CARLOS STENERI - ECONOMISTA

Nuevo llamado a la realidad

Pasada ya la fase más aguda de la crisis financiera que azotó al mundo desarrollado, lo encontramos hambriento de crecimiento. Algo similar ocurre con el mundo emergente, aturdido aun por el fogonazo del súper ciclo de las materias primas.

La historia indica que la recuperación después de las crisis financieras es lenta y prolongada. Algo similar puede decirse de los efectos de los boom de las materias primas. Una vez agotados sus efectos, el reflujo hacia la normalidad derrumba la exuberancia del crecimiento, debilitando al consumo y por ende las expectativas de una clase media naciente fragilizada por los eventos.

Esta realidad mete en una encrucijada tanto a la academia como a los gestores de la política económica.

Si hubiéramos preguntado años atrás que ocurriría en un escenario de tasas reales cercanas a cero o negativas junto a mecanismos de fuerte expansión monetaria con laxitud en la política fiscal la respuesta unánime hubiera sido que se entraba en un periodo inflacionario y recalentamiento de la economía. Y eso es todo lo contrario de lo que ocurre en el mundo desarrollado, sumido en la deflación y caída de demanda que conlleva al bajo crecimiento.

Con esto se estaría constatando que vienen operando desde hace tiempo fuerzas reales que explican esa dinámica perversa sobre las cuales no existe aún un consenso generalizado.

Escenarios.

Las ideas más recibidas son una caída endémica de los aumentos de productividad, explicada por el envejecimiento de la población y el agotamiento del impulso favorable sobre la productividad promovida por la introducción masiva de la informática. Los datos muestran que el ritmo de aumento de la productividad ha venido decreciendo en Europa y Estados Unidos al 1 y 0,5 por ciento anual respectivamente desde 2007. Esto refleja factores cíclicos, estructurales pero también una disminución de la acumulación de capital físico.

En consecuencia, el crecimiento potencial futuro será magro debido al debilitamiento de las fuentes genuinas de crecimiento, las cuales erosionan las expectativas futuras sobre la marcha de la economía, hecho que a su vez desestimulan las decisiones empresariales sobre la inversión. Por ejemplo con perspectivas declinantes de ventas futuras, la postura de la inversión muestra el mismo comportamiento. Y cuando los consumidores prevén caídas en sus ingresos, también disminuyen su consumo. Y sobre esa realidad es que, a pesar de los esfuerzos, la política monetaria en el mundo desarrollado viene fracasando al no lograr dinamizar el crecimiento.

Esto tiene un correlato similar en el mundo emergente, pero por causas diferentes.

Aunque los factores domésticos siempre juegan un rol, el hecho determinante en la caída del nivel de actividad para América Latina es la disminución de sus exportaciones, explicado mayoritariamente por el fin del boom de precios de las materias primas. Eso se traduce en una caída del consumo doméstico y las tasas de inversión que no pueden ser compensados por políticas fiscales ni monetarias anti cíclicas. Los déficit fiscales abultados y las presiones inflacionarias son barreras infranqueables que requieren a su vez políticas contractivas, que potencian los efectos adversos de la caída del precio de las exportaciones sobre el crecimiento.

Un estudio reciente del Banco Mundial (*) muestra que el crecimiento excepcional de América Latina de la década pasada fue motivado por el boom exportador en mayor medida que la del resto del mundo emergente, incluido África. En esa realidad Argentina, Brasil y Uruguay son quienes muestran la mayor expansión relativa del consumo respecto al shock positivo externo. El canal de trasmisión fue la apreciación cambiaria resultante que mejoró el poder de compra y la baja tasa de ahorro de la economía. En este caso, el sector público actuó pro cíclicamente con déficit fiscales crecientes, que no es otra cosa que una forma de ahorro negativo.

Su resultado fueron tasas de inversión menores, dado que la mayoría del efecto positivo —transitorio— del boom de las commodities se fugó en gasto corriente. Las carencias en obras de infraestructura son una de las dimensiones visibles de esa decisión de política.

En definitiva, comienza un ciclo nuevo donde el mundo por causas estructurales mostrará tasas de crecimiento bajas. No se vislumbra otra China en el horizonte inmediato, que genere un destello que despeje la modorra actual de las proyecciones sobre crecimiento.

LA región.

Para la región y en particular nuestro país esta realidad trasciende lo económico, para convertirse en un hecho político. El boom vivido alentó las expectativas de una clase media naciente que hizo suyas como permanentes las conquistas logradas. También en muchos casos las dirigencias diseñaron sus políticas suponiendo que lo temporal era permanente, olvidando que su sostenibilidad se apoya en ritmos de crecimiento robustos y permanentes.

Sin duda que había y quedan deudas sociales enormes por saldar. Pero ello no es excusa para hipotecar la permanencia de los avances, salteando casilleros por más loable que sea el cometido. Al final del día la dura realidad dice presente desmoronando expectativas, generando tensiones y poniendo a prueba gobiernos. Nada mejor que mirar a nuestros vecinos para darnos un baño de realidad e ir rápidamente a las cosas.

(*) El ciclo de las commodities en América Latina, Banco Mundial, abril 2016

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