Lionello
Puppi (68, veneciano) entra al Solís
Anónimo montevideano
Es el
último novio que se le conoce a la ciudad. El primer encuentro
se produjo en 1992, cuando llegó al Río de la Plata
en pos de fantasmas literarios y en ese entonces fue golpeado
por referentes letrados y otros arcanos que retrasaron el retorno
a su Venecia cotidiana, su casa. Se fue hace una semana, después
de la quinta visita. Además del noviazgo, Lionello Puppi
tiene un trabajo muy serio que cumplir: salvar el Teatro Solís.
La góndola
lo dejó en Corrientes y Esmeralda. En esa esquina porteña,
el hombre empezó a caminar, sin rumbo, lo que se dice vagabundear,
en pos de Emma Zunz, los hermanos Iberra o alguien que le pudiera
indicar cómo llegar hasta la casa de la calle Garay en
cuyo sótano yace --o yacía-- un aleph. En ese primer
día no los encontró, pese a haberse fatigado entre
jardines de senderos que se bifurcan y multiplicados laberintos
de espejos, pero de todas maneras siguió caminando hasta
caer rendido en el hotel --como le sucedería todos los
días subsiguientes-- y aunque no hubiera podido ver o tocar
esas obsesiones librescas que lo atravesaban desde la juventud
véneta, sabía que estaba en la atmósfera
perfecta, respirando el aire sublime, aprisionando la esencia
exacta de lo que había venido a buscar.
"Porque yo
vine a Buenos Aires a buscar a Borges. Así fue que llegué
al Río de la Plata. Y después, tal como lo había
programado, crucé el Río para buscar a otros amigos
literarios, y fue en busca de Laforgue, de Supervielle y sobre
todo de Lautréamont, que me encontré con esta ciudad
increíble".
La ciudad
creíble, con sus obstinados grises y sus sorprendentes
terracotas o azulinos, sombrea el fondo del retrato 'in vivo'
del señor semi canoso y ojos vivaces que se entrega a un
Cuba Libre, a las cinco de tarde, en el último piso del
Plaza Fuerte, el refugio que lo estaba esperando. También
lo esperaba Isidore Ducasse, cuyo retrato sobre una pared del
bar presidirá todas sus mañanas y sus mediodías,
también algunas de sus noches, porque por algo vino a visitarlo
igual que a los dos Jules.
La
fuerza de las cosas
"Eso fue
en 1992, la primera vez que vine a estas tierras, cuando me alojé
en un hotel frente a la Plaza Libertad, el Lancaster, muy bien
ubicado, sobre todo para alguien que no conocía la ciudad.
Me pasó lo mismo que me había pasado con Borges
y Buenos Aires: sentí que los tres escritores franco-uruguayos
andaban por sus calles, los tuve presentes todo el tiempo, pero
a eso hay que agregar el impacto que me produjo esta ciudad. Es
una ciudad increíble por su luz, por su color, por su arquitectura,
por su gente, una ciudad encantandora..."
Oír
semejante oda de alguien que vive en la ciudad más bella
del mundo es demasiado, pero el discurso se amplía cuando
se lo escucha confesar:
"Volví
a Venecia pensando en Montevideo, y pese a que Buenos Aires me
pareció una ciudad espléndida, Montevideo caló
más hondo en mí. En Venecia, desde entonces, me
preguntaba cada tanto: ¿Cuándo volveré a Montevideo?
¿Volveré alguna vez a Montevideo? Entonces me dí
cuenta que me había atacado una profunda nostalgia de Montevideo".
Ese ataque
amenazó calmarse cuando en 1997 recibe un llamado telefónico
con voz extranjera desde otra ciudad de Italia, una llamada sorprendente
y maravillosa, como la define hoy.
"¡Era
Mariano Arana desde Nápoles que me invitaba a venir a Montevideo
por el tema del Teatro Solís! No sé cómo
dio conmigo. Pienso que habría leído algunos de
mis escritos sobre restauración y conservación de
edificios públicos, sobre todo de teatros, pero me invitó
a volver a mi nostalgia. ¡No lo pude creer! Y desde entonces
hasta ahora he venido cinco veces, y Montevideo me gusta cada
vez más".
El
tiempo recuperado
También
lo apasiona el tembloroso rescate del Solís, una obra espinosa
y difícil, compleja y muy cara, una obra en la que se le
nota haber puesto toda el alma, por muchas razones.
"En primer
lugar, es un teatro bellísimo, quizás el teatro
italiano más antiguo de Latinoamérica, si se tiene
en cuenta que los planos originales son de 1841".
"Después,
por ser obra de un italiano, Carlo Zucchi, y aquí me tengo
que detener. Aunque se diga que el proyecto original de Zucchi
fue rechazado por lo costoso, lo que provocó la llegada
del arquitecto Garmendia, basta revisar los planos de ambos para
descubrir que ese teatro es de Zucchi totalmente, que Garmendia
se atuvo a todo lo que ya estaba planeado. Tampoco hay que olvidar
que Zucchi se basó a pies juntillas en el Carlo Felice,
de Genova, que ya no existe, lamentablemente, y era idéntico".
"Por último,
debo reconocer que el Solís está en las mejores
manos posibles. Aunque yo no estoy presente todo el tiempo y hay
permanentes consultas telefónicas o por otros medios, el
hecho de que sean dos talentosos arquitectos jóvenes los
que estén a la cabeza del proyecto, me pone muy contento
y me da mucha seguridad".
"Porque tanto
Alvaro Farina como Carlos Pascual están empleando la metodología
exacta para la recuperación y conservación de los
bienes culturales, tal como se hace en los sitios más prestigiosos
del mundo. Ellos me dan, sin tener que decírmelo, la seguridad
de que el Solís va a ser recuperado maravillosamente".
Las
voces de adentro
Como bien
se sabe, toda historia de amor tiene sus grandes exigencias. Para
Lionello Puppi, la historia va mucho más allá de
un salvataje patrimonial.
"Yo me he
comprometido emocionalmente con la obra. Por eso hay que ser inflexible,
no aflojar. Porque es una obra muy difícil, muy compleja.
La parte técnica de escena, por ejemplo, su mecanismo,
debe ser cambiado totalmente, empezando por la electricidad, porque
no puede ser que sigan ocurriendo algunas cosas que he visto y
que no lo pude creer. He visto, por ejemplo, cables de la electricidad
enroscados en los caños donde corre el agua, ¡algo
inaudito! No sé cómo allí no ocurrió
un desastre mayor. Pero hay muchas otras cosas para solucionar,
cosas referentes a la vinculación de los artistas con la
escena y con los camarines, la circulación interna de técnicos
y artistas, pero todo eso está muy encaminado".
"En esa tarea
de recuperación del tiempo, nos hemos encontrado con que
los cimientos del Solís no penetraban en la roca que hay
abajo, llegaban solamente hasta la capa de arcilla que la recubre,
de ahí que haya sido necesaria una resedimentación
de la estructura, lo que permite decir que va a ser un teatro
muy seguro".
La
vita che ti diedi
No menos
inflexible se muestra el véneto cuando habla del futuro
del Gran Teatro una vez puesto al día.
"Mi compromiso
emocional también incluye el uso de ese teatro a partir
del 2002, cuando estará terminado. Hay que regimentar muy
severamente su uso. Es una sala para la palabra, para el teatro,
para concierto, para ballet, para ópera, no Wagner, por
supuesto, y sin abusar. Nada de conjuntos de música rock,
nada de carnaval ni nada que atente contra las estructuras. Nada
estentóreo".
"Porque es
un teatro muy frágil. Cuando me he informado y he leído
todo lo que han hecho ahí, no lo puedo creer. No puedo
creer todo lo que el Solís soportó durante tantos
años, el maltrato y destrato que tuvo, y sin embargo ahí
está, en pie. Maltrecho, pero en pie. Menos mal que se
lo agarró a tiempo. De seguir con la política de
hacer cualquier cosa ahí adentro, no sé cuánto
tiempo más hubiera vivido. Por eso, condición sine
qua non de su futuro: habrá que regimentar muy severamente
su uso. No se pueden tirar doce millones de dólares así
como así a la calle. Mucho menos, ciento cincuenta años
de historia uruguaya".
Treinta
y tres y uno más
El sí,
Lionello Puppi, puede tirarse a andar por la calle como le plazca:
sin tiempo, detrás del infame Paseo de Julio por el que
pasea Emma Zunz maquinando su venganza o curiosear por los miradores
del Prado o las arboledas de Carrascoa para ver si se encuentra
con alguno de los Jules. Sabe, sí, que en la esquina de
su albergue transitorio montevideano, en el cruce de Bartolomé
Mitre y Sarandí, en el futuro verá pasar al Conde
más de una vez porque Lionello acaba de transformar la
nostalgia montevideana en un sueño realizado.
"Me compré
un apartamento en la calle Treinta y Tres, entre Buenos Aires
y Sarandí, un edificio Art Déco donde abajo hay
un sastre, Boullosa, un edificio al que ya había merodeado
en viajes anteriores. Me parece mentira tener mi lugar en esta
ciudad que ya es mía y en la que repartiré mi tiempo
con Venecia. ¡Uy! ¡Me tengo que ir!"
Quizá
sea la última vez que deba estar tan pendiente del reloj
que contabiliza sus segundos montevideanos, quizá sea la
última vez de muchas cosas como la de tener que salir corriendo
desalado por la Peatonal Sarandí, rumbo a la Puerta de
la Ciudadela, porque ya cae la luz ámbar sobre la laguna
y, rumbo a la Giudecca, está por pasar el último
'Vaporetto'.
Ramón
Mérica