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ANALISIS. El
poder de Washington asusta al mundo
Por
qué nadie me quiere, por qué, por qué, por
qué
Uno de los más
prestigiosos periodistas de la revista Newsweek analiza las razones
del aislamiento actual de Estados Unidos.
Fareed Zakaria, Newsweek
Parte uno
Estados Unidos
está en guerra con Irak. Podría parecer justificado.
Sadam Hussein lidera uno de los regímenes más tiránicos
de la historia moderna. Por más de 25 años ha intentado
adquirir armas químicas, biológicas y nucleares y,
en muchos casos, lo logró. Atacó con gases a 60.000
de sus propios compatriotas en Halabja en 1986. Declaró dos
guerras catastróficas, inmolando cerca de un millón
de iraquíes y matando o hiriendo a otros tantos iraníes.
A lo largo de 12 años desacató 16 resoluciones de
la ONU que le ordenaban desarmarse.
Pero en su guerra
contra Irak, Estados Unidos está virtualmente solo. Nunca
antes había librado una guerra en tal aislamiento. Nunca
antes tantos de sus aliados se habían opuesto tan firmemente
a sus decisiones. Nunca antes había despertado tanta oposición,
resentimiento y desconfianza.
Viendo la conmoción
mundial, es evidente que lo que ocurre va más allá
de esta crisis en particular. Mucha gente, dentro y fuera de Estados
Unidos, teme estar ante un punto de inflexión, en el que
los pilares del orden global la OTAN, la Unión Europea,
la ONU parecen resquebrajarse. Las tensiones van más
allá de la cuestión iraquí. Se trata de Estados
Unidos y su rol en el nuevo mundo. Para comprender la crisis actual,
primero hay que entender cómo el resto del mundo percibe
el poder estadounidense.
Es cierto que
Washington tiene algunos aliados en su esfuerzo por derribar a Hussein.
También es cierto que algunos de los gobiernos que se oponen
al ataque a Irak no lo hacen por amor a la paz y la armonía
mundial sino por razones más cínicas. Francia y Rusia
intentan desde hace tiempo debilitar la política de contención
a Irak para asegurarse buenas relaciones comerciales con ese país.
Francia, al fin y al cabo, ayudó a Hussein a construir un
reactor nuclear que obviamente era el primer paso en un programa
de armas atómicas. (¿Para qué podría
querer una planta generadora de energía nuclear el segundo
productor mundial de petróleo?) Y las tendencias gaullistas
de Francia, por supuesto, son simplemente su propia versión
del unilateralismo.
Pero, ¿cómo
explicar que la mayor parte del mundo, sin ganar nada con ello,
se haya alineado en el campo franco-ruso? La Casa Blanca afirma
que muchos países la apoyan pero lo hacen en silencio. Esto
evidencia un problema aún más profundo. Los gobiernos
son discretos en su apoyo a Estados Unidos, no por temor a Hussein
sino por temor a sus propios ciudadanos. En gran parte del mundo,
apoyar a Estados Unidos es políticamente peligroso. El año
pasado, Estados Unidos fue un tema de debate en las campañas
electorales de Alemania, Corea del Sur y Pakistán. En los
tres países, mostrarse como antiestadounidense era una forma
de captar votos.
El primer ministro
británico Tony Blair apoya valientemente a Bush pese a que
la vasta mayoría de sus compatriotas discrepan con él
y lo llaman despectivamente "el cuzquito de Estados Unidos".
Los gobernantes de España e Italia enfrentan una oposición
popular igualmente fuerte.
El ministro
de Defensa estadounidense Donald Rumsfeld ha dicho, con su proverbial
falta de tacto, que mientras la "vieja Europa" (Francia
y Alemania) se opone a las decisiones de Estados Unidos, la "nueva
Europa" las abraza. Esto no es exacto.
Los gobiernos
de Europa Central (el antiguo bloque comunista) apoyan a Washington,
pero sus ciudadanos se le oponen en casi la misma proporción
que en la "vieja Europa". Entre 70% y 80% de los húngaros,
checos y polacos están contra la guerra en Irak. La Casa
Banca se ha ufanado del apoyo del presidente checo saliente, Vaclav
Havel. Pero el nuevo presidente, Vaclav Klaus pro estadounidense,
pro-Thatcher y partidario del libre mercado dijo que en lo
que a Irak respecta su posición coincide con la de su propio
pueblo.
Algunos argumentan
que los europeos de hoy son pacifistas que viven en un "paraíso
posmoderno", incapaces de imaginar por qué es necesaria
una acción militar. Pero entonces, ¿cómo explicar
el sentimiento popular en Turquía, un país limítrofe
con Irak?
Aliada de Washington
durante décadas, Turquía peleó a su lado en
conflictos tan lejanos como la guerra de Corea, y ha apoyado cada
acción militar estadounidense desde entonces. Pero ahora,
la oposición a la guerra alcanza allí al 90% de la
población. Pese a que Washington ofreció miles de
millones de dólares, el Parlamento votó en contra
de permitir que sus tropas usaran a Turquía para invadir
Irak desde el norte.
Y también
está Australia, otro aliado crucial, un país donde
la gran mayoría de la población se opone a las políticas
estadounidenses. Y también Irlanda. O India. De hecho, mientras
Estados Unidos tiene el respaldo de una docena de gobiernos (según
Bush son 48), sólo tiene el apoyo de la mayoría de
la población en un país: Israel. Si eso no es aislamiento,
¿entonces qué es?
Sería
demasiado fácil desestimar la crisis actual considerándola
una más. Algunos en Washington señalan que siempre
que Estados Unidos tomó decisiones militares importantes
por ejemplo, el despliegue de misiles nucleares Pershing en
Europa a comienzos de los 80 hubo oposición popular.
Es cierto, pero esta vez es diferente.
Las manifestaciones
y protestas públicas de los 80 generaban imágenes
televisivas impactantes. Pero la realidad indicaba que, entonces,
entre 30 y 40% de los europeos apoyaba las políticas estadounidenses.
En Alemania, donde los sentimientos pacifistas prevalecían,
el 53% de la población apoyaba el despliegue de Pershings,
según una encuesta de 1981 del diario Der Spiegel. En Francia,
la mayoría de la gente apoyó las políticas
de buena parte de los dos mandatos de Ronald Reagan.
Josef Joffe,
uno de los principales comentaristas alemanes, señala que
durante la Guerra Fría el sentimiento antiestadounidense
era un fenómeno de izquierda. "Por contraste, siempre
había una centroderecha anticomunista y pro Estados Unidos.
Siempre había una sólida base de apoyo a Washington".
Pero hoy no
existe una amenaza común equivalente a la Guerra Fría
y el apoyo a Estados Unidos es bastante más volátil.
Puede que los partidos de centroderecha apoyen a Washington todavía,
pero muchos lo hacen casi por inercia y sin demasiado apoyo popular.
Durante las
recientes elecciones en Alemania, el socialdemócrata Gerhard
Schröder, en busca de la reelección, hizo campaña
abiertamente en contra de los planes estadounidenses sobre Irak.
Menos notoria fue la posición de su rival conservador, Edmund
Stoiber, que también se opuso al ataque y (por un instante)
se mostró más radical que Schröder, al decir
que no permitiría que las bases militares que Estados Unidos
tiene en Alemania se usaran para la guerra.
Bush se equivoca
si cree que una guerra exitosa hará que el mundo abandone
de un día para otro su creciente desconfianza y resentimiento
hacia la política exterior estadounidense. Una guerra exitosa
contra Irak resolverá el problema iraquí, pero no
el problema estadounidense. Lo que más preocupa a muchas
personas en todo el mundo es vivir en un planeta moldeado y dominado
por un país: Estados Unidos. Y han llegado a sentir por él
un profundo recelo y miedo.
Parte dos:
La era de la
generosidad
La mayoría
de los estadounidenses nunca se han sentido más vulnerables.
El del 11 de setiembre del 2001 no sólo fue el primer ataque
su territorio en 150 años: también fue repentino e
inesperado. Tres mil civiles fueron brutalmente asesinados sin ninguna
advertencia. En los meses siguientes, las preocupaciones de los
estadounidenses giraron en torno a ataques con ántrax, terrorismo
biológico, bombas "sucias" y nuevas células
terroristas. Incluso ahora, su vida cotidiana es interrumpida frecuentemente
por alarmas y advertencias antiterroristas. El estadounidense promedio
percibe una amenaza a su seguridad física que el país
no conocía desde los primeros años de su historia.
Sin embargo,
tras el 11 de setiembre, los demás países del mundo
vieron algo muy diferente. Vieron un país golpeado por el
terrorismo como algunos de ellos ya lo habían sido
pero capaz de responder a una escala casi inimaginable. Repentinamente,
el terrorismo se convirtió en la prioridad máxima,
y todos los países tuvieron que reorientar su política
exterior en forma acorde.
Pakistán
había apoyado activamente al régimen talibán
afgano por años; en pocos meses, se convirtió en su
enemigo declarado. Washington anunció que aumentaría
en 50.000 millones de dólares su gasto en defensa, una suma
mayor que los presupuestos militares de Gran Bretaña o Alemania.
Pocos meses más tarde y casi exclusivamente desde el
aire derribó al gobierno de Afganistán, un país
donde el imperio británico y el soviético habían
fracasado cuando se hallaban en el apogeo de su poder.
Está
claro que la era actual sólo puede tener un nombre: un mundo
unipolar. La posición actual de Estados Unidos no tiene precedentes.
Hace cien años, Gran Bretaña era una superpotencia
que gobernaba a un cuarto de la población mundial. Pero aún
así era sólo la segunda o tercera nación más
rica del mundo y una entre varias potencias militares.
A comienzos
del siglo XX, el mayor indicador de fuerza militar era el poderío
naval, y Gran Bretaña dominaba los mares con una flota tan
grande como las otras dos que le seguían, sumadas. Este año,
el gasto militar de Estados Unidos será equivalente al del
resto de los países del mundo sumados. Sí: gastará
lo mismo que los demás 191 países del planeta juntos.
Y lo hará invirtiendo sólo el 4% de su Producto Bruto
Interno.
Y el poderío
estadounidense no es sólo militar. Su economía es
tan grande como las de los tres países que le siguen Japón,
Alemania y Gran Bretañajuntas. Con el 5% de la población
del planeta, Estados Unidos ostenta el 43% del PBI mundial, produce
el 40% de la alta tecnología y recibe el 50% de la inversión
en investigación y desarrollo. Todos los indicadores de crecimiento
le son favorables. El país es económicamente más
dinámico, demográficamente más joven y culturalmente
más flexible que cualquier otro. Es concebible que su liderazgo,
especialmente sobre una Europa envejecida, aumente en las próximas
dos décadas.
Así las
cosas, tal vez lo más sorprendente sea que el resto del mundo
todavía no se haya aliado contra Estados Unidos. Desde el
surgimiento del Estado-nación en el siglo XVI, la política
internacional ha seguido un patrón claro: la formación
de balances de poder contra los más fuertes. Los países
con inmenso poderío económico y militar suscitaban
temores y sospechas, y pronto otros se coaligaban en su contra.
Pasó con el imperio de los Habsburgo en el siglo XVII, con
Francia a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, con Alemania
dos veces a comienzos del siglo XX y con la Unión Soviética
en la segunda mitad del siglo pasado.
En este punto,
los estadounidenses seguramente protestarán: "¡Pero
nosotros somos distintos!". Ellos incluido quien esto
escribe se ven a sí mismos como una nación que
nunca ha intentado ocupar otras, y que a lo largo de los años
ha sido una fuerza progresista y liberadora. Pero los historiadores
cuentan que todas las potencias dominantes se creían especiales.
Su propio éxito parecía confirmarles que estaban benditas.
Pero a medida que se hacían más poderosas, el mundo
comenzaba a verlas de otra forma. El escritor satírico inglés
John Dryden describió este fenómeno en un poema referido
al rey David. "Cuando el pueblo elegido se fortaleció
demasiado, la causa legítima a la larga se volvió
equivocada".
¿El poder
estadounidense ha hecho que su buena causa se vuelva equivocada?
¿Tendrá Estados Unidos que aprender a vivir en un
espléndido aislamiento de los problemas del mundo? Eso creen
algunos de sus propios ciudadanos.
Es cierto que
parte de la oposición a Estados Unidos no es más que
envidia mal disimulada. "Si mira de cerca a un antiestadounidense
europeo, muy a menudo descubrirá que lo que quiere es una
invitación para enseñar en Harvard o que le publiquen
un artículo en el New York Times", dijo Denis MacShane,
ministro británico para Europa.
Pero la idea
de que "nos odian porque somos fuertes" encierra una profunda
falacia histórica. Al fin y al cabo, la supremacía
estadounidense no es un fenómeno tan reciente. Estados Unidos
ha sido la principal potencia mundial durante el último siglo.
En 1900 era el país más rico y en 1919 ya había
ayudado decisivamente a ganar la mayor guerra de la historia. En
1945 había llevado a los aliados a la victoria en la Segunda
Guerra Mundial. En la década siguiente, su economía
representó el 50% del PBI mundial.
Sin embargo,
en los 50 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial no
hubo una estampida general para aliarse contra Estados Unidos. En
cambio, muchos países se le unieron para enfrentar a la Unión
Soviética, un país mucho más pobre (que como
máximo llegaba al 12% del PBI mundial). ¿Cómo
se explica esto? ¿Cómo hizo Estados Unidos hasta
ahora para eludir la principal tendencia de la historia internacional?
Para responder
esta pregunta hay que retroceder hasta 1945. Cuando Estados Unidos
tenía el mundo a sus pies, los presidentes Franklin Delano
Roosevelt y Harry Truman eligieron no construir un imperio estadounidense,
sino un mundo de alianzas e instituciones multilaterales. Fundaron
las Naciones Unidas, el sistema de cooperación económica
de Bretton Woods y docenas de otras instituciones internacionales.
Estados Unidos
ayudó a que el resto del mundo se pusiera nuevamente en pie
con abundante asistencia económica e inversiones privadas.
La pieza principal de este esfuerzo, el Plan Marshall, equivaldría
hoy a 120.000 millones de dólares.
La especial
atención prestada a la diplomacia no fue un esfuerzo menor.
Hay que pensar lo que debe haber significado para F. D. Roosevelt,
en la cúspide de su poder, viajar por medio mundo hasta Teherán
y Yalta para reunirse con Churchill y Stalin en 1943 y 1945. Roosevelt
era un hombre enfermo, paralizado de la cintura para abajo, que
cargaba con cinco kilos de abrazaderas de acero en sus piernas.
Viajar 40 horas por mar y aire lo extenuaba. No estaba obligado
a viajar. Tenía muchos delegados que podrían haberlo
hecho. Y también hubiera podido convocar a los otros dos
más cerca de él.
Pero F. D. Roosevelt
comprendió que el poder de Estados Unidos debía ir
acompañado de generosidad de espíritu. Por eso insistió
en que comandantes británicos como Montgomery recibieran
su merecida cuota de gloria tras la Segunda Guerra. Por eso incluyó
a China en el Consejo de Seguridad de la ONU, aunque fuera una sociedad
pobre y campesina, porque creía que era importante que el
mayor país asiático estuviera bien representado en
una institución mundial.
El ejemplo instaurado
por F. D. Roosevelt y su generación perduró. Cuando
George Marshall diseñó el plan que lleva su nombre,
insistió en que Estados Unidos no debía dictar cómo
gastar el dinero, sino que la iniciativa debía quedar en
manos europeas.
Desde entonces,
a lo largo de décadas, Estados Unidos brindó asistencia
y apoyo a muchos países del mundo. Construyó represas,
financió publicaciones y envió estudiantes y académicos
al exterior para que la gente conociera a su país y su gente.
Tuvo gran deferencia para con sus aliados, aunque no fueran sus
iguales. Condujo ejercicios militares conjuntos, aunque no le aportaran
mucho. Durante medio siglo, presidentes y cancilleres de Estados
Unidos recorrieron el planeta y recibieron a sus colegas.
Por supuesto,
todo esto sirvió a sus intereses. Creó un mundo pro-estadounidense,
rico y seguro. Sentó las bases de una floreciente economía
global dentro de la cual Estados Unidos prospera. Pero el suyo fue
un egoísmo iluminado, que tomó en cuenta los intereses
ajenos. Sobre todo, le aseguró a los demás países
con hechos y palabras que no había necesidad
de temer al paquidérmico poder de Washington.
Parte tres:
dónde
se equivocó Bush
George W. Bush
llegó a la presidencia con pocas ideas sobre política
exterior. No parecía muy interesado en el mundo. En los años
en que su padre se había desempeñado como enviado
diplomático a China, embajador ante la ONU y vicepresidente,
sólo había viajado al exterior dos o tres veces.
Como candidato,
la posición de Bush se limitó a tratar de diferenciarse
del presidente Bill Clinton. Muchos conservadores pensaban entonces
que el gobierno de Clinton estaba demasiado involucrado con el resto
del mundo y era soberbio en su diplomacia. De modo que Bush argumentó
que Estados Unidos debía ser una "nación humilde"
y reducir sus compromisos externos.
Pero otros conservadores,
muchos de los cuales terminaron con altos cargos en la administración
Bush, tenían una agenda más amplia. Desde comienzos
de los 90 insistían en que el panorama mundial estaba signado
por dos realidades. Una era el poder estadounidense: el mundo posterior
a la Guerra Fría era avasalladoramente unipolar. La otra
era la proliferación de nuevos tratados y leyes internacionales:
el fin de la Guerra Fría había alentado los esfuerzos
por crear un consenso global en torno a asuntos como los crímenes
de guerra, las minas terrestres y las armas biológicas.
Ambas observaciones
eran precisas. De ellas, sin embargo, los asesores de Bush extrajeron
la extraña conclusión de que Estados Unidos tendría
poca libertad para moverse en este nuevo mundo. "El cuadro
que pintó en los primeros meses de su mandato fue el de una
colisión constante contra limitaciones que sólo él
podía ver", señaló el escritor neoconservador
Robert Kagan.
Para buena parte
del mundo, fue desconcertante oír al país más
poderoso en la historia hablar como si fuese una nación sitiada.
En su primer
año, la administración Bush se retiró de cinco
tratados internacionales tan bruscamente como pudo. También
renegó de casi todos los esfuerzos diplomáticos en
los que se había embarcado Clinton, desde Corea del Norte
a Medio Oriente, desautorizando a menudo las declaraciones hechas
por su canciller, Colin Powell, en favor de esos esfuerzos. Desarrolló
un estilo diplomático que parece diseñado para ofender
a todo el mundo. (Bush ha colocado en la Casa Blanca un retrato
del otro presidente Roosevelt, Theodore, cuyo consejo más
celebre es: "Habla tranquilamente y lleva un garrote grande").
Hay figuras
clave de la administración que raramente viajan, los dignatarios
extranjeros son atendidos en entrevistas cortas y superficiales
y las recepciones oficiales son una rareza. En lo que va de su mandato,
George W. Bush ha visitado menos países que cualquier otro
presidente estadounidense de los últimos 40 años en
el mismo lapso. Y el vicepresidente Dick Cheney sólo viajó
al exterior una vez desde que asumió.
Los atentados
del 11 de setiembre sólo añadieron una nueva capa
de intransigencia a la política exterior de la Casa Blanca.
Comprensiblemente conmovido y ansioso por hallar respuestas, el
gobierno decidió que necesitaría absoluta libertad
de acción. Cuando la OTAN, por primera vez en la historia,
invocó la cláusula de autodefensa y le ofreció
a Estados Unidos colaboración ilimitada, Washington simplemente
la ignoró. También la marginó de la guerra
contra Afganistán. La OTAN tiene sus limitaciones, que quedaron
en evidencia durante la campaña de Kosovo, pero la señal
que Estados Unidos dio a sus aliados con esta actitud fue como decirles
que no los necesitaba.
Fue así
como, desde la perspectiva del resto del mundo, el 11 de setiembre
tuvo un efecto inquietante y paradójico: puso en movimiento
el poder de Estados Unidos y, al mismo tiempo, acotó aún
más sus intereses. Repentinamente, Washington se volvió
más poderoso y decidido a entrar en acción. Pero sólo
estaba dispuesto a actuar en defensa de su propia seguridad, incluso
preventivamente si hacía falta.
La administración
Bush podría señalar, con cierta razón, que
no se le reconocen suficientemente sus intentos por cooperar con
el resto del mundo. Al fin y al cabo, Bush trabajó con la
ONU sobre el tema Irak, aumentó en un 50% la asistencia económica
a otros países, anunció un programa de combate al
sida por valor de 15.000 millones de dólares y apoyó
oficialmente la creación de un Estado palestino. Pero ninguna
de esas acciones le ha ganado mucha buena voluntad. La razón
está clara: en casi todos los casos, adoptó el multilateralismo
de mala gana y con evidente falta de sinceridad.
Desde hace un
año, Bush se ha resistido a auspiciar negociaciones de paz
en Medio Oriente, aunque eso hubiera servido para desactivar parte
del sentimiento antiestadounidense en la región con miras
a una guerra contra Irak. Repentinamente hace tres semanas, para
ganar aliados en la invasión a Irak y ante la insistencia
de Blair, Bush hizo un tardío gesto de respaldo a un proceso
de paz. ¿Puede sorprender a alguien que esta repentina conversión
de último momento no haya sido celebrada?
Este despliegue
de hipocresía diplomática ha sido más impactante
que nunca en el caso de Irak. Bush recibió elogios por su
discurso de setiembre ante el Consejo de Seguridad, en el que urgió
a la ONU a hacer cumplir sus resoluciones sobre Irak y hacer nuevas
inspecciones. Lamentablemente, este llamado había sido precedido
por discursos de Cheney y comentarios de Rumsfeld que calificaban
las inspecciones de farsa lo que contradecía la posición
oficial de Estados Unidos y dejaban en claro que el gobierno
estaba decidido a ir a la guerra. El único tema a debatir
era pedirle a la ONU que le diera su sello de aprobación.
Para empeorar
las cosas, semanas después de la resolución de la
ONU que llamaba a nuevas inspecciones, aprobada a instancias de
Estados Unidos, el gobierno inició un despliegue de tropas
a gran escala sobre la frontera iraquí. Diplomáticamente,
había prometido un esfuerzo de buena fe para ver si las inspecciones
funcionaban; militarmente, se estaba preparando para el combate.
¿Es de extrañarse que otros países, incluso
aquellos dispuestos a respaldar una guerra contra Irak, sintieran
que la diplomacia era apenas un juego con el único propósito
de ganar tiempo para los preparativos militares?
El verbo favorito
de Bush es esperar. Anuncia en tono perentorio que "espera"
que los palestinos se deshagan de Yaser Arafat, "espera"
que los demás países estén con él o
contra él, "espera" que Turquía coopere.
Todo es parte del enfoque de este gobierno hacia el mundo, y la
mejor manera de definirlo es el slogan de esta guerra: "impacto
y pavor". La idea es que Estados Unidos necesita intimidar
a otros países con su poder e intransigencia, siempre amenazando,
siempre denunciando, nunca mostrando debilidad. Donald Rumsfeld
cita a menudo una frase de Al Capone: "Conseguirás más
con una palabra amable y una pistola que con una palabra amable
y nada más".
Pero, ¿la
filosofía que guía a la principal democracia del mundo
realmente debería ser la de un mafioso de Chicago? En términos
de efectividad, esta estrategia ha sido un desastre. Ha distanciado
a los amigos y complacido a los enemigos. Tras viajar por todo el
mundo y reunirme con altos funcionarios en docenas de países
el año pasado, puedo afirmar que salvo Israel y Gran Bretaña,
cada país que ha tenido que tratar con el gobierno estadounidense
se ha sentido humillado por este.
"La mayoría
de los funcionarios en América Latina no son del tipo antiestadounidense",
dijo Jorge Castañeda, el ex canciller de México, que
renunció hace dos meses. "Hemos estudiado en Estados
Unidos o trabajado allí. Nos gusta Estados Unidos y lo comprendemos.
Pero hallamos en extremo irritante el ser tratados con completo
desprecio".
Hace unos meses,
un embajador ante la ONU que leía un discurso de apoyo a
la posición estadounidense con Irak, agregó una frase
inocua que hubiera podido ser interpretada como un desvío
de ese apoyo. El gobierno estadounidense llamó enseguida
al canciller de su país y exigió que el embajador
fuera oficialmente reprendido en una hora. Ahora, el embajador hierve
de rabia cuando habla de la arrogancia estadounidense. ¿Ayuda
esto a la causa de Estados Unidos? Y hay docenas de historias como
esta en todas partes del mundo.
En la diplomacia,
la forma es a menudo contenido. Considérese esto: la administración
Clinton usó la fuerza en ocasiones importantes Bosnia,
Haití y Kosovo. En ninguno de estos casos llevó el
tema ante el Consejo de Seguridad, y no se discutió mucho
acerca de si debió haberlo hecho. Incluso, el secretario
general de la ONU, Kofi Annan, hizo luego declaraciones que parecían
justificar las acciones militares en Kosovo, explicando que la soberanía
estatal no debería usarse para amparar violaciones a los
derechos humanos. Ahora, Annan dice que el ataque estadounidense
a Irak sin aprobación de la ONU es "ilegal".
Mientras que
la administración Clinton o el gobierno de Bush padre
eran intransigentes en muchos aspectos, nadie les pedía garantías
sobre sus intenciones. El gobierno de Bush hijo no tiene toda la
culpa por este cambio de actitud. Debido al 11 de setiembre, ha
tenido que actuar convincentemente en el escenario mundial para
demostrar el poder estadounidense. Pero esa debió haber sido
una razón más para adoptar una actitud de consulta
y cooperación mientras hacía lo que debía hacer.
La idea es asustar a nuestros enemigos, no aterrorizar al resto
del mundo.
Parte cuatro:
Cómo
eludir la historia
La verdadera
pregunta es cómo Estados Unidos debería manejar su
poder. Durante el último medio siglo lo ha hecho a través
de alianzas e instituciones globales, de manera consensuada. Ahora
enfrenta nuevos desafíos, y no sólo por lo que ha
hecho Bush. El viejo orden está cambiando. Las alianzas forjadas
durante la Guerra Fría se están debilitando. Las instituciones
diseñadas para reflejar el mundo de 1945 como el Consejo
de Seguridad de la ONU corren el riesgo de volverse anacrónicas.
Pero si desea debilitar aún más y destruir estas instituciones
y tradiciones despreciándolas o ignorándolas
debería preguntarse: ¿Qué ocupará su
lugar? ¿Cómo mantendrá Estados Unidos su hegemonía?
Para algunos
en el gobierno de Bush, la respuesta es obvia: Estados Unidos actuará
como le plazca, usando los aliados que encuentre en cada caso. Pero
esa no es una estrategia efectiva a largo plazo. Requeriría
que Estados Unidos construyera una nueva alianza en cada nueva crisis.
Y lo que es más importante, al operar de una forma visiblemente
irrestricta, al servicio de una estrategia para mantener su supremacía,
paradójicamente generaría la rivalidad que desea evitar.
Los últimos
dos años son ilustrativos. La jactancia de la administración
Bush ha generado oposición internacional e intentos de frustrar
su voluntad. Aunque países como Francia y Rusia no pueden
convertirse en superpotencias rivales sólo con desearlo además
necesitan poder económico y militar pueden usar su
influencia para obstaculizar las políticas estadounidenses,
como hicieron con Irak. De hecho, cuanto menos responsabilidad se
les asigna, más libertad tienen las potencias menores para
complicar los planes de Estados Unidos.
En muchos casos,
además, Washington simplemente no puede "ir por la suya".
Las crisis actuales con Corea del Norte, el programa nuclear iraní
y la filtración de material radiactivo desde Rusia son buenos
ejemplos. Y si bien Estados Unidos puede actuar por su cuenta en
algunas circunstancias especiales, como Irak, cuantos menos aliados,
bases y derechos de uso del espacio aéreo tenga, mayores
serán sus costos en vidas y capitales. Y esos costos se volverán
insoportables si Estados Unidos debe librar la guerra y también
pagar la reconstrucción por sí solo.
La guerra contra
el terrorismo le ha generado a Estados Unidos un interés
crucial en la estabilidad mundial. Los Estados fallidos pueden convertirse
en refugio de terroristas. Esto significa que hay que enfocar la
atención y los gastos en el fortalecimiento institucional
de las naciones. Pese a todos sus errores, la ONU está trabajando
sobre el terreno para tratar de crear sociedades estables en Afganistán,
Kosovo, Camboya y Mozambique, y, en la mayoría de los casos,
lo está logrando. La Unión Europea y Japón
pagan la mayor parte de esas facturas. Si Washington adoptara un
enfoque enteramente ad hoc, ¿por qué aceptaría
el resto del mundo pagar para arreglar el tendal que deja?
Combatir al
terrorismo también requiere una cooperación mundial
constante. Estados Unidos no hubiera podido capturar a Khalid Shaikh
Mohammed, el estratega de Al Qaeda, sin la colaboración de
Pakistán. Y si se les pregunta a los paquistaníes
qué han recibido a cambio, señalarán que los
aranceles estadounidenses siguen asfixiando a su industria textil
y que la ayuda económica sigue siendo magra. Pidieron apoyo
para desislamizar su sistema educativo un asunto crucial para
Estados Unidos y recibieron poca. Y al mismo tiempo, el tono
general de la política exterior de Bush ha hecho que el general
Pervez Musharraf, que gobierna Pakistán, se sienta avergonzado
de ser proestadounidense.
El último
punto es tal vez el más importante. Ser proestadounidense
no tiene que ser un costo político para los aliados de Washington.
El fiasco diplomático en Turquía es un ejemplo excelente.
Desde hace un año ha sido evidente para cualquiera que el
pueblo turco no quiere una guerra en Irak. Sin embargo la Casa Blanca
dio por sentado que podría prepotear o sobornar a Turquía
para que aceptara servir como base militar, y no lo logró.
Como más del 90% de los turcos se oponen a ello, no debería
resultar sorprendente. ¿Washington no reclamaba democracia
en Medio Oriente? Bueno, ahí tiene una.
Como de costumbre,
el estilo diplomático jugó su rol. "La forma
en que Estados Unidos condujo las negociaciones ha sido, en general,
humillante", dijo un alto diplomático turco retirado,
Ozdem Sanberk.
Ese error tuvo
costos reales. Si Turquía le hubiera permitido a Estados
Unidos abrir un segundo frente, la guerra tal vez sería más
corta y con menos víctimas, y los espinosas relaciones turco-kurdas
podrían ser manejadas más fácilmente. Pero
la lección principal es que en un mundo cada vez más
democrático, el poder estadounidense debe ser visto como
legítimo no sólo por los demás gobiernos, sino
por sus pueblos. ¿Estados Unidos realmente quiere un mundo
en el que tendrá que abrirse paso en medio de la indignación
pública torciendo brazos, sobornando y aliándose con
dictadores?
Hay muchas cosas
concretas que Estados Unidos podría hacer para recomponer
su relación con el mundo. Puede acompañar su armamento
militar con esfuerzos diplomáticos que demuestren su interés
y compromiso con los problemas mundiales. Puede dejar de subsidiar
a la industria metalúrgica y textil y a los granjeros y abrir
sus fronteras a las exportaciones de los países pobres. Pero
sobre todo, debe hacer que el mundo se sienta cómodo con
su poder, liderando en base al consenso.
El rol especial
de Estados Unidos en el mundo - su posibilidad de torcer la historia
- no debe basarse simplemente en su gran fuerza, sino en la convicción
global de que su poder es legítimo. De otra forma, las pérdidas
superarán cualquier ganancia en materia de seguridad interna.
Y este nuevo siglo estadounidense podría resultar solitario,
bruto y corto.
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