JULIO PREVE FOLLE

El tiempo de hacer terminó

Hace poco recorrí de noche la ruta 27 entre Vichadero y Rivera… Más allá de la experiencia impactante de pozos y sacudones, me venía una y otra vez a la cabeza al llegar a Rivera esta pregunta: qué le puede haber pasado a este país que, en diez años de circunstancias internacionales tan favorables, no ha podido mejorar en nada la infraestructura necesaria para el soporte de la producción.

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Foto: El País

Hay tres cifras que se difundieron esta semana, dominada por la profundización del ajuste fiscal, que me hicieron pensar mucho. Una de ellas es la evolución del número de empleados públicos desde 2005 a la actualidad, que creció en casi 70 mil.

Una segunda cifra que me llamó la atención es la de la evolución de las exportaciones del país en volumen físico, es decir quitando el efecto precio: según reciente estudio de la Cámara de Industrias, venimos exportando más o menos lo mismo que 5 años atrás.

Finalmente la tercera información procedente del mismo estudio sobre la que llamo la atención es que nuestra exportación se concentra en más de un 60 % en solo cinco productos: carne, soja, madera, lácteos y cereales. Y que del 2001 al 2015 la participación de productos manufacturados en las exportaciones totales cayó de 79 a 68 %.

Tres cifras.

Se me ocurrió unir todas estas cifras con el trasfondo del ajuste fiscal que el gobierno necesita, de 500 millones de dólares, y así llegué a la idea del título: el gobierno agotó su tiempo de hacer. ¿Por qué? En primer lugar porque cuando enfrenta dificultades presupuestales no tiene legitimidad moral alguna como para pararse frente a la población con la autoridad del que mucho ha hecho y pide compartir el esfuerzo del ajuste. Pero allí están en efecto la Ruta 27 y todas las demás, para mostrar cómo se ha gastado. Pero además no hay forma de pedir un esfuerzo y plantear un crecimiento de los impuestos, en tanto del lado del presupuesto del gobierno se verifican 70 mil empleados públicos más. Cómo se hace para pedir un ajuste en las cuentas de otro, cuando nada se ha hecho en las propias, sino tan solo utilizar hasta el hartazgo aquél tristemente célebre espacio fiscal. Quien ha propiciado la necesidad de capitalizar Ancap por la ineptitud y la ideología de sus gestores en 622 millones de dólares, el que ha alentado el Fondes, AlasUruguay y una cantidad de velas al socialismo al decir de Mujica, no puede razonablemente requerir esfuerzos. Más de 1.100 millones de dólares anuales por lo menos supone el costo salarial de esos 70 mil funcionarios extra, una cifra que no puedo dejar de comparar con los 1900 millones de déficit en el último año calendario. Y no me olvido del nuevo Impuesto de Primaria, de la reinstauración del Impuesto al Patrimonio, del precio del combustible para seguir bancando el agujero negro. Con todos estos recursos disponibles, me vuelvo a preguntar: ¿qué pasó?

Ajuste "mejorado".

El agro padece esta inquietud como nadie y así lo manifestaban las autoridades de la Federación Rural, temerosas seguramente de que en la discusión parlamentaria se la vuelvan a agarrar con el campo, que es el objetivo preferido del resentimiento de algunos. Pero lo peor es que con este nivel de gasto y de presión tributaria no solo no se alcanza el equilibrio, sino que no se atienden los objetivos básicos de la gente: la educación pública es lo que es, la seguridad es lo que es, la infraestructura es lo que se ve, y lo que se paga en sueldos es lo que se conoce.

Señalaba antes que las exportaciones están paradas, que vendemos esencialmente cinco productos, todos agropecuarios, y que industrializamos cada vez menos. Esto último es lo que más grave, porque demuestra que cada vez que agregamos valor, que queremos sumar a nuestras materias primas lo que podríamos llamar "valor Uruguay" —salarios, tarifas, impuestos, ingenio— quedamos fuera de competencia.

Entonces, si la presión tributaria está al máximo; si el gobierno no propone modificar en serio el gasto público; si no hay chance por tanto de mejorar la educación, la salud o la infraestructura. Si la exportación está quieta y si el sector privado no tiene forma de agregar valor a nuestras materias primas; si todo esto sigue así, lo que cabe concluir es que no se puede esperar ningún cambio relevante en producción, en productividad, o en la generación de bienes públicos. Y entonces uno no puede menos que imaginar una situación de estancamiento en la condición actual del país, que solo un golpe de suerte mágico como la aparición de petróleo o de oro podría lograr.

La ilusión.

El gobierno con su conducta presupuestal no solo impulsa a la anemia económica sino que va a lograr matar toda ilusión por algo nuevo, sea del signo que sea. Porque con estos niveles de gasto y su calidad, no se puede esperar cambios en la educación, la salud, la seguridad, la infraestructura, y tampoco con este nivel de presión fiscal cabe esperar inversión privada —peor aún por el continuo cambio de reglas de juego— y menos todavía agregado de valor industrial. Ni siquiera cabe esperar en lo internacional un cambio en la inserción externa como para sacudir el tablero.

En definitiva el tiempo de hacer parece suspendido hasta nuevo aviso. Una pena.

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