JAVIER DE HAEDO

Poner el cascabel al gato

Se ha arraigado el concepto, en materia fiscal, de "gasto endógeno". Es frecuente escuchar al ministro de Economía y Finanzas aludiendo a él, en instancias presupuestales, para fundamentar la poca capacidad de maniobra que se tiene en esas instancias.

También, por ende, para apoyar la reiterada suba de impuestos explícitos e implícitos (en precios públicos, por ejemplo), porque sería una consecuencia inmediata de aquello.

En este sentido, recomiendo la lectura de la columna publicada en esta página hace tres semanas, titulada "Peligrosa endogeneidad de lo exógeno", por Jorge Caumont.

Rigidez.

El tema no es nuevo. En las Jornadas del BCU de 2014 mostré la estructura del gasto en función de su mayor o menor grado de rigidez o endogeneidad y los números casi no han cambiado desde entonces. En los 12 meses a junio, el 40% del gasto total del consolidado Gobierno Central más BPS presenta reglas rígidas (pasividades e intereses), el 30,5% presenta reglas flexibles de ajuste (remuneraciones y aproximadamente la mitad de las transferencias, como Fonasa y asignaciones familiares) y el 29,5% no presenta rigidez alguna en su evolución (gastos no personales, inversiones y otras transferencias), siendo lo que habitualmente se conoce como gasto "discrecional".

La situación es bien clara: si el 70% del presupuesto está fuera de mi control, sólo tengo para maniobrar el 30% restante, pero en los hechos esto es casi una utopía. Vimos que tres años después, las proporciones entre endógenos y discrecionales no han cambiado. Es evidente que a esta realidad alude, resignado, el jefe del equipo económico.

Regla fiscal.

La situación planteada complicaría enormemente la introducción de una regla fiscal en nuestro país, dado que los ingresos fiscales acompañan al ciclo económico, mientras que una parte sustancial (siete décimos) del gasto, tiene vida propia. Una regla fiscal se vuelve imposible en los hechos, si la tasa de crecimiento tendencial del gasto endógeno es mayor a la del crecimiento de la economía, como ha venido ocurriendo.

Las cuentas son sencillas, veamos un ejemplo numérico. Si el PIB (y los ingresos) crece al 3% anual y el gasto endógeno lo hace al 4%, como éste es el 70% del gasto total, para que la regla fiscal funcione, el 30% restante del gasto sólo puede crecer al 0,4% real anual, con lo que, al cabo de pocos años, se va licuando en términos del PIB hasta que ello se vuelve insostenible (como sucederá en pocos años en Brasil con la reforma constitucional aprobada el año pasado sobre la congelación real del gasto).

Qué hacer.

Así planteadas las cosas, parecería que todos deberíamos resignarnos junto al ministro Astori ante esta situación y que no tendríamos más remedio que seguir el camino de estos últimos años de subir impuestos una y otra vez. Pero a la larga esto también se vuelve insostenible por la magnitud de la carga impositiva a que daría lugar.

Según datos oficiales, la tasa de evasión del IVA se ubica en el 10% y la del IRAE en el 40%, mientras que el 25% del empleo está "no registrado". Si entre un cuarto y un quinto de los tributos no se pagan, quienes sí tributan tienen una tasa media considerablemente mayor a la que parece haber: el total de ingresos del sector público no financiero da una aproximación a la tasa media de tributación nacional y es el 30% del PIB, pero esa tasa sería de entre el 38% y el 40% para quienes pagan sus tributos.

Yo no me resigno ante esa realidad porque creo que es posible cambiarla. No es endógeno o rígido todo lo que parece serlo. Veamos los dos casos más notorios.

Primero, en el caso de las remuneraciones, su precio (el salario real) se ha vuelto endógeno por decisión política, por la regla de indexación que tiene y porque en cada instancia presupuestal sólo se lo sube algo más. Por lo tanto, se trata de una situación corregible. Y ni que hablar de su cantidad: el número de funcionarios públicos ha crecido exorbitantemente y eso también es producto de decisiones políticas y por lo tanto es reversible.

Segundo, en el caso de las pasividades, si bien sus montos están indexados por la Constitución, una vez más, se puede actuar sobre la cantidad de pasivos y sobre los parámetros del sistema previsional. De hecho, el MEF ha planteado hacer esto último con la llamada Caja Militar. También aquí el gobierno se ha marcado goles en contra, como en el caso de la ley de flexibilización de 2008, mediante la cual subió extraordinariamente la cantidad de pasivos. En este capítulo, se puede desendogeneizar el gasto mediante nuevas reformas a los parámetros del sistema y mediante ajustes a aquella ley que claramente resultó equivocada.

En definitiva, una parte de la endogeneidad del presupuesto es provocada por políticas públicas equivocadas y modificables. Hay conceptos del presupuesto que se han vuelto endógenos por decisiones de gobierno cuando en su esencia son exógenos y pueden y deben volver a serlo.

Claro está que, como se ve, las decisiones que hay que tomar son importantes y no basta con el clásico "chamuyo" electoral de que todo se arregla con cortar gastos superfluos. Esto no es tarea para curanderos ni para magos.

Entonces no se trata de algo inexorable ante lo cual debamos resignarnos. Se debe cambiar la resignación por acción, pero para eso se requiere liderazgo y decisión. O sea, ponerle el cascabel al gato.

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