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  Anuario 1999

Lionello Puppi (68, veneciano) entra al Solís

Anónimo montevideano

Es el último novio que se le conoce a la ciudad. El primer encuentro se produjo en 1992, cuando llegó al Río de la Plata en pos de fantasmas literarios y en ese entonces fue golpeado por referentes letrados y otros arcanos que retrasaron el retorno a su Venecia cotidiana, su casa. Se fue hace una semana, después de la quinta visita. Además del noviazgo, Lionello Puppi tiene un trabajo muy serio que cumplir: salvar el Teatro Solís.

La góndola lo dejó en Corrientes y Esmeralda. En esa esquina porteña, el hombre empezó a caminar, sin rumbo, lo que se dice vagabundear, en pos de Emma Zunz, los hermanos Iberra o alguien que le pudiera indicar cómo llegar hasta la casa de la calle Garay en cuyo sótano yace --o yacía-- un aleph. En ese primer día no los encontró, pese a haberse fatigado entre jardines de senderos que se bifurcan y multiplicados laberintos de espejos, pero de todas maneras siguió caminando hasta caer rendido en el hotel --como le sucedería todos los días subsiguientes-- y aunque no hubiera podido ver o tocar esas obsesiones librescas que lo atravesaban desde la juventud véneta, sabía que estaba en la atmósfera perfecta, respirando el aire sublime, aprisionando la esencia exacta de lo que había venido a buscar.

"Porque yo vine a Buenos Aires a buscar a Borges. Así fue que llegué al Río de la Plata. Y después, tal como lo había programado, crucé el Río para buscar a otros amigos literarios, y fue en busca de Laforgue, de Supervielle y sobre todo de Lautréamont, que me encontré con esta ciudad increíble".

La ciudad creíble, con sus obstinados grises y sus sorprendentes terracotas o azulinos, sombrea el fondo del retrato 'in vivo' del señor semi canoso y ojos vivaces que se entrega a un Cuba Libre, a las cinco de tarde, en el último piso del Plaza Fuerte, el refugio que lo estaba esperando. También lo esperaba Isidore Ducasse, cuyo retrato sobre una pared del bar presidirá todas sus mañanas y sus mediodías, también algunas de sus noches, porque por algo vino a visitarlo igual que a los dos Jules.

La fuerza de las cosas

"Eso fue en 1992, la primera vez que vine a estas tierras, cuando me alojé en un hotel frente a la Plaza Libertad, el Lancaster, muy bien ubicado, sobre todo para alguien que no conocía la ciudad. Me pasó lo mismo que me había pasado con Borges y Buenos Aires: sentí que los tres escritores franco-uruguayos andaban por sus calles, los tuve presentes todo el tiempo, pero a eso hay que agregar el impacto que me produjo esta ciudad. Es una ciudad increíble por su luz, por su color, por su arquitectura, por su gente, una ciudad encantandora..."

Oír semejante oda de alguien que vive en la ciudad más bella del mundo es demasiado, pero el discurso se amplía cuando se lo escucha confesar:

"Volví a Venecia pensando en Montevideo, y pese a que Buenos Aires me pareció una ciudad espléndida, Montevideo caló más hondo en mí. En Venecia, desde entonces, me preguntaba cada tanto: ¿Cuándo volveré a Montevideo? ¿Volveré alguna vez a Montevideo? Entonces me dí cuenta que me había atacado una profunda nostalgia de Montevideo".

Ese ataque amenazó calmarse cuando en 1997 recibe un llamado telefónico con voz extranjera desde otra ciudad de Italia, una llamada sorprendente y maravillosa, como la define hoy.

"¡Era Mariano Arana desde Nápoles que me invitaba a venir a Montevideo por el tema del Teatro Solís! No sé cómo dio conmigo. Pienso que habría leído algunos de mis escritos sobre restauración y conservación de edificios públicos, sobre todo de teatros, pero me invitó a volver a mi nostalgia. ¡No lo pude creer! Y desde entonces hasta ahora he venido cinco veces, y Montevideo me gusta cada vez más".

El tiempo recuperado

También lo apasiona el tembloroso rescate del Solís, una obra espinosa y difícil, compleja y muy cara, una obra en la que se le nota haber puesto toda el alma, por muchas razones.

"En primer lugar, es un teatro bellísimo, quizás el teatro italiano más antiguo de Latinoamérica, si se tiene en cuenta que los planos originales son de 1841".

"Después, por ser obra de un italiano, Carlo Zucchi, y aquí me tengo que detener. Aunque se diga que el proyecto original de Zucchi fue rechazado por lo costoso, lo que provocó la llegada del arquitecto Garmendia, basta revisar los planos de ambos para descubrir que ese teatro es de Zucchi totalmente, que Garmendia se atuvo a todo lo que ya estaba planeado. Tampoco hay que olvidar que Zucchi se basó a pies juntillas en el Carlo Felice, de Genova, que ya no existe, lamentablemente, y era idéntico".

"Por último, debo reconocer que el Solís está en las mejores manos posibles. Aunque yo no estoy presente todo el tiempo y hay permanentes consultas telefónicas o por otros medios, el hecho de que sean dos talentosos arquitectos jóvenes los que estén a la cabeza del proyecto, me pone muy contento y me da mucha seguridad".

"Porque tanto Alvaro Farina como Carlos Pascual están empleando la metodología exacta para la recuperación y conservación de los bienes culturales, tal como se hace en los sitios más prestigiosos del mundo. Ellos me dan, sin tener que decírmelo, la seguridad de que el Solís va a ser recuperado maravillosamente".

Las voces de adentro

Como bien se sabe, toda historia de amor tiene sus grandes exigencias. Para Lionello Puppi, la historia va mucho más allá de un salvataje patrimonial.

"Yo me he comprometido emocionalmente con la obra. Por eso hay que ser inflexible, no aflojar. Porque es una obra muy difícil, muy compleja. La parte técnica de escena, por ejemplo, su mecanismo, debe ser cambiado totalmente, empezando por la electricidad, porque no puede ser que sigan ocurriendo algunas cosas que he visto y que no lo pude creer. He visto, por ejemplo, cables de la electricidad enroscados en los caños donde corre el agua, ¡algo inaudito! No sé cómo allí no ocurrió un desastre mayor. Pero hay muchas otras cosas para solucionar, cosas referentes a la vinculación de los artistas con la escena y con los camarines, la circulación interna de técnicos y artistas, pero todo eso está muy encaminado".

"En esa tarea de recuperación del tiempo, nos hemos encontrado con que los cimientos del Solís no penetraban en la roca que hay abajo, llegaban solamente hasta la capa de arcilla que la recubre, de ahí que haya sido necesaria una resedimentación de la estructura, lo que permite decir que va a ser un teatro muy seguro".

La vita che ti diedi

No menos inflexible se muestra el véneto cuando habla del futuro del Gran Teatro una vez puesto al día.

"Mi compromiso emocional también incluye el uso de ese teatro a partir del 2002, cuando estará terminado. Hay que regimentar muy severamente su uso. Es una sala para la palabra, para el teatro, para concierto, para ballet, para ópera, no Wagner, por supuesto, y sin abusar. Nada de conjuntos de música rock, nada de carnaval ni nada que atente contra las estructuras. Nada estentóreo".

"Porque es un teatro muy frágil. Cuando me he informado y he leído todo lo que han hecho ahí, no lo puedo creer. No puedo creer todo lo que el Solís soportó durante tantos años, el maltrato y destrato que tuvo, y sin embargo ahí está, en pie. Maltrecho, pero en pie. Menos mal que se lo agarró a tiempo. De seguir con la política de hacer cualquier cosa ahí adentro, no sé cuánto tiempo más hubiera vivido. Por eso, condición sine qua non de su futuro: habrá que regimentar muy severamente su uso. No se pueden tirar doce millones de dólares así como así a la calle. Mucho menos, ciento cincuenta años de historia uruguaya".

Treinta y tres y uno más

El sí, Lionello Puppi, puede tirarse a andar por la calle como le plazca: sin tiempo, detrás del infame Paseo de Julio por el que pasea Emma Zunz maquinando su venganza o curiosear por los miradores del Prado o las arboledas de Carrascoa para ver si se encuentra con alguno de los Jules. Sabe, sí, que en la esquina de su albergue transitorio montevideano, en el cruce de Bartolomé Mitre y Sarandí, en el futuro verá pasar al Conde más de una vez porque Lionello acaba de transformar la nostalgia montevideana en un sueño realizado.

"Me compré un apartamento en la calle Treinta y Tres, entre Buenos Aires y Sarandí, un edificio Art Déco donde abajo hay un sastre, Boullosa, un edificio al que ya había merodeado en viajes anteriores. Me parece mentira tener mi lugar en esta ciudad que ya es mía y en la que repartiré mi tiempo con Venecia. ¡Uy! ¡Me tengo que ir!"

Quizá sea la última vez que deba estar tan pendiente del reloj que contabiliza sus segundos montevideanos, quizá sea la última vez de muchas cosas como la de tener que salir corriendo desalado por la Peatonal Sarandí, rumbo a la Puerta de la Ciudadela, porque ya cae la luz ámbar sobre la laguna y, rumbo a la Giudecca, está por pasar el último 'Vaporetto'.

Ramón Mérica



 

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