Isaac Alfie

Tipo de cambio, inflación y competitividad

A raíz de la importante suba del dólar durante las primeras tres semanas de abril, vuelve a la discusión la influencia del tipo de cambio en la inflación y su contrapartida la competitividad. Las declaraciones del Ministro de Economía, en cierto sentido, fueron contradictorias con las del Presidente del BCU en cuanto a prioridades y acciones a tomar.

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El efecto del dólar sobre los precios. Foto: Archivo El País

El Ministro también expresó que la devaluación del peso no trae consigo inflación, lo cual es teóricamente correcto sólo si concomitantemente se adoptaran otras medidas y políticas que no anunció, ni tampoco parecen en la agenda. Aun así, implementando esas medidas, de todos modos habrá aumentos de precios —no inflación—, por la influencia directa del tipo de cambio. Recordemos que la inflación es un proceso donde los precios suben de manera generalizada y permanente. O sea, únicamente el aumento del precio de los electrodomésticos producto de una devaluación no es inflación, sino un mero aumento de precios por una sola vez, un cambio de precios relativos que tiene un correlato en el IPC.

Prioridades.

Desde hace buen tiempo las autoridades económicas repiten que nuestro principal problema es la inflación. Desde esta columna he sostenido, al igual que otros colegas, que la misma es consecuencia de la inconsistencia de las políticas fiscal, monetaria y de ingresos que se llevan adelante, las que conducen a desequilibrios cuya consecuencia, entre otras, es un registro inflacionario alto, no de manera directa sino a efectos de evitar males mayores. En los hechos, el principal problema macroeconómico que enfrentamos es el alto déficit estructural de las cuentas públicas que trae como corolario, en presencia de abundante financiamiento externo como el que se dispone, atraso cambiario y potenciales problemas de deuda. Acompasado con lo anterior, la política de ingresos basada en indexar mirando al pasado, genera a corto plazo aumentos de precios autónomos que luego suelen ser ratificados vía la política monetaria, como expresé antes, a efectos de "evitar males mayores" y de allí la inflación.

El gobierno ha prometido reducir el déficit fiscal, mejorar la competitividad y llevar la inflación dentro del rango meta rápidamente, para luego situarla en la mitad del mismo en unos 18 meses. Las declaraciones del Ministro Astori, además de la ya reseñada, establecían claramente que el dólar va a subir porque en el mundo sube y que no se hará nada para impedirlo, aunque sí se buscará que el proceso sea "ordenado", lo cual parece correcto. Si bien se entiende el sentido de lo dicho, desde mi óptica debió ser un poco más preciso, no en relación a la cotización en sí, sino a lo que estima es el aumento en términos reales que debe tener dicha moneda, o la paridad con qué moneda tienen las autoridades en mente, y el tiempo en que se pretende llegue a tal precio. El Presidente del BCU se expresó más o menos en idénticos términos pero, a renglón seguido, el BCU actuó en sentido contrario, eliminando el encaje marginal sobre las colocaciones en Letras de Regulación Monetaria por no residentes y el dólar bajó casi 3,5% en pocos días. El aumento previo en la cotización del dólar no fue desordenado ni tampoco fuera de línea con lo que pasó y pasa en la región, si lo miramos en un período de tiempo relevante, excepción hecha de Argentina donde la pérdida de brújula parece no tener fin. Sin embargo, se optó por una brusca intervención, lo que hace suponer que alguna preocupación por el remarque de precios y la indexación el BCU sí existe.

Condiciones.

Para que una depreciación del peso no se vuelva inflacionaria deben adoptarse conjuntamente otras medidas; reducirse sustancialmente, cuando no eliminarse, el déficit público (en realidad lo que hay que hacer es mejorar el resultado fiscal mediante un ajuste, de manera de quitar presión a la demanda agregada de corto plazo) y desindexar la economía, para evitar una suba autónoma de precios a corto plazo. O sea, se debe buscar compensar lo más posible el alza indefectible de algunos precios que, de forma inevitable se reflejarán en el IPC a través de la incidencia del tipo de cambio sobre aquellos. Sucede que ciertos precios subirán y, si dejamos que "como éstos subieron, también suban los demás" producto de la indexación de costos, entramos en una carrera de subas y, por tanto, la devaluación sí trae inflación, no por sí misma, sino por el proceso que desencadena que no es contrarrestado.

Si las autoridades hacen sólo lo primero —el ajuste fiscal—, sucede que la indexación pondrá un piso a los precios, superior a los que se tendría sin ella y, en la medida en que las autoridades quieran evitar la inflación, deberán restringir la emisión monetaria. En tal caso, mayores precios con menos moneda de la que esos precios "precisan" implica que el nivel de actividad cae (*) a lo que se le suma la presión a la baja por la contracción de la demanda del sector público. El gobierno, bajo esta circunstancia, se ve en la disyuntiva de dejar caer la actividad por un tiempo, hasta que la presión a la baja de los precios por la caída en la demanda "venza" la rigidez de éstos y, entonces los precios comiencen a caer lo suficiente para equilibrar el mercado o intentar evitar la recesión. El proceso de ajuste de precios a la baja puede (suele) tomar un buen tiempo (demasiado), el que se alarga cuando los niveles de indexación parten de 9% de inflación. El ejemplo de Europa, con una situación de partida casi sin inflación ni indexación alguna es elocuente al respecto. La alternativa para evitar la recesión consiste en emitir dinero ratificando (dándole el combustible necesario) a los mayores precios. Hasta ahora hemos visto al gobierno optando en el 100% de los casos por esta "solución alternativa".

Si por el contrario desindexa pero no ajusta las cuentas del Estado, los precios igual subirán a corto plazo, menos que en la situación previa, pero el problema fiscal se agravará, persistiendo la presión de demanda. El déficit fiscal en algún tiempo terminará con todo porque el financiamiento mediante deuda se agota o progresivamente se vuelve más caro, hasta que las tasas de interés se vuelven no razonables.

Reducir el déficit y la inflación, al tiempo de mejorar la competitividad, son objetivos compatibles y posibles entre sí, pero para ello hay que tomar medidas. Hasta el momento se ha hablado de prudencia en el manejo de las cuentas públicas, pero las palabras no han pasado de ello, las acciones aún no se conocen. Quizás las veremos en el presupuesto que se remita a fines del próximo agosto, pero mientras tanto la economía real sigue su camino y no espera.

Así las cosas, todo indica que si el gobierno deja subir el dólar tendremos más inflación, aunque seguramente una devaluación real (aumento del tipo de cambio por encima de la variación de precios), y si no lo deja subir mucho, un problema de competitividad peor que el actual que irremediablemente nos conducirá a una recesión, cuya profundidad hoy es imposible de cuantificar. Por tanto, los próximos meses serán claves para conocer el devenir de, al menos, los siguientes dos años.

(*) Salvo que la velocidad de circulación del dinero aumente en una magnitud tal que compense la reducción en la cantidad. Algo poco factible a corto plazo.

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