Guillermo Dutra

Opción Amish para cerrada perspectiva laboral

Tropiezos mediante, el Ministerio de Trabajo intenta avanzar en su directriz orientada a promover hacia 2020 "una cultura de trabajo para el desarrollo".

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Foto: Violetkaipa

En ese marco, jerarcas de esa cartera a través de la prensa, con actitud de monjes benedictinos y perspectiva digna de un claustro, en enero priorizaron como problema el ausentismo de los trabajadores y hacían concluir que la "prima por presentismo" poco efecto tuvo para revertir ese marcado comportamiento.

Sin perjuicio del sostenido deterioro que nuestra cultura del trabajo padece, esa directriz de política pública arriesga continuar autorrefiriéndose en la medida que posterga problemas que ya golpean duro el empleo e ignora desafíos que, desde extramuros, nos demandan sesudas reflexiones y un impostergable posicionamiento estratégico.

En aras de oxigenar esa hermética perspectiva, vale repasar parte de los problemas y desafíos que también fueron en enero tema de análisis de los uruguayos y poco oímos hablar a esos mismos jerarcas.

De principio la unánime aspiración nacional de contar "con más y mejores empresas", malograda quedó por la intempestiva decisión que el MEF adoptó respecto a la liquidación del IRAE. Esto no sólo implicará mayor carga tributaria; anuncian empleadores que afectará negativamente el empleo —¿para resolver quizás el problema del ausentismo?— y, a su vez, está obligando a los gerentes principales a elaborar ingeniosos y creíbles argumentos ante sus matrices en el exterior, para fundamentar los sobrevinientes costos.

Inobjetables indicadores demuestran que el descenso de las exportaciones fue de un 11,6%; la inversión extranjera directa cayó 23%; a setiembre se habían presentado un 43% más de solicitudes al seguro de desempleo y no menos de 150.000 trabajadores están sin empleo.

El núcleo de la industria acumula cuatro meses de caída y su contracción fue de 4,9%; las horas trabajadas descendieron un 9,3%, un 8,5% fue la caída del personal ocupado que afectó a 50 de sus 62 ramas, y la capacidad instalada fue utilizada un 63% frente al 67% de 2014.

Las aspiraciones que abrigaban empresarios de contar con el gobierno para amortiguar costos internos y encarar sus próximas inversiones, congeladas quedaron ante una suba —por encima de la inflación— de UTE, Antel y OSE. Ancap que bien podría dar una mano aprovechando el precio del petróleo, impedida quedó gracias a la probada negligencia de quiénes la vienen administrando.

En respuesta a ese tarifazo y a créditos ya incobrables, se sumaron los tamberos —responsables de una de las industrias más competitivas del país— organizando piquetes. Por último, destacados analistas vaticinaron que si el pasado año fue complicado 2016 no será mejor.

Contexto.

Pero, si seguimos al Papa Francisco y miramos por encima de los muros de nuestro monasterio para integrar el mundo exterior, imposible obviar Davos y su foro en torno a la Cuarta Revolución Industrial, caracterizada por una creciente fusión tecnológica que borra límites entre las esferas físicas, digitales y biológicas y cada vez más, altera nuestra forma de vivir, de trabajar y de relacionarnos .

Líderes mundiales y calificados expertos hicieron ver que ésta evoluciona con celeridad exponencial y no en forma lineal como también sucedió en la Tercera Revolución, en la cual la electrónica y la información se orientaron a automatizar la producción.

Ahora la profundidad de los cambios transforma sistemas enteros de producción, la participación ciudadana y la gobernanza misma. La inteligencia artificial está a nuestro alrededor, desde coches de autoconducción y aviones no tripulados para los asistentes virtuales y software que se traduce.

En suma, estamos inmersos en un tsunami que remodela permanentemente el lugar de trabajo. Sin embargo, ¿la cultura del trabajo que en Uruguay se quiere promover tiene esta revolución presente para no terminar siendo inoperante y cómplice de ese futuro gradualmente más amargo?

Contrato social.

Emulando a Thomas Friedman, tal vez llegó el momento de revisar nuestro contrato social; adecuar las propuestas educativas para que los trabajadores puedan resistir la tentación de mirar el martillo y exprimir las máquinas, sin dejar simultáneamente de fomentar el espíritu de empresa, que es el que en definitiva innova y crea empleos.

Revisar el contrato social significa abandonar el modelo fordista, un sindicalismo capaz de asumir los nuevos intereses de los trabajadores e inéditas identidades laborales y empresarios dispuestos a gestionar talento humano…

He aquí prioridades que parecen estar fuera de la perspectiva benedictina de ese Ministerio. Sin dejar de reconocer los válidos aprendizajes que desde el año 530 nos ha dejado la principal Regla Benedictina, ¿no cabría al menos plantearnos un cambio de perspectiva?

Si de continuar enclaustrados se trata, quizás los Amish podrían ser un referente; es cierto que acotan su educación entre los 6 y 13 años pero estimulan exitosamente la cultura del trabajo, no padecen ausentismos y desde siempre han asegurado alta productividad y pleno empleo. Claro que, los Amish son comunidades cada vez más pequeñas, padecen el alejamiento de los jóvenes y sólo pueden mantenerse en aislamiento. ¿Es esa es la cultura del trabajo que queremos?

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