JUANICÓ

Valores: el ingrediente secreto

Bodegas Juanicó propició la construcción de 173 viviendas para sus ?trabajadores; el caso llegó a ser estudiado en España por el IESE Business School.

De estudio. El plan de trabajo con la comunidad refleja la "construcción de cultura". (Fotos: Gentileza Bodegas Juanicó)
De estudio. El plan de trabajo con la comunidad refleja la "construcción de cultura". (Fotos: Gentileza Bodegas Juanicó)
La familia. Un valor fundamental que se hereda generación tras generación.
La familia. Un valor fundamental que se hereda generación tras generación.
En los genes. El valor que transmite la bodega Juanicó hacia la sociedad caló hondo en los habitantes de la zona. En la empresa ya hay terceras generaciones trabajando.
En los genes. El valor que transmite la bodega Juanicó hacia la sociedad caló hondo en los habitantes de la zona. En la empresa ya hay terceras generaciones trabajando.
Entorno. El proyecto de viviendas sumó además un plan medioambiental de tratamiento de aguas, que se amplió a toda la población del lugar y decantó en un gran lago artificial.
Entorno. El proyecto de viviendas sumó además un plan medioambiental de tratamiento de aguas, que se amplió a toda la población del lugar y decantó en un gran lago artificial.

En marzo de 2002, San Jacinto (Canelones) recibió un duro golpe de la naturaleza. Un tornado con vientos de hasta 300 km/h arrasó con casas, infraestructura y parte del Establecimiento Juanicó.

Lo que fue un mal momento para la familia Deicas y por supuesto para los habitantes de la zona, se transformó en una especie de «buena señal» para Marcelo Paladino, profesor de la Escuela de Dirección y Negocios de la Universidad Austral (Argentina). Es que ese fenómeno climático dio fuerza a un caso de estudio que el catedrático había escrito un año antes. Se trata de la iniciativa de Juan Carlos Deicas de impulsar —junto al gobierno y los pobladores— la construcción en esa zona de 173 viviendas en el marco del Fondo para Erradicación de la Vivienda Rural Insalubre (Mevir), para contribuir a asentar a las familias en la zona.

Fue el primer y único caso que escribió de Uruguay. «En esos años daba clase en Montevideo en el IEEM y pregunté por ejemplos en Uruguay. Además, conocía de ahí a (Juan Carlos) Deicas, que era antiguo alumno del IAE, hizo el curso de Alta Dirección», recuerda. La empresa accedió a proporcionarle todos los datos necesarios y escribir el caso le insumió tres meses. Su paper tuvo aún más repercusión, porque llegó incluso a ser utilizado en el prestigioso IESE Business School (España), y también se trató en clases full time de MBA y otros programas ejecutivos.

El objetivo del profesor no era reflejar una acción más de Responsabilidad Social Empre-sarial (RSE) —un concepto que había comenzado a sonar a fines de la década de 1990 por esta región—, sino ver «cómo una empresa construye cultura», recordó. En su clase en Argentina lo utilizó por un período de unos cuatro o cinco años, «lo habitual para este tipo de casos». Incluso Deicas asistió invitado a sus aulas un par de veces, recordó Paladino.

«La acción contenía valores muy importantes más allá de la construcción de casas. El dinero lo pone cualquiera. Pero en esa época el personal de la bodega rotaba mucho y era un desafío radicar a las personas en el pueblo», resumió el profesor. El caso de estudio resaltó el concepto de hacerse «corresponsables de construir esas casas y el hecho del esfuerzo personal para que fueran casas dignas». Este enfoque «daba elementos para ver cómo un empresario debe ser y transmitir valores», añadió.

El propio Deicas lo tenía claro. «Es difícil pensar en las necesidades de la empresa sin pensar en la necesidad de los individuos que la componen», «la responsabilidad no es una cuestión de marketing, es algo que hay que asumir», dijo en su momento para la publicación del caso.

La bodega, emplazada a 40 kilómetros de Montevideo y fundada en el siglo XIX, venía luchando hacía años contra el problema de la vivienda para el trabajador rural. Tras varios proyectos, a fines de la década de 1990 surgió la posibilidad de hacerlo a través de Mevir. Y el evento climático que llegó años después, en 2002, fue la confirmación de los valores.

«Esto nos unió», enfatizó Fernando Deicas, segunda generación al frente de la compañía. «El tornado es tal vez la mejor imagen de los cambios que tuvo este proyecto en el pueblo. De un día para el otro, se volaron todos los techos. Había desastre por todos lados y no sabíamos por dónde empezar. Los mismos empleados debían levantar el techo de sus casas y el de la bodega. Pero entre todos se hizo y eso dejó una huella para siempre en la gente. Luego te mirabas con el vecino que te habías peleado unos años antes y la mirada cambiaba, porque te dabas cuenta de las cosas que realmente importan», reflexionó.

El compromiso de la empresa se reflejó, además, en la donación de 10 hectáreas (del total de 14 que sumaba el plan) situadas sobre una ruta pavimentada, de elevada ubicación. También incluyó un capítulo de cuidado del medio ambiente, un plan de tratamiento de aguas y la plantación de árboles en torno a unos lagos artificiales.

El tratamiento de aguas resolvía el problema total del saneamiento, no solo de las nuevas 173 viviendas, sino de las 190 preexistentes en el pueblo. El agua terminaba en un lago artificial de 5 hectáreas que permitió el desarrollo de una fauna que naturalmente se afincó ahí, como patos salvajes, cisnes de cuello negro, peces, nutrias, entre otras especies. Parte del resultado llegó de la mano del espíritu que ya traía el plan Mevir, reconoció Deicas. «Todos tenían que ir a trabajar juntos, aportar horas para construir las casas de todos, que luego se sorteaban entre los trabajadores. Abrió mucho la mente y el corazón de los habitantes. El hecho de construir un proyecto tan grande entre todos, que significó que el pueblo creciera un 50% en capacidad habitacional, le abrió la cabeza a muchos», agregó.

Pero había que sortear un escollo importante: nunca se había construido un proyecto tan próximo a la ciudad. «En Mevir empezaron a ver la viabilidad y el perfil de quienes se anotaban y se dieron cuenta que en este caso el perfil de los empleados era más ‘rural’ que el de otros trabajadores que vivían un poco más lejos de grandes ciudades del Interior», resaltó Deicas. Este caso sirvió para que Mevir «cambiara la unidad medida» para definir si aplicaban sus fondos: «en vez de kilómetros a la Plaza Cagancha, ahora lo miden en comunidades rurales o no».

Nuevas generaciones.

Para el empresario, se trató de un proyecto de «ganar-ganar». Si bien afirmó que a nivel de negocio no tuvo repercusiones directas, destacó la vigencia de este tema en la comunidad. «No se escribió (el caso) para salir a promocionarlo, pero sí impactó a nivel de valor. Creo que estas cosas quedan en la historia, son como legados que las empresas a veces dan y les suman valor como referente».

Los resultados le dan la razón. Más allá de la reacción de la gente tras el tornado, se generaron lazos tan fuertes con la comunidad que en Establecimiento Juanicó existen terceras generaciones trabajando.

Al presente, la mayoría de quienes viven en las casas de Mevir son las familias originales o sus descendientes. Los pocos que vendieron lo hicieron para trabajadores de la zona vinculados a Juanicó. No se ha convertido en una «ciudad dormitorio», como sucede en otras localidades, sino que sigue vigente la imagen de que es una solución habitacional para Juanicó. «En su momento éramos unas 120 personas; hoy ya existen entre 190 y 200 trabajadores estables», dijo Deicas. Si bien aseguró que esta vidriera académica no se utiliza como herramienta de venta, dijo que ha mencionado la publicación a la hora de presentar a la empresa y definir sus valores , para resaltar el compromiso con la comunidad y el medio ambiente, integrado al sistema de gestión.

Solución habitacional de largo plazo.

La obra fue realizada en dos etapas, entre 1997 y 2000 en un terreno total de unas 14 hectáreas: cuatro compradas por Mevir al Banco República y el resto donadas por la empresa. En total, se edificaron 173 viviendas por ayuda mutua, un salón comunal y biblioteca (que fue equipada con donaciones de la familia Deicas), el Caif «Caritas», un Club de niños y nueve unidades productivas.

Además, la obra incluyó la creación de un nuevo sistema de agua potable conectada a la red de OSE del pueblo, un sistema de saneamiento

con efluente decantado, red colectora e impulsión por bombeo a un conjunto de lagunas de tratamiento por procesos naturales. La planta de mantenimiento y la estación de bombeo están dimensionadas para Mevir, más todo el pueblo existente. También se hizo la red de energía eléctrica.

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