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El perverso síndrome del "boreout"

A diferencia del exceso de trabajo, tener pocas tareas es casi vergonzoso y difícil de confesar

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Evaluarse. Hay que cuestionarse si la tarea y la empresa son las adecuadas. Foto: Shutterstock.

Demandó a la empresa porque se aburría. El caso es real. Se trata de Frederic Desnard, de 44 años, empleado en una empresa de perfumes que entró en decadencia.

Cuando la empresa estaba en su esplendor, Desnard era el jefe de Servicios Generales y no paraba de trabajar, atendiendo pedidos de mantenimiento o administrativos de todas las áreas. Pero en 2010 el cliente más importante de la empresa no renovó el contrato y las actividades empezaron a decaer, con el consiguiente temor de perder el trabajo por parte de cada uno de los empleados.

Las asistentes, por ejemplo, que antes le reclamaban docenas de tareas por día, empezaron a hacerlas por sí mismas. El motivo es natural y visible. Cada cual necesitaba demostrar que era necesario para la organización y buscaba en qué ocuparse. No es nuevo.

Hay una antigua aseveración, frecuentemente empleada en los seminarios sobre organización y liderazgo, que reza así: abran un espacio en algún lugar de la oficina, ubiquen un escritorio y una computadora, contraten a cualquiera sin darle una tarea específica y comprobarán que en un año se volverá imprescindible. Es que quien ocupe aquel escritorio hará todo lo pueda para justificar su puesto y permanecer en la firma.

Casi nadie quiere ser despedido, en tanto el trabajo sea importante en su vida. Pero las actividades en sí mismas tienen dos caras. Una es el exceso, que produce estrés (el burnout), pero también existe el boreout, su contracara, que es aburrimiento o desinterés que producen las tareas asignadas.

Cuenta Desnard que pasó de tener toda la jornada laboral ocupada, a contabilizar «entre 20 y 40 minutos de trabajo efectivo». Y agrega: «Ya no tenía energía para nada. Experimentaba un sentimiento de culpabilidad y de vergüenza al percibir un salario por nada». Tanto el burnout como el boreout son dañinos.

En marzo de 2014, Desnard tuvo un accidente de tránsito, pasó seis meses retirado por razones de salud y a su vuelta, fue despedido. Allí se inició el juicio por 350.000 euros, con final abierto aún, ya que las alteraciones sufridas son atribuidas al descenso de trabajo que tuvo que soportar en la empresa. Podría decirse que es un caso curioso, pero solo por la acción judicial emprendida, porque los casos de boreout son más frecuentes de lo que se cree.

En general, tienen mayor prensa los casos de estrés por exceso de trabajo, que hasta llega a gozar de cierto prestigio. Tener poco trabajo, en cambio, es casi vergonzoso y difícil de confesar. Según un artículo de El País de España, solo un 20% sufre fatiga crónica en Europa provocada por el trabajo y se presupone que muchos más tienen tiempo de sobra o poco interés.

Las soluciones son varias. En principio, es necesario cuestionarse si uno se encuentra haciendo la tarea adecuada o en la empresa adecuada. Por otro lado, hay responsabilidad de la empresa sobre la organización del trabajo, su distribución y la adecuación a las necesidades de cada uno en la medida de lo posible. Nadie podría afirmar que es un compromiso sencillo de afrontar para ninguna de las partes. Nadie podría negar que es necesario.

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