|
"The New
York Times" | Fernando Henrique Cardoso (*)
Después
de la guerra
Los daños
a la política internacional causados por esta guerra serán
mayores y de efectos más duraderos que los causados a la
economía
Osama bin Laden, quién diría, cambió el curso
de la política internacional. O mejor dicho, la falta de
cordura de la reacción norteamericana acabó desencadenando
una serie de acciones que pueden resultar en la ruptura o, por lo
menos, en el agotamiento de las instituciones creadas después
de la Segunda Guerra Mundial para garantizar la paz universal.
Lo más
increíble es que nada de eso era necesario.
La primera actitud
del presidente Bush y de su gobierno fue, de hecho, sensata. Víctima
de un ataque terrorista soez, como lo son todos ellos, Estados Unidos
fue enérgico en la respuesta. No obstante, no dejaron de
lado su compromiso de nación líder de un mundo democrático.
En sustancia y forma, actuaron con cuidado ¿Quién
se olvidará de los esfuerzos para evitar la percepción
de antiarabismo y de antiislamismo?
Recuerdo dos
conversaciones con el presidente Bush en las cuales él buscaba
evitar lo que Samuel Huntington (claro que el presidente no lo citó)
llama "el choque de civilizaciones". En la primera conversación,
telefónica, yo lo felicité por una visita que hizo
a una mezquita en Washington. En la segunda, lo visité acompañado
del ministro Lafer y de asesores. La charla fue cordial y solidaria:
Brasil había invocado en la OEA el Tratado Interamericano
de Defensa Recíproca para repudiar la barbaridad ocurrida
en Washington y Nueva York.
La preocupación
por la buena convivencia entre las culturas, religiones y razas
era la misma para presidentes que dirigían dos naciones multiculturales
y multirraciales, como Estados Unidos y Brasil. En la forma tampoco
hubo duda. La nación más poderosa del mundo pidió
apoyo a todos los países que estuviesen contra el terrorismo.
Llamó a las puertas de las Naciones Unidas y el Consejo de
Seguridad apoyó la acción en Afganistán contra
Al-Qaeda y contra el Talibán. Los horrores de la guerra son
sabidos. Mueren inocentes, civiles y militares. Jóvenes y
viejos, además de los niños. Y fue lo que sucedió
en Afganistán, sin ni siquiera el consuelo del encarcelamiento
de Bin Laden.
Sin embargo,
la comunidad internacional apoyó la guerra porque la consideraban
justa: el asesinato en las Torres Gemelas fundamentó el repudio
y justificó la intervención armada.
En el caso de
Irak, hubo un cambio de actitud radical. Fueron inútiles
los esfuerzos de los miembros del Consejo de Seguridad para ganar
dos o tres semanas, antes de autorizar la guerra. A algunos países
les parecía posible que los inspectores de la ONU encontrasen
pruebas de la existencia de arsenales de armas químicas o
biológicas. En este caso, si el gobierno iraquí no
las destruía, la guerra se justificaba. La justificación
inicial para la guerra invocaba la existencia de lazos entre el
gobierno de Bagdad y el Al-Qaeda. Algunos gobiernos no se convencieron
con las pruebas presentadas. Incapaz de obtener la mayoría
en el Consejo de Seguridad y con la amenaza del veto de Francia,
la coalición anglo americana fue a la guerra, basada en decisiones
anteriores, de dudosa interpretación jurídica, sin
esperar una nueva manifestación formal de aquel Consejo.
Resultado: el más grande movimiento reciente de opinión
pública mundial por la paz.
En ese afán
de protestar, se corre el riesgo de que sean olvidados los abusos,
las torturas y la masacre de kurdos y chiítas realizados
por el régimen iraquí y, a de ahí a un paso,
el tirano se transforma en víctima. Después de la
guerra sobrarán muchos problemas para el mundo y el sabor
amargo del antiamericanismo.
Los problemas
serán de varios tipos: la intensificación del terrorismo,
el precio a pagar para mantener la ocupación de Irak, donde
las tropas de la "coalición" vivirán una
situación patética, creyéndose libertadoras,
pero tratadas como conquistadoras, arriesgándose a sufrir
atentados. Del ángulo económico, los costos directos
de la guerra pesarán sobre un presupuesto ya debilitado y
deficitario como el de Norteamérica, aumentando las inestabilidades
de los mercados. A la atmósfera de miedo, ampliada por el
atentado a las Torres Gemelas, se suman cálculos más
racionales como el tiempo de duración de la guerra y de la
ocupación, dificultando la reanudación del crecimiento
de la economía mundial. La palabra de orden será,
probablemente, "aversión al riesgo".
¿Será
que el control de las fuentes de suministro energético compensa
todo eso? Pero los daños a la política internacional
serán aún mayores y de efectos, quién sabe,
más duraderos que los causados a la economía.
Además
de la división de Europa, de las astillas en la Alianza Atlántica,
el mundo árabe entrará en una nueva ebullición
con efectos en el Asia musulmana, si es que el gobierno americano
no actúa rápidamente para juntar los fragmentos de
lo que fue la promesa de creación de un mundo más
solidario. Peor aún, el largo camino recorrido después
de la Segunda Guerra Mundial, que iba en la dirección de
dotar al mundo de algún gobierno, con el sistema de las Naciones
Unidas y con el inicio de una legislación cosmopolita, fue,
en parte, deshecho.
El mundo dio
pasos significativos para celebrar pactos y tratados de alcance
global, como en el caso del medio ambiente, en Kioto, y, en el caso
del respeto a los derechos humanos, que llevó a la creación
del Tribunal Internacional. El comportamiento titubeante del Consejo
de Seguridad, que no implantó las decisiones de desarmar
Irak desde 1991, así como vaciló en varios otros episodios,
en vez de ser corregido, sirvió como justificación
para la acción unilateral.
De esta forma,
se retrocede a la ley del más fuerte, a un estado de naturaleza,
prehobbesiano. Si eso no es corregido por una reforma que refuerce
el Consejo de Seguridad, ampliándolo y dándole más
legitimidad, y que permita avanzar hacia una legislación
global, el retroceso será enorme. Estaremos aún más
distantes del día en que un derecho verdaderamente cosmopolita
y órganos que lo implementen puedan asegurar la paz universal,
la convivencia civilizada entre los Estados y el respeto a los derechos
de las personas.
¿Esperanza?
Que la opinión pública mundial sensibilice a la americana
y que ésta altere la conducta de su gobierno. Y que, en la
posguerra, se busque otra vez la sensatez y la tolerancia democrática
que hacen que los más fuertes respeten a los más débiles.
Y que los países marginalizados por las decisiones americanas
no se crucen de brazos a la espera de un futuro que deje de ser
unipolar para volver a ser, quién sabe, bipolar, cuando China,
de aquí a 30 o 50 años, desafíe a la súper
potencia con sus mismas actitudes, por la fuerza. Este sería
un mundo circular, capaz de ahogar aún más la esperanza
de paz y solidaridad entre las naciones y los pueblos, dando espacio
al escepticismo y al pesimismo de los súper realistas
(*) Fernando
Henrique Cardoso, sociólogo y ex presidente de Brasil
|
|