Roberto Cahanosky | desde buenos aires

El populismo no es gratis

Si bien a los economistas se nos pide que hagamos futurología, algo que es imposible, sí podemos decir lo que puede pasar cuando se adoptan determinadas medidas económicas. El cuándo y el cuánto es más complicado. Solo podemos decir que ante determinada medida económica se produce determinado efecto en la economía.

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Cristina Fernández. Foto: El País

Hay dos certezas que tenemos respecto al futuro: que el tipo de cambio va a subir y bastante, y que el gasto público va a bajar, y bastante.

¿Por qué el gasto público va a bajar? Porque la presión impositiva es tan grande que está asfixiando al sector privado que es el que mantiene al público. Si el Estado mata al privado ahogándolo con presión impositiva, se queda sin financiamiento y por tanto tiene que bajar el gasto.

El Estado se ha convertido en algo así como una empresa familiar importante que es heredada. Suele pasar en esas empresas que todo lo que construyó el abuelo se transforme en una fiesta para la familia, que empieza a nombrar a sobrinos y tíos en cargos inventados con sueldos descomunales. La terminan fundiendo. En nuestro caso los familiares del Estado son La Cámpora. A los argentinos no nos tocó la mejor familia.

Por supuesto que este problema se da a nivel nacional, provincial y municipal y no es que 100% de los nuevos empleados sean todos de La Cámpora, pero buena parte de ellos sí. Para tener una idea al respecto, en 2002 había 2,1 millones de empleados públicos y en 2013 llegaban a los 3,3 millones, estimando que hoy debe haber unos 3,7 millones.

Por eso sostengo que la tasa de desocupación es más alta que la que se calcula, porque todos quienes fueron nombrados sin hacer algo productivo, desde el punto de vista económico son desocupados y por tanto no cobran un sueldo, sino un subsidio por pertenecer a una facción política. Decir que si se despide a esa gente aumenta la desocupación es una mentira, porque no son ocupados.

El gasto público se ha disparado, por lo tanto o baja en términos nominales en forma ordenada o bien se lo baja al estilo Duhalde con una llamarada inflacionaria y cambiaria que licúa el gasto público pero deja intacta la ineficiencia del Estado. Esto significa que dicha "llamarada" cambia los precios relativos haciendo que la suba del tipo de cambio nominal sea mayor al incremento de los precios internos y, a su vez, la suba de los precios sea mayor a la suba de los salarios. Eso sería una devaluación "exitosa" si es que existe tal cosa. De manera que hacia el futuro, se puede esperar que ocurra algo así porque nadie que llegue al poder se va a animar a hacer una reducción nominal del gasto público tan fuerte como para ganar eficiencia en competitividad. La mayoría de los políticos cree que es más costoso hacer bien las cosas, que hacerlas a lo Duhalde.

Aunque siguieran Cristina Fernández como presidente y Axel Kicillof como ministro de Economía, no podrían sostener esta política económica. Así como en 2011 aguantaron hasta las elecciones y luego establecieron el cepo cambiario, si imaginásemos un tercer mandato de CFK con Kicillof como ministro, al otro día de ganar estarían devaluando, aumentando las tarifas de los servicios públicos y quitando subsidios a la clientela política. Obviamente, todo hecho torpemente y con crecientes grados de autoritarismo.

Si se observa la evolución mensual del tipo de cambio real desde enero de 1970 hasta junio pasado, cada vez que hubo políticas económicas altamente reguladas e intervencionistas, el tipo de cambio a pesos de junio de este año se ubicó en un piso de $ 20 y un techo de $ 40.

Cuando este gobierno deje el poder, la herencia que recibirá el próximo será un tipo de cambio que difícilmente pueda mejorar en términos reales con incrementos de la productividad que genere tal baja de precios en pesos y haga subir el tipo de cambio real sin que suba el nominal. Lo más probable es que el tipo de cambio nominal salte. Ahora, el salto puede ser muy fuerte o no, dependiendo del contexto de política económica y confiabilidad que genere la próxima administración. Si solo se corrige el tipo de cambio y las tarifas de los servicios públicos sin atraer inversiones, el salto del tipo de cambio puede ser monumental. Si se sale del cepo y de este control cambiario en contexto de confianza, el ingreso de capitales seguramente amortiguará mucho el salto cambiario. Lo que es seguro es que el tipo de cambio nominal subirá porque es imposible pretender motorizar la economía con más consumo artificial.

La certeza es que el próximo gobierno tendrá que cambiar los precios relativos de manera tal de hacer caer el consumo por disminución del tipo de cambio real y compensar esa caída con más exportaciones y, si logra confianza, con más inversiones. Por eso nadie puede esperar que los candidatos a presidente digan en serio lo que van a hacer cuando lleguen al poder. Perderían votos porque la gente sabe o intuye que este modelo es insostenible, pero quiere que le mientan.

En síntesis, el cambio de precios relativos es inevitable, donde el dólar será lo que más va a subir, luego los precios de los bienes y servicios y finalmente los salarios. En eso desemboca el modelo Nac&Pop de consumo artificial. Doce años de populismo desenfrenado no son gratis.

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