bebidas espirituosas).

A flor de piel

La tromba de agua que se descargó ayer de tarde sobre La Pedrera no hizo más que refrendar el dicho de llover sobre mojado: casi todos ya habían pasado más temprano por la experiencia de ser atacados en la calle a baldazos, con chorros de espuma o con bombas o pistolas de agua. Al caer la noche, en la calle principal no cabía un

alfiler en medio de la masa humana y, en algunos tramos, la fiesta se asemejaba a una batalla campal, cuerpo a cuerpo. Era imposible encontrar un centímetro de asfalto o de piel a salvo del agua y la espuma.

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