Jorge Caumont

Tardías advertencias del FMI

Hace unas semanas, en la reunión de autoridades políticas y económicas mundiales de Davos, se evaluaron las perspectivas de la economía global para 2016.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Directora Lagarde rechazó la imputación y anunció que viajaba a Washington. Foto: Reuters.

Se concluyó que se derivan del comportamiento de los mercados financieros en el comienzo del año, asustados según se dijo por el menor crecimiento de China y por la caída de los precios del petróleo.

Por lo poco novedoso del núcleo de su disertación se destacó en la reunión del Foro Económico Mundial la intervención de la directora gerente del FMI, la francesa Christine Lagarde.

Qué dijo Lagarde.

Señaló que los riesgos para el crecimiento global existen y son la profunda transición de la economía china, la posibilidad de que los precios de las materias primas bajen todavía más y afecten a los países exportadores, y las políticas monetarias que no tienen sincronización.

Desde hace varios años se menciona como riesgo para la economía global, el menor crecimiento que anualmente viene mostrando China. Ratificando ese comportamiento Lagarde da una débil explicación: se debe a la transición de una economía de base industrial orientada a la exportación a una de servicios orientada al mercado interno y de mayor prioridad al consumo que a la inversión. A pesar de lo señalado por Lagarde y sostenido por numerosos analistas, hasta el momento el menor crecimiento relativo de la economía china no se traduce en un menor crecimiento absoluto: crecer a una tasa menor sobre una producción mayor no es declinar. Además lo que deja de producir China lo producen entre otros, Vietnam, Camboya o Sri Lanka. Como antes Japón dejaba paulatinamente de exportar productos de alto contenido de mano de obra para que los elaboraran los entonces "Nuevos Países Industrializados", Hong Kong, Corea del Sur, Singapur y Taiwan. Como luego éstos dieran paso en esos productos a Malasia, Indonesia, Filipinas y Tailandia y, por supuesto, a China. Las ventajas comparativas son dinámicas en países en los que la inversión es alta: la mano de obra se vuelve cara en términos relativos y las inversiones en actividades de este tipo van buscando los lugares menos caros. Que China enfrente esos cambios es tan natural como baja la probabilidad que otros no tomen su lugar y que haya una declinación del crecimiento mundial.

En relación con los precios de los commodities el FMI debería saber y si lo sabe no lo trasluce, que el gran causante de la suba como de la baja de esos precios en general —excluido el petróleo— es la paridad del dólar frente al resto de las monedas en general. Los precios de los commodities no dependen solo de la demanda china ya que con ese aumento al cabo de un lapso la oferta en el resto del mundo responde al alza y neutraliza la suba del precio. Excluyo al petróleo porque además del valor del dólar su precio lo determina también la cohesión del arreglo colusivo de los países miembros de la OPEP. Con la baja de los precios, algunos países productores, acostumbrados a gastar lo que pensaron que sería eterno, ahora deben vender más para satisfacer sus presupuestos y el aumento de esa oferta provoca una caída del precio mayor. Los precios seguirán en caída si el dólar se aprecia más y retomarán un alza si el valor del dólar se deprecia.

Paridades cambiarias.

Y que el dólar se aprecie o se deprecie depende fundamentalmente del sesgo de la política monetaria de la Reserva Federal. Cuando la Fed, sin enfrentar riesgos inflacionarios, tuvo como objetivo a partir de 2006-2007 mejorar el nivel de actividad y reducir el desempleo, encaminó una política monetaria fuertemente expansiva (tasa de interés de referencia prácticamente nula, emisión desenfrenada a través de varios programas de compra de títulos). La consecuencia ha sido una paulatina reacción del consumo y de la inversión, dadas las bajas tasas de interés estimulando el gasto antes que el ahorro y la lógica depreciación del dólar que estimulara el otro componente de la oferta agregada, las exportaciones. Cuando la economía se recupera, el desempleo cae y se anticipa que pueden haber amenazas inflacionarias, la política monetaria se hace más restrictiva: en diciembre de 2014 se abandonó la emisión de billetes para compra de títulos públicos y hace ya unos meses la Fed elevó por primera vez su tasa de interés de referencia. La depreciación del dólar generó la apreciación de prácticamente todas las monedas del mundo. Mayor capacidad de compra de importados y transables, precios de commodities increíblemente altos, ingreso de capitales por diferencial de tasas de interés, y otras cosas por el estilo, generaron una creencia de progreso eterno en los emergentes. Desde hace ya dos años, la situación cambia y se desdibujan progresivamente y cada vez más, lo que el dólar bajo por necesidad y política de Estados Unidos provocaba en el mundo. Ni Lagarde ni Alejandro Werner, Director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, como ahora lo hacen, anunciaron antes el riesgo de la impracticable necesidad que las políticas monetarias se sincronicen. Los objetivos macroeconómicos nacionales hacen imposible la sincronización de las políticas monetarias.

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