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Atletas de las ideas: lecciones del deporte para la innovación

Los «seteos» mentales de competidores de alto rendimiento pueden aplicarse a la vida cotidiana y los procesos creativos; nuevos hallazgos de las ciencias cognitivas se convirtieron en best sellers.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Deportistas. Sus métodos ayudan a cambiar el enfoque mental en la oficina. Foto: Shutterstock.

En uno de los cuentos publicados en Nada del otro mundo (1987), Roberto Fontanarrosa imaginó a un velocista profesional, Lauven Vogelio, que recurría a todo tipo de detalles insólitos para ganar milésimas en una carrera, como inyectarse hormonas de guepardo o transplantarse huesos más livianos y huecos. Al final, Vogelio corre tan rápido en el altiplano boliviano que se termina pulverizando en el aire, ante la mirada atónita de su equipo de 15 entrenadores y científicos.

La carrera de la innovación en deportes de alto rendimiento puede tener lecciones más edificantes que la historia de Vogelio para la creatividad, la productividad personal y el bienestar en la vida cotidiana. Dos best sellers recientes analizaron a fondo los «seteos mentales» a los que recurren los superatletas para marcar la diferencia, para ver cuáles de ellos son aplicables a la vida diaria. Ambos ensayos se apoyan en nuevos hallazgos de las ciencias cognitivas y van un paso más allá de los lugares comunes de las arengas de motivación de exdeportistas para empresas, que suelen hacer énfasis en al trabajo en equipo, «seguir tu pasión», etcétera.

«Hay mucho para aprender de los súper-deportistas, aunque es difícil hacer una lista corta con ‘trucos’ de aplicación universal», cuenta a La Nación Brad Stulberg, autor del nuevo libro Peak Performance y colaborador habitual del sitio Science of Us, que suele publicar artículos sobre cómo los cambios de enfoque mental, que pueden ser simples, ayudan a modificar nuestra conducta. La interacción entre lo físico y lo cognitivo es la constante en el libro de Stulberg y en el de Rasmus Ankersen, El efecto mina de oro (The Gold Mine Effect, aún no traducido), donde el autor se sumerge en las «fábricas de súper-atletas» para intentar extraer lecciones aplicables a otros ámbitos.

Cuando investigaba para su libro, Stulberg conversó con el campeón mundial de surf Nic Lamb, quien le contó que una de sus claves mentales pasaba por aprender a «sentirse cómodo en la incomodidad». Esta zona no es naturalmente agradable para nadie, pero puede entrenarse «estirando» la rutina deportiva más allá de los preconceptos, «eligiendo decir que ‘sí’ cuando nuestro cuerpo y mente dicen que ‘no’», sostiene Lamb. «Hay mucha evidencia científica en psicología que muestra cómo el autocontrol se puede ejercitar como un músculo, y que esto puede empezar con la rutina física pero se traslada en forma directa a nuestro trabajo cognitivo», explica el autor de Peak Performance.

Stulberg llama también a enfocarse más en los procesos que en los resultados. «Los logros suelen ser un combustible motivacional, pero a menudo ponemos demasiado énfasis en ellos —que pueden incluir una cuota de azar importante— y no en los pasos incrementales que conllevan el proceso», sostiene. Ello lleva a tolerar mejor el fracaso y a mantener las pasiones en estado de armonía y no de forma obsesiva. El experto en alta competencia cree que las primeras —que son las pasiones sanas— están dinamizadas por motivaciones intrínsecas, en tanto que las segundas dependen de la validación externa, y son por lo tanto mucho más frágiles al fracaso.

En Peak Performance hay una analogía muy directa entre el deporte de alta competencia y el proceso creativo. Stulberg cuenta que tiene que ver con una ecuación en la que la suma de un lapso de estrés y exigencia y otro de descanso y recuperación dan lugar a resultados. «En la ciencia del deporte está demostrado que para mejorar un músculo o una habilidad hay que desafiarlo, agregando intensidad y duración por un período. Luego viene una etapa de recuperación que es tan importante como la anterior. La repetición y la consistencia son claves para lograr los resultados».

Los estudiosos de procesos creativos distinguen, análogamente, una etapa de inmersión —con foco y compromiso con un determinado tema o problema a resolver—, una segunda de incubación o maduración de la idea, donde la mente se relaja y trabaja el inconsciente, y finalmente un «momento Eureka» o «aha!», la epifanía que puede llegar en el instante menos previsto.

Fábricas de estrellas

En su best seller Pensar Rápido, Pensar Despacio, el Nobel de economía Daniel Kahneman remarca que en el camino hacia cualquier objetivo que nos propongamos ?—subir una montaña, fundar una empresa o perder 10 kilos— siempre hay un «punto ciego» que tiene que ver con todas las cosas que pueden salir mal, y que por lo general se ven ex post, cuando un proyecto fracasa.

Kahneman, que al igual que muchos de los economistas del comportamiento se nutren de infinidad de ejemplos del deporte, dice que esta progresión no tiene sentido, y que pensar ex ante en todas las cosas que pueden salir mal —en un análisis «pre-mortem», en lugar de «post-mortem»— sirve para prepararse para las inclemencias del tiempo por anticipado. «Los mejores atletas del mundo hacen un culto de esta práctica, y por eso cuando algo no sale respecto a lo planeado no se desesperan ni están con la guardia baja, porque están entrenados para afrontar lo inesperado» dice Stulberg.

Otros «hechos estilizados» que ve el autor del libro sobre atletas de la arena física y cognitiva entre los deportistas de alto rendimiento son que: ven los desafíos con una luz positiva (como un oportunidad de crecimiento), siguen sus propios intereses (y no lo que les dicen los demás), tienen el objetivo de superarse a sí mismos, están involucrados en relaciones de mentoría duraderas y sus padres los apoyan en el camino. En relación al interés real, está estudiado que los jugadores top de la NFL de EE.UU. son los que practicaban otros deportes de niños, y que llegaron más tarde al fútbol americano porque les gustaba y no por imposición de los padres.

Ankersen habla de la innovación y de la ciencia aplicada al deporte de alto rendimiento, pero cree —al igual que Stulberg— que estos factores no definen la condición de un superatleta: «La clave está en su músculo mental, en su forma de ver el mundo», sostiene. No hay ninguna carga genética que predisponga a los corredores de algunos países africanos a ser megaestrellas de las maratones, sino muchísimo trabajo, esfuerzo y la convicción —desde pequeños— de que si gente que ellos conocen gana medallas de oro en los Juegos Olímpicos, se trata de un logro posible. 

Estudio in situ sobre el origen de los superatletas

Rasmus Ankersen (autor de The Gold Mine Effect) se instaló durante meses en pueblos o pequeñas ciudades de donde surgen un número desproporcionado de superatletas. Visitó academias de golf femenino de Seúl, en Corea del Sur, de donde vienen 137 de las 500 mejores jugadoras del mundo; el MVP Track Club de Kingston, Jamaica, de donde salen los mejores velocistas; la ciudad de Iten, en Kenia, cuna de maratonistas de élite; las escuelas de fútbol de Río de Janeiro y un club de tenis de las afueras de Moscú, que en los últimos años entrenó a más ganadores de torneos de Grand Slam que EE.UU. e Inglaterra sumados.

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