INFORME

La demolición sucumbe al bajón de la construcción

Las empresas del sector ven una caída en su actividad de hasta 80% por falta de nuevas obras; algunas diversifican su foco para sostener el negocio mientras reclaman contra el informalismo.

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En obra. Los trabajos de demolición se extienden generalmente entre un par de semanas y tres meses. (Foto: Archivo El País)

Como un boxeador, la máquina utiliza su largo brazo mecánico para lanzar golpes con los que derriba paredes, techos y columnas, de concreto o madera, aunque en realidad, no importa de qué material se trate porque todo lo reduce a escombros y polvo.

La demolición es una rama del negocio de la construcción y las pocas empresas que se dedican a esta actividad específica sienten el bajón generalizado en la industria en el mercado local.

«Cuando baja un poco la actividad en la construcción, bajan un poco las demoliciones. Los nuevos proyectos no se concretan, entonces no se comienza con los trabajos. Además, una demolición se puede hacer una vez que hay un proyecto aprobado de construcción», explicó Marcelo Mazzoli, director de Tramec, una de las principales empresas del rubro.

La demanda cayó entre un 20% y 30%, estimó Mazzoli. Pese a la coyuntura, Tramec mantiene a su equipo de unas 30 personas para no perder recursos humanos formados y capacitados para la tarea.

En Fecolina, la actividad se desplomó un 80%. En pocos meses el escenario cambió drásticamente: pasó de trabajar hasta los fines de semana a enviar personal al seguro de paro. «La actividad está bastante deprimida», resumió el director de la firma, José Fernández.

Lo pequeño del mercado local de demoliciones ha obligado a las empresas a diversificar su negocio o a considerar esta actividad como una más dentro de su paquete de servicios. Fecolina amplió el giro a movimientos de suelos, caminería y compactación; Tramec empezó como empresa de excavaciones y movimientos de tierra y anexó las demoliciones —que son el 50% de su negocio— por ser el siguiente eslabón en la cadena industrial.

Carrara Demoliciones obtiene entre 60% y 70% de la facturación a través de las ventas de su barraca de materiales nuevos, pero también de piezas antiguas y únicas que reacondiciona luego de extraerlas de las obras en las que interviene. El inventario —distribuido básicamente en un depósito de más de 1.000 metros cuadrados y casi dos pisos— incluye objetos de maderas preciadas como pinotea, roble, petiribí y lapacho; trabajos artesanales en hierro y cerámicas y baldosas de gran calidad.

La oferta encuentra interesados entre propietarios de casas de veraneo en los balnearios del Este, estancieros y decoradores de interiores. Los precios de estos artículos pueden ascender a varios miles de pesos; una puerta de calle de dos hojas y arco de medio punto puede costar $ 100.000, apuntó Guido Carrara, director de Carrara Demoliciones.

Este negocio compensa la falta de obras nuevas. «Estamos atendiendo a clientes fijos, no estamos con exceso de trabajo como en otras épocas en las que la empresa hacía varias obras a la vez y requería un equipo de 100 personas», evaluó Carrara. Actualmente, su empresa tiene unos 20 empleados.

La venta de materiales antiguos de calidad no configura para todas las firmas un negocio en sí mismo. Algunas envían los insumos a remate si el cliente no quiere conservarlos, en caso contrario se los dejan o los usan para bonificar el precio final de la demolición.

De poca altura.

La extracción de los artículos se hace manualmente, de modo de sacarlos intactos. Previamente, las empresas junto a la firma constructora (muchas veces su cliente, cuando no tratan directamente con el propietario del inmueble) y los arquitectos de la obra, evalúan el impacto que tendrá la demolición en el lugar y en los terrenos linderos. Luego se ajustan los detalles de seguridad con técnicos prevencionistas. Recién como último paso y ya en el terreno, entra en acción la maquinaria. Como dice Carrara, «demoler no es ir y tirar una casa».

Según el proyecto, la tarea puede llevar entre un par de semanas y tres o cuatro meses. En general, no se trata de trabajos «de altura» porque los edificios en Uruguay difícilmente superan los tres pisos (10 metros). Es algo más usual que las empresas tengan que derribar chimeneas de fábricas de 20 metros de altura en adelante.

Excavadoras, retroexcavadoras, palas mecánicas y cizallas hidráulicas conforman el parque de maquinarias que suelen utilizarse en las obras. Cada una exige un desembolso promedio de entre US$ 150.000 y US$ 200.000.

Carrara tiene equipos propios, pero también alquila otros, mientras que Tramec cuenta con 40 máquinas de las cuales unas 12 operan solo en demoliciones. Entre ellas, destaca una excavadora Hyundai —de 45 toneladas, equipada con un brazo mecánico que tiene en su extremo una mandíbula para romper hormigón— que sirve para demoliciones de edificios de 20 pisos. Es la única máquina de estas características en Uruguay, afirmó Mazzoli, quien admitió que hay pocos trabajos locales en los que se justifique el uso de ese equipo.

Explosión controlada.

Una tercera vía para la demolición es el uso de explosivos, aunque éstos solo son utilizados en casos puntuales que, al final, son poco frecuentes. Así, la demolición representa menos del 10% del negocio de la firma de ingeniería en explosivos Prevol. Su foco principal está en la minería.

«Acá es más factible que se trate de conservar que demoler, pero creo que en el futuro muchas edificaciones modernas (serán demolidas) porque estructuralmente tienen vencimiento», auguró Marcelo Pugliese, director de Prevol.

El uso de explosivos apunta no solo a bajar los tiempos de trabajo sino también a facilitar la tarea; tras detonar la estructura, se termina de reducirla en el piso.

Para esos trabajos, la compañía emplea explosivos nacionales que cotizan a US$ 2 el kilo. En un año de mucho trabajo, la empresa consume hasta unas 50 toneladas de explosivos básicamente en tareas de minería. Es que, al ser pocas, las demoliciones edilicias no generan por sí mismas compras específicas.

Desde su inicio, en 1993, Prevol ha ejecutado demoliciones estructurales de puentes y chimeneas fabriles (derribar una de 60 metros puede costar entre US$ 10.000 y US$ 15.000). Empero, el trabajo más importante que realizó la firma en este rubro fue la demolición del Cilindro Municipal (ver aparte).

Compiten Sin casco.

En un momento de «vacas flacas», hay diversos factores que afectan aún más la rentabilidad del sector: los salarios y el combustible son caros, apuntan los empresarios. Esa ecuación de costos altos le abre la puerta al informalismo. Mazzoli criticó que hay obras donde se ve a «gente demoliendo de chancletas y sin casco» mientras las firmas en regla quedan en desventaja.

Para Carrara, hay problemas de mano de obra porque las nuevas generaciones no siempre salen preparadas para una labor que exige especialización.

La perspectiva predominante entre los empresarios es que difícilmente el sector repunte a corto plazo.

La aparición de nuevas obras sería una buena noticia, dijo Fernández, no solo porque impulsaría la demanda sino porque también provocaría que las grandes constructoras dejen de competir con las empresas de demolición por ese tipo de trabajos y se aboquen de lleno a su core business. En definitiva, recuperar la actividad es primordial «porque habiendo trabajo todo se sostiene», remató.

Derrumbar el Cilindro por US$ 700.000.

En menos de 20 segundos y luego de tres detonaciones, el mítico Cilindro Municipal quedó reducido a escombros. La demolición por explosivos del mítico coliseo deportivo, resuelta tras la caída del techo a causa de un incendio en 2010, fue efectuada el 11 de mayo de 2014 en un trabajo conjunto entre la empresa de ingeniería Prevol y la compañía de demoliciones Tramec.

Del proceso, que comenzó con un estudio de análisis de impacto, participaron Antel, como propietario, un equipo de ingenieros estructurales, como asesores, y representantes del Ejército, para monitorear el trabajo, además de las dos firmas involucradas en la demolición.

«El Cilindro era una estructura sumamente difícil de demoler por medios mecánicos; se podía hacer, pero era más riesgoso que tirarlo con explosivos», analizó Marcelo Pugliese, director de Prevol. El principal de la compañía aclaró que esta modalidad se justifica cuando se trata de una solución «más rápida, económica y segura» que usar maquinaria. Antes de ejecutar la implosión, la compañía realizó pruebas en una cantera para testear los explosivos a utilizar. Finalmente, se requirieron 3.200 cargas, lo que equivale a poco menos de 180 kilos, para la implosión. Del operativo participaron ocho personas de Prevol. «Ha sido el trabajo más grande en demolición que hemos hecho», resaltó Pugliese. Luego de un mes, la estructura ya estaba en el piso. Tramec se encargó de la demolición final de la estructura, incluidas las gradas. Según informó la entonces presidenta de Antel, Carolina Cosse, la demolición y remoción de los escombros tuvo un costo de US$ 700.000.

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