JULIO PREVE FOLLE

Veinticinco años después

Pronto nadie recordará el festejo de la semana pasada.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Foto: Archivo El País

El Mercosur fue un sueño posible y removedor, después un prototipo atado con alambre, y finalmente un material de descarte.

Brasil.

Nunca suscribió el espacio aduanero único como espacio de competencia, sino solo como una oportunidad de complementar su oferta doméstica para el abastecimiento propio, que no tiene nada que ver con una unión aduanera. Su enfoque quiso ser de intercambio dentro de una cierta administración del comercio, en su beneficio. Cada vez que el ingreso libre le compitió en serio dentro de fronteras, paró importaciones —arroz, lácteos— lo que aunque siempre se solucionó, hirió de muerte la credibilidad del arancel cero, crucial para la radicación de inversiones en los países chicos para exportar a los grandes. Por otra parte, en innumerables ocasiones utilizó la política comercial como herramienta de control antiinflacionario, anulando el arancel externo común cada vez que lo necesitó. Adicionalmente nos llevó a ampliar el espacio de protección para rubros poco competitivos en ese país, que de ésta forma se producen mucho más allí, por ejemplo leche en polvo con arancel de más de 30 puntos, lo que es una barbaridad. En cuanto a la política exterior del Mercosur, permanentemente desalentó los acuerdos con países grandes —Estados Unidos, Unión Europea— recientemente con el liderazgo de Lula, en este caso asociado a la poderosa Federación Industrial de Brasil, y con la bendición de sus intelectuales neo proteccionistas como el sociólogo Helio Jaguaribe. Manejó siempre —al igual que los demás, pero en su caso más grave— toda su política macroeconómica generando cambios drásticos en las corrientes comerciales a partir de las modificaciones en su moneda, lo que se entiende para una economía tan subdesarrollada, pero por eso mismo nunca la de un país líder de un proceso integrador. Y tampoco se puede olvidar el abuso de posiciones defensivas en materia agrícola en la OMC a partir de Lula, bombardeando al grupo de Cairns, y utilizando a la agricultura para no cerrar acuerdos en otras áreas, la industrial notoriamente. Finalmente tiene culpas claras en el ingreso de Venezuela, definido como sin compromisos comerciales —lo político por sobre lo jurídico— para terminar de asesinar el affectio societatis que, de un proyecto común de pueblos análogos, se convirtió en una reunión de compañeros de circunstancial afinidad ideológica: una porquería.

Argentina.

Fue lo que marca su ADN histórico, recorriendo todos los extremos de posiciones políticas en corto plazo. Así pasó de un liberalismo extremo y de golpe, a un proteccionismo total, agregando en este último caso su violación de cualquier sistema de reglas internacionales, peleada con todos los países vecinos, la OMC, Estados Unidos, Europa. Algunos vientos cambiaron en este país, pero falta mucho para que se recupere la confianza en el respeto recíproco, no ya de las personas sino de las reglas que se firman, aunque las haya suscrito otro gobierno. Es verdad que se eliminó la Declaración Jurada Anticipada de Importación, mecanismo prohibido por la OMC. Pero ahora fueron sustituidas por un tipo de licencias que se consiguen con más facilidad; pero el gobierno de Macri aun no es claro en su postura no ya respecto del libre comercio en teoría, sino de las reglas ya firmadas en el Mercosur y en OMC, por ejemplo limitando toda intervención de las importaciones a la aplicación de un arancel conocido y no dependiente de voluntad discrecional alguna.

Paraguay.

Con Paraguay me pasa algo diferente porque siento que el arancel del 10% que cobra a los socios, así como su régimen de maquila, derivan de no haber resuelto bien los demás miembros, su condición de miembro mediterráneo. En efecto, si el arancel externo fuera verdaderamente común, si ingresar una mercadería por cualquier punto de la frontera externa del Mercosur costara lo mismo, la renta aduanera de productos que terminan su recorrido en Paraguay —al que ingresen con arancel cero— se la quedarían otros países.

Uruguay.

Con lógica cortoplacista nuestro país quiso mantener —y lo logró— toda clase de regímenes especiales de importación, algunos impresentables en clave de integración. Solo por recordar algunos: el de insumos agropecuarios, las excepciones infinitas al arancel externo común, los regímenes especiales de la hotelería, de la forestación, el mantenimiento de estatutos especiales en el azúcar, en la industria automotriz, la defensa a ultranza de los monopolios, de nuestros escribanos, de nuestros títulos profesionales, de nuestras estrategias sanitarias, las zonas francas pero para exportar a los socios, el establecimiento de normas especiales de origen siempre proteccionistas, la cárcel arancelaria de una cantidad de productos alimenticios que podríamos llamar populismo granjero, el aceite, el vino y toda la lista que repito siempre.

Todo esto se rompe solo con liderazgos políticos que hagan soñar con proyectos comunes. Con Brasil en ese estado de delicuescencia económica y sobre todo política en la que se encuentra, hoy no es posible.

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