Liderazgo

Un ingeniero que dejó su empleo en Intel para escalar montañas

Aron Ralston recorre el mundo contando lo aprendido cuando decidió amputarse el brazo y compara su experiencia atrapado en un cañón con enfrentar un negocio destinado al fracaso

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"Una crisis nos obliga a frenar, pensar, analizar", enfatiza Aron Ralston. Foto: WOBI.

«Es probable que muchos conozcan la historia: en 2003 salí en busca de aventuras por el cañón Blue John, en Utah, pero tuve un accidente y mi brazo quedó atrapado entre las rocas, inmovilizado», cuenta Aron Ralston. Tras cinco días de agonía, tomó la decisión de amputárselo para poder salir de allí. «Alguna vez, todos nos encontramos atrapados entre piedras. Lidiamos con la muerte, el dolor, la enfermedad, los traumas. Pero ¿qué hacemos en una circunstancia de ese tipo? Porque frente a cada piedra tenemos una elección: ¿convertirla en una tragedia o en una victoria? Al decidir, crecemos», dice el ex ingeniero de Intel cuya historia se popularizó con la película 127 horas.

«Muchos se preguntan qué tienen en común quedarse atrapado en un cañón y en un negocio que parece destinado al fracaso. Lo que tienen en común es la crisis. ¿Qué hacer ante una situación de crisis? Una crisis nos obliga a frenar, pensar, analizar. Debemos encontrar opciones, elaborar un plan», afirma Ralston, quien hoy recorre el mundo compartiendo su aprendizaje.

Lo primero que hizo, fue mirar el lugar, ver qué elementos tenía cerca y cómo usarlos. «Creí poder hacer una polea para levantar la roca. Pensé en gritar. Evalué la posibilidad de tranquilizarme y esperar», cuenta. «Durante algunas horas estuve enojado, furioso, deseando no estar ahí. Solemos hacer esto con nuestros problemas: ignorarlos, enojarnos… pero, al final, siempre hay que lidiar con ellos», añade.

Después del accidente, su muñeca estaba aplastada en un espacio de un centímetro. De modo que, aunque sabía que tenía que cortarse el brazo, la resistencia le impedía lidiar con el problema. Durante 15 horas trató de hacer un agujero en la roca, pero hubiera necesitado meses para liberar el brazo. Y solo tenía medio litro de agua.

«Podía esperar que alguien me encontrara, pero nadie saldría a buscarme porque yo había decidido ir solo y sin avisar adónde. Todos tomamos decisiones; algunas traen consecuencias graves. No podemos castigarnos por eso, y tampoco culpar a algún factor externo. Tenemos que asumir la responsabilidad de nuestras decisiones, porque así conservamos la capacidad de decidir en el futuro», advierte.

Cuando pasaron los días dejó de ser una opción amputar el brazo o no; el problema era cómo. «Decidí grabar un mensaje para la gente que quería. Y en ese momento tuve una epifanía de lo que realmente importa en la vida: los afectos, la forma en la que nos relacionamos, el amor que cultivamos. Es crucial conocer nuestros valores porque cristalizan en las decisiones que tomamos como líderes», dice Ralston.

«Creo que tener esperanza sin tratar de controlar lo que no podemos fue la mayor enseñanza. Cuando no hubo más opciones, opté por el riesgo de morir en el camino antes que por la certeza de morir donde estaba atrapado. Una vez que me corté el brazo y quedé liberado, me alejé de mi propia tumba caminando. Agradecí a la roca por haberme mostrado qué era lo importante y de lo que era capaz; por haberme ayudado a vencer mis límites. Con cada roca se nos presenta una opción: ignorarla, o tratar de vencerla y darle las gracias por su enseñanza», concluye.

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