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Reflexiones
Carlos Alberto Montaner
Son
los valores, estúpido
Una de las primeras
víctimas de la segunda guerra de Irak es José María
Aznar. El presidente del gobierno español ha caído
herido en la batalla de las encuestas bajo el fuego graneado de
la gran coalición antiamericana capitaneada por los comunistas
disfrazados de "amantes de la paz", desde los gloriosos
tiempos en que servían a Stalin y aplaudían las invasiones
a Hungría y a Checoslovaquia, y en la que se ha enrolado
con gran entusiasmo electoral y bastante oportunismo el partido
de los socialistas. Aparentemente, el 80 por ciento de los españoles
adversa visceralmente la posición norteamericana y le atribuye
a Bush una especie de incontenible oleofagia. El 15 por ciento lo
respalda, mientras el 5 restante manifiesta ante la guerra una frigidez
sólo explicable como consecuencia de alguna misteriosa ablación
ideológica realizada a cuchillo y sin anestesia.
¿Por
qué Aznar ha asumido una posición de liderazgo en
un conflicto del que astutamente se podía haber escabullido?
Para Estados Unidos y para Inglaterra, por supuesto, era importante
que su esfuerzo bélico no fuera percibido como un conflicto
desatado por los belicosos "anglosajones", y España
proporcionaba un componente latino y mediterráneo muy conveniente,
pero menos obvio era lo que supuestamente "ganaba" España.
A fin de cuentas, España es una nación con poco peso
en los asuntos internacionales, carente de intereses económicos
en Irak, dotada de un ejército pequeño, sin armas
atómicas, y con una renta que sólo alcanza al 80 por
ciento de la media de la Unión Europea. Lo previsible, pues,
era que Madrid hubiera adoptado una discreta posición pronorteamericana,
como los daneses u holandeses, o que, al contrario, hubiera navegado
sin aspavientos en la estela anti Bush franco-alemana, mas, sorprendentemente,
Aznar gallardamente optó por jugarse el tipo junto a Washington
y Londres.
La explicación
más coherente es que Aznar tomó sus decisiones no
por lo que España podía "ganar" o "perder",
sino por lo que le parecía "correcto" o "incorrecto",
y luego la mayoría parlamentaria refrendó democráticamente
esa posición. Es decir, Aznar actuó guiado por valores,
principios e intereses nacionales, pero estos últimos no
los definía en términos económicos sino estratégicos.
Le parecía, como a Bush o a Blair, que era peligroso que
uno de los "Estados locos" del planeta llegara en algún
momento a tener armas nucleares capaces de borrar del mapa a sus
vecinos, y quién sabe si a agredir a cualquier nación
europea o a la propia España. Le parecía que era muy
peligroso que esos "Estados locos" pudieran servir de
guarida a grupos terroristas semejantes a la ETA que periódicamente
desangra a España, por lo que resultaba conveniente escarmentar
a uno de los más visibles y belicosos. Y le parecía
y acaso este es un ingrediente muy importante que participar
del juego franco-alemán era enfrentar a Europa con Estados
Unidos, cuando la clave de la estabilidad y el progreso en el siglo
XXI es la existencia de un espacio occidental transcontinental que
supera las viejas denominaciones geográficas de antaño.
Occidente ya no es el viejo núcleo duro cristiano-europeo,
sino, además, Japón, Estados Unidos, Canadá,
Australia, Singapur, Corea del Sur, y acaso, en gran medida, América
Latina, y este universo era puesto en peligro por la actitud de
Chirac y de Schröeder, empeñados en una visión
antigua del equilibrio de poderes, dedicados como estaban a constituir
en Europa un polo político decidido a frenar el liderazgo
norteamericano, peligrosa y erróneamente convencidos de que
el fin de la guerra fría hacía innecesaria la alianza
construida tras la segunda guerra mundial.
Francamente,
la postura de Aznar (como la de Blair) merece honores, y muy especialmente
porque no se sustenta en la búsqueda de votos sino en principios,
valores y consideraciones estratégicas razonables.
¿Se podrá
recuperar el Partido Popular para las elecciones presidenciales
del 2004? Es posible. Cuando se serenen los ánimos, la demagogia
haya perdido fuerza, y los iraquíes, felices por haber sido
librados de Saddam Hussein, como sucedió en Afganistán
tras la derrota de los talibanes, intenten construir un régimen
democrático, los españoles comenzarán a revalorizar
las decisiones tomadas por Aznar. No debe olvidarse que en Inglaterra,
en la segunda mitad de 1938 y en la primera de 1939, cuando gobernaba
Chamberlain, Winston Churchill, el gran aguafiestas, era odiado
por sus compatriotas por sus constantes denuncias al hitlerismo
y sus irritantes llamadas a hacerle frente a ese peligro, incluso
en el terreno de las armas. En 1940, tras las derrotas iniciales
de la guerra, esos mismos ingleses que lo denostaban, lo colmaron
de aplausos. Algo así le puede suceder a Aznar. La gloria
a veces se construye con sangre, sudor y lágrimas.
© Firmas
Press
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