MARTÍN AGUIRRE GOMENSORO (1937-2016)

Adiós a una figura del periodismo con un hondo sentimiento popular

A los 78 años de edad falleció ayer el director consultor de El País, Martín Aguirre Gomensoro, un periodista íntegro, de corazón abierto, y con una honda razón de amor por lo popular.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Martín Aguirre Gomensoro, director consultor de El País. Foto: El País

Falleció ayer Martín Aguirre Gomensoro, para muchos simplemente “el Torta”. Por más de cuarenta años su figura fue parte del mejor paisaje de esta redacción, hasta que una larga enfermedad lo apartó años atrás y, finalmente, se lo llevó.

Noble amigo, inteligente, perspicaz y con un impecable e implacable sentido del humor, tenía siempre el comentario certero a flor de labios; arrancaba una sonrisa aún en los momentos de dificultades y era el remedio que amainaba las tensiones. Los recuerdos personales -cómo olvidar, por ejemplo, las noches de filosofía en “el Neutro”- afloran y por momentos se hace difícil escribir sobre todo lo que fue Martín en su vida y su trayectoria, el legado que nos dejó, la alegría que significó haber trabajado con él y la tremenda tristeza por su partida.

Junto a Eduardo Scheck, Enrique Beltrán y Daniel Scheck. Foto: El País
Junto a Eduardo Scheck, Enrique Beltrán y Daniel Scheck. Foto: El País

Empezó muy joven como periodista en esta Casa, su casa. Fue editor de noticias internacionales (o “cables” como se los llamaba en aquel entonces), luego Jefe de Información, Secretario de Redacción, Subdirector y finalmente Director del diario. Agudo observador de la realidad, fue siempre un periodista que manejó su profesión con objetividad, pese a su gran amor por el Partido Nacional. Blanco “blancazo”, fanático de Wilson (integró el Directorio del Partido Nacional) militó en Por la Patria desde el primer momento y matizó sus tareas y responsabilidades en El País con las circunstancias y responsabilidades que le significaban su colaboración en el semanario “La Democracia”. Acompañó a Wilson en el “Vapor de la Carrera” que lo trajo de regreso cuando la dictadura tocaba a fin, lloró con el último suspiro vital del caudillo y fue siempre fiel a su memoria.

Tenía un manejo impresionante de la historia nacional y de la historia rioplatense. Junto a Luis Alberto de Herrera, Pivel Devoto, Bruschera, Real de Azúa o Methol Ferré, su biblioteca exhibía -entre los que recordamos- a Manuel Gálvez, José María Rosa, el “colorado” Jorge Abelardo Ramos o Félix Luna. Su memoria, siempre prodigiosa, le permitía con facilidad evocar opiniones de la “academia” para reforzar sus argumentos en las discusiones, que invariablemente las terminaba como vencedor. Y había que bancarlo…

Una tarde de 6 de enero, en Maroñas, en entrega de premios. Foto: El País
Una tarde de 6 de enero, en Maroñas, en entrega de premios. Foto: El País

Esa memoria funcionaba también para otras de sus pasiones: el tango. No había letra, orquesta, cantor, intérprete o lo que fuera, que le resultara desconocido. Es más, la impresión que daba es que se las sabía todas y al segundo compás que oía en la radio, ya sabía quién era el responsable de la melodía y el autor de esos compases. Durante mucho tiempo escribió en “Sábado Show” con el seudónimo de Juan de la Mondiola, sobre el tango, sus orquestas, grandes y de las otras si es que eran buenas, las voces que hicieron historia y sus poetas. Eran pincelazos que le surgían del oído y el recuerdo, sin apuntes, wikipedia o diccionarios.

Su padre Martín y la imagen de su abuelo Leonel. Foto: El País
Su padre Martín y la imagen de su abuelo Leonel. Foto: El País

Martín no era ajeno al deporte. ¡Qué va! Sus grandes pasiones -y pasiones de verdad, más allá de su Partido Nacional- que le quitaban el sueño y le provocaban con sus resultados alegrías o malhumores, eran el Montevideo Wanderers y Trouville. Las tardes en el Parque Viera o allí donde jugara el bohemio eran sagradas. No había cancha lejana, ni hinchada adversaria que impidiera su presencia para alentar al equipo del Prado, el resabio -en este pocitense de ley- de un par de años de su época juvenil que vivió en el barrio.

Con su esposa, Lila Regules. Foto: El País
Con su esposa, Lila Regules. Foto: El País

Con Trouville pasaba lo mismo. Los rojos de Pocitos eran parte indisoluble de su vida. Allí jugó al básquetbol en las inferiores y allí se hizo fanático del club, que además era su club; el lugar donde todas las semanas se mezclaba en arduos “picados” y repartía codazos a granel. Donde jugaba el rojo, estaba Martín, uno más en la barra de incondicionales que seguían al equipo del “Inglés” o de quien fuera por todo Montevideo.

Junto a su gran compañero de la vida en el diario, Washington Beltrán. Foto: El País
Junto a su gran compañero de la vida en el diario, Washington Beltrán. Foto: El País

Cuando el fútbol uruguayo le daba libre con su receso, se vestía de saco y corbata, calzaba los binoculares y se iba “a las carreras”, fiel a la filosofía de que tango y caballos son yunta brava y si se quiere a uno se quiere a los dos. Su conocimiento sobre los pingos era igual de exhaustivo y conocía el nombre de padrillos y madres de cuanto caballo andaba en la vuelta. Disfrutaba de las tardes en el Hipódromo (podía ser Maroñas o Las Piedras) y vichaba los aprontes por la mañana. Tenía un stud, “Soy del rojo”, que era testimonio de su adhesión a Trouville, adonde casi todos los años se hospedaba algún proyecto de crack, que solo quedaba en el proyecto. Pero insistía…


Muchas veces entraba la duda de cuántas horas tenía el día de Martín para abarcar todo. Porque además, o primero, tenía una familia excepcional. Su esposa Lila Regules, compañera incondicional por cuarenta y tantos años, fue siempre su gran amor. Y sus dos hijos, Martín y Leandro, que caminan por la vida con un respaldo espiritual y moral que solo grandes padres pueden trasmitir. Recibieron su ejemplo y comparten sus valores. Vayan para ellos, con todo cariño, la solidaridad en esta hora y la convicción de que no están solos en su dolor.

A Martín, solo un adiós amigo. Te vamos a extrañar.

Acompañando a Wilson, en El País en 1971. Foto: El País
Acompañando a Wilson, en El País en 1971. Foto: El País
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