CUANDO NADA FUNCIONA Y HAY VIDAS EN JUEGO

Acampando en la Ciudad Vieja

Varias personas en situación de calle han construido precarias chozas en las veredas.

Lindolfo Cuestas: hace 5 años que Nilo instaló su casa y la de Tommy, su mascota.
Rambla Francia: César y Ana se instalaron detrás de un CAIF. Foto: Fernando Ponzetto
Calle Buenos Aires: Sandro duerme bajo los andamios de un juzgado. Foto: Fernando Ponzetto
Zabala: un cuidacoches puso un sillón y armó su choza bajo una ochava en el cruce con la calle Buenos Aires. Foto: F. Ponzetto

En la Ciudad Vieja conviven unas 80.000 personas en horario de oficina. La población se reduce a 14.000 cuando se retira el último administrativo, según datos manejados por el Municipio B. Mientras que de mañana y de tarde funcionan algunos de los mejores restaurantes de Montevideo, con la caída del sol afloran las penurias de la ciudad.

Si bien cada barrio tiene sus historias de personas en situación de calle, en algunas zonas de la Ciudad Vieja se percibe un contraste entre la febril actividad financiera, el turismo internacional y el movimiento de hombres y mujeres mendigando o viviendo a la intemperie.

Al parecer, vivir de esa manera en la "City" montevidea-na es tendencia. En los últi- mos años se ha producido un aumento de personas que duermen en chozas. "Cualquier techito u ochava sirve para armar un rancho y no hay forma de sacarlos", se quejó Julio, un residente de la Ciudad Vieja.

Hace 15 años que César vive en las calles del barrio. Sabe de memoria la forma en que los rigores del viento Pampero se cuelan entre los edificios. Los martes y viernes madruga y va a cargar cajones a la feria vecinal de la calle Alzáibar.

Ahora vive en la esquina de Rambla Francia y Guaraní, detrás del CAIF "Mi Casita", un moderno edificio, que cada día recibe a decenas de niños del barrio, y que el jueves será sede de la asamblea del tercer congreso de la Educación.

Junto al CAIF hay un garaje de un edificio. Sus rejas estaban electrificadas hasta que César resolvió instalarse en el lugar y comenzó a encender fogatas cuyas cenizas quedaban pegadas a los hierros.

César no está solo, vive con Ana, su pareja. Ambos duermen debajo de una casilla armada con maderas y plásticos que el hombre recolectó de las volquetas del barrio.

Los vecinos del edificio dicen que allí sucede todo lo que se puede esperar de un ser humano a la intemperie. Aseguran que hay un "fuerte y permanente olor a materia fecal y orina".

Al mismo tiempo que hicieron saber su preocupación por la presencia de César y Ana, indicaron que temen ser tildados como "fachos" y rogaron no ser identificados en la crónica. Una mujer aseguró que su preocupación es "humanitaria" y que han recurrido sin éxito a todos los servicios del Estado.

De vez en cuando aparece personal municipal y se lleva la "vivienda" que ocupan César y Ana. La última visita ocurrió el viernes 20. No dejaron nada. En menos de una hora el hombre reconstruyó su rancho a la espera de que el ciclo se repita.

Tienen dos opciones para salir de esa situación: una es irse a vivir a una pensión, la otra es que los acepten en un refugio del Ministerio de Desarrollo Social (Mides).

Ninguna de las dos es posible por culpa de Jigu y Chirolita, los perros que conviven con la pareja. Nadie los acepta si traen animales.

"A mis perros no los voy a dejar tirados. Los días más complicados son los de temporal. El agua pega en la pared y moja todo", contó César.

Denuncias.

Los vecinos llaman Sandro a un hombre que vive bajo los andamios del viejo edificio del Juzgado de Crimen Organizado y a pocos metros de la antigua sede de la Unión Colorada y Batllista, en la calle Buenos Aires entre Ituzaingó y Juan Carlos Gómez.

Sobre los mármoles de lo que hace mucho fue una residencia suntuosa, Sandro instaló sus bártulos. Hace años que está en ese lugar; los que lo ven todos los días aseguran que podría tener alguna patología psiquiátrica.

Los vecinos que habitan la cuadra se han cansado de denunciar su caso ante el Mides, Salud Pública y el Municipio B. Hicieron saber que hay un hombre viviendo en la calle y que se encuentra en malas condiciones de salud. No han tenido suerte. En el último año el único cambio que se registró fue el color de la frazada de Sandro, que pasó de azul a marrón.

Muy cerca de allí, en Reconquista y Zabala, un joven se instaló en la esquina, bajo una ochava. Colocó un sillón de living en la estrecha vereda y armó unas carpas con cartones y plásticos. Se dedica a cuidar coches a unas cuadras de la esquina que eligió para vivir.

"No molesta a nadie pero no es bueno que viva en esas condiciones", afirmó una joven que vive cerca del lugar.

Su caso es muy diferente al que se produce en el entorno de las calles Buenos Aires y Colón. Allí los vecinos han denunciado decenas de veces a jóvenes que permanecen en la zona haciendo ruido, tomándose a golpes de puño entre ellos o bebiendo y drogándose. Duermen en plena calle y no arman carpas, simplemente deambulan sin destino aparente.

Vista al mar.

Del otro lado de la Ciudad Vieja, por la calle Lindolfo Cuestas, entre Sarandí y Buenos Aires, están Nilo y su perro Tommy. El hombre tiene 65 años de edad y se ocupa de cuidar coches. Armó un rancho en la vereda para él y puso una cucha para el perro.

"¿Qué me voy a ir a un refugio? ¿Voy a dejar solo a Tommy? Me quedo a cuidarlo hasta que me lleve un temporal", dice Nilo mientras observa la llegada de un enorme barco.

Está en la calle desde hace cinco años. Entonces vivía a una cuadra del lugar en que está ahora, tenía un apartamento y un trabajo. Un día rompió con su pareja y no encontró otra opción que la calle.

PLAZA CAGANCHA

Noches que meten miedo

Denuncian tolderías, mendicidad continua, gritos, sexo y suciedad

Vecinos de Plaza Cagancha contaron a El País que después de una nota publicada en el diario hace un año se había comprobado una mejora en el estado de ese espacio público. Pero ahora de nuevo retornó el descontrol desde el anochecer, y puede verse todo el día a la gente durmiendo en colchones, en el suelo o en los bancos.

Algunos comerciantes fueron al Ministerio de Desarrollo Social y a la Seccional 2 de Zelmar Michelini, pero les dicen que en esos casos no es posible actuar. Solo hubo intervenciones cuando la gente en situación de calle monta algún tipo de carpa armada con cartones. Entonces la policía llega y empleados de la Intendencia retiran lo que hay tirado.

Pero al otro día la triste postal reaparece, aclaran los residentes de la zona, que incluso advierten sobre la reiteración del uso de la plaza como si se tratara de un prostíbulo o un baño público, y agregan que a estas alturas es fatigoso enfrentarse también al continuo deambular de personas que andan a los gritos, solos, o mendigando, con claras señas de trastornos mentales.

Los guardaplazas instalados en una garita se atajan de las críticas y responden que no pueden intervenir para sacar a las personas que se recuestan en espacios privados. En 2016 los vecinos, comerciantes y empleados habían levantado 60 firmas y presentaron una carta ante la Seccional 2 y la Intendencia de Montevideo, en el área Paseos Públicos, denunciando los padecimientos de cada día. En la comisaría les habían indicado que debían reunir unas 40 firmas para que el caso fuera atendido.

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