CARLOS STENERI

¿Hacia dónde vamos con el Mercosur?

Las trabas impuestas por Brasil a la importación de lácteos desde nuestro país, muestra el deterioro profundo al que llegó este mecanismo pensado para facilitar el comercio intrarregional.

Sede del MercoSur. foto: Fernando Ponzetto-
Foto: Fernando Ponzetto

Hasta hace poco, las trabas argentinas hacia nuestras exportaciones encuadraron otra arista de las distorsiones imperantes, y lo que es peor, afirmaron la disolución de los mecanismos establecidos para dirimir controversias entre sus asociados.

Hoy esos mecanismos son sustituidos por "intervenciones" a nivel presidencial, como lo fue la llamada del presidente Michel Temer, prometiendo resolver el conflicto a la brevedad. Pero el tema va más allá del hecho particular, dado que eso no puede ocurrir nunca más y, de lo cual, nadie está seguro. Puesto en otra dimensión, son conductas propias de un ámbito donde impera la ley del más fuerte, donde el problema se diluye por una dispensa graciosa y donde impera la incertidumbre. En definitiva, una mezcla de hechos letales para sus asociados y en particular para los más pequeños.

Una vez más, este traspié, que por el momento parece haberse resuelto y que no será el único, refuerza la necesidad de contestarnos varias preguntas al respecto con realismo, despojándonos del fundamentalismo del portazo con la región o de pensar que en ella encontraremos la única fuente de prosperidad posible.

El mundo actual y el que se nos avecina es muy diferente al que vio nacer al Mercosur hace veinticinco años. Recordemos que su catalizador fue la complementación productiva de Argentina y Brasil, aportando el primero su capacidad como oferente eficiente de alimentos, y el segundo su base industrial naciente. Eso llevaría al fortalecimiento de un proceso de sustitución de importaciones regional que aumentaría el comercio y generaría cadenas de valor agregado intrarregional.

Consolidada esa plataforma productiva, quedarían plasmadas las condiciones para incursionar en terceros mercados con productos industrializados en la región.

La historia le tuvo reservado otro destino. La irrupción de China convirtió al Mercosur en uno de sus principales proveedores de materias primas y como espejo convirtió a ese país en su principal cliente, y en el principal sostén de su crecimiento reciente.

En definitiva, se trata de conjugar esta nueva realidad incontrastable e irreversible, positiva para los intereses del Mercosur, con la necesidad de crear condiciones para desarrollar actividades con mayor valor agregado que generen más empleo.

Pero eso no puede hacerse repitiendo el error de una sustitución de importaciones a escala regional, que para nada ha promovido la eficiencia, ni a nivel de empresas ni del propio sistema productivo en general, lo cual queda demostrado cuando sus bienes tienen escasa penetración en los terceros mercados.

Y entre medio quedan sectores eficientes, como la lechería uruguaya, que cuando pretende operar en terceros mercados encuentra competidores formidables con mejores condiciones de acceso. En consecuencia, mantienen en el Mercosur un mercado preferencial gracias al arancel externo común existente.

De todos modos, eso implica riesgos, al concentrar en un solo destino el grueso de sus exportaciones, en un rubro cuyas ventas externas representan más del 70% de la producción total.

El encierro mercosuriano también disimuló el retroceso en sus condiciones para realizar negocios, tal como lo demuestra el reciente ranking publicado por el Foro Económico Mundial, donde sus socios son superados ampliamente por otros países del continente, y ni que decir por el resto del mundo relevante. El arancel externo común elevado da cobijo a sectores públicos hipertrofiados y poco eficientes, que necesitan subirse a los hombros de los sectores productivos para financiarse, los cuales a su vez necesitan de mercados protegidos para desarrollarse. En definitiva, un circuito circular de suma negativa, expresado en deterioro de la competitividad.

Estas aristas de las distorsiones que impone el Mercosur no son triviales y por tanto, generalmente pasan desapercibidas, más cuando se mezclan con preconceptos o cuestiones ideológicas. Pero alejan a sus socios de fundamentos de una política comercial activa adaptada a los nuevos tiempos.

En realidad, en las décadas pasadas hubo una esclerosis inédita en materia de acuerdos comerciales que hoy posiciona al Mercosur en una situación de desventaja relativa con sus principales competidores. Está llegando tarde a todos lados, y lo que es peor, con dudas sobre cuál es la mejor estrategia, que por cierto no es la actual.

Con dos agravantes. El primero es que sus socios principales están en medio de una transición macroeconómica compleja, donde necesariamente están centrando todos sus esfuerzos, dejando poco resto para el tema de la política comercial externa. El otro aspecto es la complejidad cambiante del mundo desarrollado, con una Unión Europea con tensiones propias inesperadas que dejan poco espacio para cambios significativos en materia de comercio internacional, y la aparición del proteccionismo de la mano de la administración Trump.

En definitiva, un coctel de situaciones adversas que no justifican relegar una vez más el tema de la política comercial de la agenda de gobierno.

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