GUILLERMO DUTRA

Profesionalidad de los docentes

En una reciente reunión organizada por el World Economic Forum, le preguntaban a Pär Stenbäck —ex ministro de Educación de Finlandia— cuáles eran las razones que habían asegurado la calidad del sistema educativo finés. Destacó tres puntos:

1. Finlandia construyó y aseguró su identidad nacional en el siglo XIX a través de la inversión en educación para todos y esto se continuó como forma de garantizar el desarrollo nacional;

2. La consigna de "no dejar a ningún niño detrás": los alumnos con dificultades de aprendizaje son llevados pacientemente hasta el nivel medio de sus compañeros de clase;

3. La rigurosa profesionalidad de los docentes. Sólo el 11% de los aspirantes a la profesión son aceptados. Tienen que ser universitarios, con nivel master, y los más motivados son los que terminan siendo finalmente seleccionados.

Sin dejar de considerar la homogeneidad de esa población, también subrayó que el sistema escolar es altamente descentralizado. Si bien la reforma integral de la escuela en los 70 se basó en objetivos nacionales y un currículum coherente, los municipios, desde una perspectiva local, también participan en la implementación de los planes de estudios.

Mientras que en Uruguay los progresivos déficit educativos reiteradamente centran el debate en aumentar la asignación de recursos y la selección de horas docentes, admitamos que existe un general consenso entre el gobierno, legisladores, académicos y sindicalistas en mirar con interés el modelo finlandés. Múltiples misiones han sido instrumentadas con tal objetivo; sin embargo, por una razón u otra, los años pasan y lejos estamos aún de asegurarle a las futuras generaciones los tres puntos que señala Stenbäck y menos asumir la responsabilidad que nos toca.

Sin perjuicio de las revisiones que este país nórdico está llevando a cabo en torno a Proyectos Educativos, Finlandia es referencia obligada para el mundo entero. Salvando las distancias que con Uruguay corresponden, vale detenerse en el tercer punto que citaba Stenbäck sobre la formación docente. Reconozcamos que los caminos hacia la calidad educativa desordenadamente estos años han rumbeado por diversos ámbitos; desde la importancia del diseño curricular, los contenidos, la evaluación de resultados, la infraestructura, etc.

Reflexiones compartidas con una colega nos llevaban a concluir que en este nivel convergen dos temas: la formación docente y la evaluación de los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Decimos que convergen porque la evaluación da cuenta no sólo del proceso de aprendizaje alcanzado por quienes aprenden, sino de los alcances del proceso de enseñanza brindado por quienes enseñan. Se debería entender de una vez por todas que la evaluación no es un examen, una nota (numérica, alfa numérica o alfabética) ni tampoco es la definición diagnóstica de un proceso y/o final. Ergo, el tema de la evaluación es también formación docente.

Ahora bien, tampoco nos parece que se trate de contenidos conceptuales; en general los docentes de matemáticas saben matemáticas; los de historia, historia y así sucesivamente. El tema es que estos profesionales parecen haber olvidado una vieja práctica: la de reflexionar para qué imparten los contenidos que enseñan. Es decir, qué tiene que ver ese programa de estudio con lo que pasa dentro y fuera del aula, para evitar así que el enseñar se torne en una rutina irreflexiva.

Más que un déficit teórico, parece que más bien existe ausencia de espacios de reflexión sobre la práctica. Ésta última se ha complicado porque la población a la que se atiende es compleja; no hay que confundir los uniformes escolares, los guardapolvos con las distintas subjetividades que se expresan en el aula y las demandas exteriores que presionan a sus aprendices.

En este contexto, quizás no sería riesgoso explorar cuáles son los indicadores que nos van a permitir ver de qué manera o hasta qué punto se están alcanzando los objetivos que se persiguen. Y aquí entramos en la dimensión moral de la práctica docente, ya que esto implica analizar las responsabilidades asumidas durante el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Por supuesto, siempre se pueden invocar razones vinculadas con la insuficiencia salarial, la incontinencia familiar de los alumnos, culpar al nivel educativo anterior y decir que los chicos de hoy no saben interpretar los textos o no resuelven problemas matemáticos ibídem… Pero ¿no será hora ya de pensar que el docente de aquí en más actuará en un contexto complejo, diverso, heterogéneo y sobre todo, en un marco institucional que no se toma a sí mismo como objeto de aprendizaje? Definitivamente, el desempeño docente dejó de ser solamente un tema de vocación, además es un problema de profesionalización que tenemos por delante.

Lamentablemente, mal parados estamos cuando la Ministra de Educación destaca el actual desempeño de las máximas autoridades educativas retomando el ejemplo de nuestro principal exponente del siglo XIX. Sucede que hoy los docentes están llamados a reflexionar sobre la experiencia finlandesa y los jóvenes a proyectarse según sugirió Steve Jobs en 2010 en Stanford: "no se dejen atrapar por el dogma que es vivir según los resultados del pensamiento de otros".

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