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  Anuario 1999

Brasil fue, por lejos, el mejor equipo del campeonato
De punta a punta

No hay nada que reprochar. Uruguay hizo lo suyo, lo que podía, ante un equipo que demostró todo su potencial. Brasil fue un merecido e indicutido campeón. A lo grande. Sin discusión.

JORGE SAVIA
ASUNCION.— Brasil campeón. Bien. De punta a punta. En la final de ayer y en el campeonato. Fue el mejor. Por eso, entonces, la derrota no duele. Ni siquiera por esa gente que vino desde todos los rincones del Uruguay y, si acaso, es la que terminó dando el veredicto final de la actuación celeste —también, tanto en toda la Copa América como en el partido de la pasada jornada— con el canto fuerte, agradecido, emocionante, que empezó a entonar cuando ya promediaba el segundo tiempo y el revés, el fin del sueño, era inevitable:

¡Oleeé, oleeé, oleeeé..!
¡oleeeé, oleeeé, olaáaaa...!
¡Soooyyyy celesteeee...!
¡No puedo paraaaar...!”

Ni ellos, que tenían más derecho que nadie a sentirse golpeados, se sintieron defraudados. Al contrario. Disfrutaron. Fueron felices de haber venido, de haber estado acá, por lo que había hecho ese mismo equipo que ayer volvió a hacer lo que pudo. Lo que estuvo a su alcance. Sólo que esta vez, como podía suponerse, no alcanzó. No dio, no ya para llegar al título, sino para evitar que Brasil desplegara todo su fútbol y ganara en forma amplia y hasta anticipada. Como lo interpretaron esos 5.000 uruguayos que, con derecho a entristecerse, a lamentarse, apoyaron y se fueron del estadio cantando rabiosamente por las calles empedradas del barrio Sajonia, satisfechos de haber visto al representativo de su país protagonista de una fiesta del fútbol sudamericano, perdidoso pero peleando, luchando, y más que eso: jugando, o intentando; procurando hasta lo último achicar la diferencia, atacando. No dándose por perdido ni aún derrotado.
El partido fue, tal vez, hasta raro en algunos aspectos que pautaron el trámite. Porque Brasil no empezó como una tromba, tal como se pensaba. Y llegó al primer gol cuando el trámite era parejo, abierto, franco, de área a área, por más que se percibiera la superioridad técnica de los brasileños cuando la pelota corría fluidamente por los pies de Cafú, Emerson, Roberto Carlos, Zé Roberto, Ronaldo y, fundamentalmente, Rivaldo. Para que el campeón se pusiera en ganancia con gran peinada del propio Rivaldo, hasta medió una falta de Vespa en tres cuartos de cancha rival que tal vez era evitable. Y después, cuando Uruguay en pocos minutos había pasado a perder 2 a 0 por obra y gracia de una “pintura” iniciada por Roberto Carlos y culminada por el imparable Rivaldo y el elenco celeste conseguía hacer valer su presencia y hasta desdoblarse con bríos, algo de fútbol y en forma inquietante a través de un triángulo mucho menos efectivo que el que formaban Roberto Carlos, Zé Roberto y Rivaldo en el flanco izquierdo del equipo contrario, pero igualmente enhiesto, considerable, que armaban Bergara, Coelho, a veces Zalayeta y a veces Magallanes, también sobre el costado izquierdo del conjunto uruguayo, hasta hubo un pelotazo de Del Campo que pegó en el caño y que, por ahí, pudo torcer los acontecimientos en caso de haber entrado.
Además, el juez colombiano —como se establece aparte—debió haber expulsado a Joao Carlos cuando, antes del final del primer tiempo y ya con una amarilla encima, fauleó en varias oportunidades. Y en el arranque del complemento fue offside de Ronaldo en la jugada con la que Brasil metió el tercer tanto.
Pero, más allá de eso, de lo que no pasó y tal vez pudo haber pasado, el partido, aparte de raro, fue también lógico. Ganó el mejor. El que pegó y mató. El que, afirmado en una retaguardia segura, bien plantada, en dos laterales que se desdoblaron con sentido de la oportunidad para desarticular las líneas rivales, y fundamentalmente en el funcionamiento contundente, lujoso, desequilibrante, de ese “Triángulo de las Bermudas” que armaron Roberto Carlos, Zé Roberto y Rivaldo, hizo que al mediocampo celeste le costara mucho encontrar la pelota y cortar el circuito ofensivo adversario y que a la zaga del equipo de Púa le resultara difícil plantarse cuando le llegaron de a dos, tres y hasta cuatro jugadores brasileños con pelota dominada.
Por eso, seguramente, es que los únicos uruguayos que podían haber tenido derecho a sentirse dolidos, a lamentarse, durante el transcurso del segundo tiempo apoyaron mientras Púa intentaba cambios que —siempre por el rival que había enfrente— podían dar relativo resultado, y después se fueron cantando.
Se había terminado el sueño. La realidad es que ganó el mejor. Y no siempre es posible evitarlo.

Martín Del Campo abrió brechas
Rivaldo jugó a lo Pelé

Rivaldo hizo todo. Y lo hizo bien. Fue
imparable con la pelota. Contundente en la red. Abastecedor permanente de fútbol. Jugó en forma brillante. La camisa 10 volvió al camino que dejó Pelé.

JORGE SAVIA
BRASIL
DIDA: segurísimo, tanto atajando como saliendo a cortar juego de alto. CAFU: como siempre, sobrio, práctico, para marcar y para desdoblarse; cuando fue arriba, pareció un tractor al que no resultó fácil cortarle el paso. JOAO CARLOS y ANTONIO CARLOS: parejos, firmes, bien plantados. ROBERTO CARLOS: controló su punta y fue uno de los que, subiendo por su costado, comenzó la demolición del adversario. Gestó el segundo gol y manejó los tiempos de las triangulaciones con Ze Roberto y Rivaldo en forma admirable. EMERSON y FLAVIO CONCEICAO: marca y pase, toque y achique de espacios. Gravitaron por igual en la contención y el armado. RIVALDO: un espectáculo; jugó, hizo jugar, organizó la ofensiva, fue protagonista de la mayoría de las llegadas al área contraria y, por si fuera poco, metió dos golazos. ZE ROBERTO: movedizo, rapidísimo, dinámico; cada vez que arrancó de atrás y pasó destapado hacia delante causó estragos, hizo tambalear a la defensa contraria. AMOROSO: el más “light” del ataque. RONALDO: abrió calles, distrajo marcas, fabricó espacios y anotó un gol con definición de clase, aunque sin tener el rol protagónico de antes.
URUGUAY
CARINI: sin responsabilidad en los goles. No tuvo fallas. Al revés: en más de una ocasión evitó que la derrota fuera más amplia. DEL CAMPO: pese a jugar en el “Triángulo de las Bermudas” por el que pasaron casi siempre Rivaldo, Ze Roberto y Roberto Carlos, fue de los mejores; no se entregó, fue un obstáculo que muchas veces obligó a los rivales a buscar por adentro, con diagonales, ya que por afuera no lo desbordaron en muchas oportunidades, y tuvo pujanza y presencia de ánimo para, por lo menos, intentar, ir al ataque. Estrelló una pelota en un caño. PICUN: no fracasó; no hizo pie sólo cuando le llegaron de a más de un rival con pelota dominada. LEMBO: quizá hizo el mejor partido del campeonato, aunque hubo ráfagas en las que, al igual que Picún, no dio abasto. BERGARA: el relojito de la retaguardia; en esta ocasión el partido no se presentó como para que buscara desdoblarse demasiado, aunque igual trató de hacerlo, con personalidad resaltable. VESPA: el toque, la velocidad y las piernas largas de los rivales le impidieron que gravitara en la marca. De un foul suyo, de atrás, leve, tal vez evitable, vino el primer gol de Rivaldo. FLEURQUIN: recargado en la marca, trató de organizar el armado con suerte variada. CALLEJAS: inclaudicable, ordenado; quizá careció de fuerza como para acompañar un poco más a los atacantes. COELHO: hasta que se lesionó, jugando por la izquierda, fue uno de los pocos sostenes de los que se valió el equipo para pasar, con cierto criterio, de la defensa hacia el ataque. MAGALLANES: fue de los que más trabajó, porque bajó a ayudar al mediocampo, hizo de enganche y en muchos pasajes, además de buscar el arco rival en forma reiterada, jugó en la misma línea que Zalayeta, como atacante. ZALAYETA: buscó, no bajó nunca los brazos, pese a una lucha casi solitaria, pero careció de potencia en el área adversaria. PACHECO: dio la sensación de no haber podido enchufarse al trámite. ALVEZ: tuvo algunos arrestos inquietantes; también desperdició alguna situación favorable. GUIGOU: fue salida de atrás hacia delante. Aceptable.


 

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