BÁRBARA MAINZER

Reconquista de la confianza

Pasaron casi 10 años de la peor crisis financiera desde la Gran Depresión. Una crisis que comenzó en el sector financiero de Estados Unidos, luego infectó a su economía real, para después propagarse a nivel global. Fue causada en gran parte porque los objetivos de intermediarios e instituciones financieras se antepusieron a los objetivos de clientes e inversores finales.

Boston Consulting Group estima que el sector financiero pagó US$ 321.000 millones en multas al gobierno de EE.UU. por, entre otros, uso abusivo del dinero de los clientes y empaquetar y venderles bonos de los que ellos intentaban desprenderse.

Las consecuencias más visibles de la crisis fueron el cierre, fusión y rescate de instituciones financieras. A modo de ejemplo: de cinco bancos de inversiones que había en Estados Unidos antes de la crisis (Merrill Lynch, Lehman Brothers, Bear Stearns, Morgan Stanley y Goldman Sachs), uno quebró, dos fueron rescatados y otros dos se convirtieron en bancos comerciales para poder acceder a la ventana de prestamos de la Reserva Federal.

También en Uruguay se sintieron los impactos de la crisis. A lo largo de los años, varios bancos, bancas privadas o representaciones cerraron sus operaciones en el país. Entre ellas, BNP, Societe Generale, Credit Lyonnais, Credit Uruguay, RBC, UBS Suiza, Wells Fargo, Leumi, Merrill Lynch y más recientemente las representaciones de Credit Suisse, Banco Hapoalim y Banco Mizrahi Tefahot.

Muchas de estas decisiones corporativas fueron el resultado de mayores regulaciones implementadas con el objetivo de aumentar la transparencia y evitar abusos que llevaron a la crisis, así como de la mayor complejidad del negocio, derivando en costos crecientes y una relación riesgo/rentabilidad que los llevó a reconsiderar estrategias y operaciones a escala mundial.

Tsunami en los bancos.

Además de enfrentarse a mayores y crecientes costos, a las instituciones financieras se les suma una mayor presión sobre los márgenes de ganancia. Esta se explica por mayor competencia, comoditización del negocio y la dificultad de mantener los niveles de las comisiones en un mundo de bajos retornos.

También, la industria financiera se enfrenta a cambios catalizados por megatendencias a escala global. Entre ellas, una mayor esperanza de vida que altera significativamente la estructura demográfica y pone presión sobre los planes de pensiones y los retornos de largo plazo, agudizado por desbalances y aspectos geopolíticos que continúan influyendo en los mercados y marcando a la sociedad. Y sobre todo, avances tecnológicos que profundizarán la desintermediación financiera, favorecerán la creación de monedas virtuales (como el bitcoin) y permitirán brindar servicios con menos personas (y más robo-asesores).

El rol de las finanzas.

Las finanzas —y el mercado de capitales en particular— cumplen un rol fundamental: canalizar los fondos de aquellos que tienen exceso de capital (y déficit de ideas) a quienes tienen déficit de capital (y buenas ideas). Es decir, juntar inversores con oportunidades, aspiraciones con inspiración. Así, se crea riqueza a través de la movilización del capital para proyectos que redundan en creación de empleos y crecimiento económico.

Otras funciones son la de brindar liquidez, contribuir a la fijación de precios de activos (tasas de interés), lo que a su vez determina la asignación de recursos y permite el manejo intertemporal de consumo y riesgo.

Todo esto solo es posible si hay confianza. La economía de mercado se basa en la confianza, ya que sin ella los costos de llevar adelante negocios aumentan o incluso no se llevan adelante.

Ética cuestionada.

La crisis financiera fue, en gran medida, superada, pero la confianza en la industria financiera resultó tremendamente debilitada. En este sentido, la industria esta en falta.

En el 2008, 69% del público confiaba que los bancos harían lo correcto. En 2009 ese guarismo se redujo a 36%, según un estudio de Edelman citado por CFA Institute en 2016. Muestra que la confianza en la industria financiera se ha ido recomponiendo pero que aún tiene niveles muy bajos comparados con otras empresas de servicios. Se documentó que tan solo 11% de los profesionales cree que la industria tiene un impacto positivo en la sociedad, mientras que 56% opina que a los clientes les venden productos que no son apropiados. Se encontró falta de alineación de intereses y comportamientos éticos cuestionables.

Para restablecer la confianza, es necesario avanzar en el profesionalismo de la industria, la educación de los inversores, alinear intereses y mejorar la transparencia. El péndulo regulatorio continúa moviéndose en el sentido de mayor regulación (excepto, temporalmente, en Estados Unidos luego de la victoria de Trump), buscando evitar los peores excesos. Sin embargo, su efectividad es limitada debido a que la complejidad de la industria creció en forma mas rápida que la respuesta que los reguladores pueden dar.

El nivel de profesionalismo de la industria —incluyendo la adopción de prácticas profesionales en la administración de portafolios, el servicio y la comunicación con los clientes— mejoró sustancialmente. Aún resta avanzar en áreas de transparencia y alineación de intereses entre los intermediarios financieros, sus accionistas, clientes y calificadoras de riesgo.

Cómo la industria encare y afronte los desafíos que tiene por delante determinará su futuro. Habrá oportunidades para aquellos que se adapten a este nuevo escenario y se enfoquen en agregar valor a sus clientes.

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