GUILLERMO DUTRA

Limitaciones al desarrollo

Semanas atrás The New York Times informaba sobre una realidad que, aún cuando todo hacía pensar venía cambiando para bien, conserva su original tendencia: las mujeres con independencia de su movilidad laboral ascendente y mayor nivel educativo, siguen ganando un 20% menos que los hombres.

Esto se mantiene también cuando hacen el mismo trabajo; las médicas por ejemplo, ganan un 71% de lo que ganan sus pares masculinos, las abogadas el 82 % y el sindicato de los periodistas Dow Jones admitió que sus miembros femeninos que trabajan a tiempo completo, obtienen 87 centavos por cada dólar que ganan sus compañeros.

Sin perjuicio del color local, lo mismo se replica en Europa, América Latina y Uruguay. En la UE, en término medio, las mujeres ganan aproximadamente un 16,4 % menos que los hombres; la gama va desde un 2,5% en Eslovenia, 22,4% en Alemania a un máximo de 30% en Estonia. En América Latina esta diferencia es marcada en todos los segmentos ocupacionales. Las mayores brechas se registran en el trabajo por cuenta propia, en el cual el ingreso de las mujeres es 57% del masculino, mientras que entre los asalariados en microempresas esa desigualdad es de un 88%. En Uruguay, según la ONU, el ingreso laboral mensual promedio de las mujeres respecto de los hombres es de un 69,04%, lo que marca una brecha salarial promedio de 30,96%.

Esta reincidente tendencia más un repaso de la historia motivan una conclusión: si hay un perverso hábito que la especie humana mantiene y pone en práctica, siempre que puede claro está, es la de instrumentar un injusto desequilibrio entre el capital y el trabajo; pero esto se profundiza y traduce además en un indebido desequilibrio entre hombres y mujeres. De esta desigualdad son víctimas (y nosotros victimarios) nuestras madres, hermanas, esposas e hijas. En memoria de la mujer que en mi etapa escolar me obligaba a repasar las tablas una y otra vez, intentaré señalar méritos que justificarían destrabar este empantanamiento intergeneracional. Según un estudio del "Peterson Institute for International Economics" de Washington que difundió El País de España días atrás y que analizó 21.980 compañías en 91 países: las empresas con al menos un 30% de ejecutivas tienen un 15% más de beneficios y el desempeño empresarial mejora cuanto mayor es la proporción de mujeres en posiciones de liderazgo corporativo. En Uruguay el INE insistentemente indica que las mujeres son las que con mejor calificación ingresan al mercado de trabajo y según Cepal, si desapareciera la desigualdad de ingresos vigente, nuestra pobreza se reduciría un 3%. Y en 2015 la OIT señaló que el PIB mundial aumentaría un 25 % si hubiera igualdad laboral entre hombres y mujeres.

Descartando los magros resultados alcanzados desde tanto diagnóstico y debates de escritorio, aprendido tenemos ya que todo cambio que se quiera introducir al statu quo vigente, será políticamente exitoso en la medida que esa idea previamente haya sido asumida y aceptada por el imaginario colectivo. En esa línea la Unión Europea creó a partir de 2011 el Día Europeo de la Igualdad Salarial, como evento anual destinado a sensibilizar al público sobre la existencia de la brecha salarial entre hombres y mujeres y que estas últimas deben trabajar más horas para ganar lo mismo. Su fecha varía cada año, dependiendo de la brecha salarial media.

Retomando esta iniciativa, el 8 de marzo pasado, visionariamente el Senador Luis Lacalle Pou presentó un Proyecto de Ley asignando a la Comisión Tripartita para la Igualdad de Oportunidades y Trato en el Empleo la responsabilidad de establecer al comienzo de cada año civil, la fecha en que deberá celebrarse el Día de la Igualdad Salarial en Uruguay. Este día sería aquel a partir del cual las mujeres hipotéticamente comenzarían a ser remuneradas por su trabajo de forma comparable a los hombres, según la brecha salarial que anualmente informe el INE.

Lo expuesto me lleva a promediar según las estadísticas citadas y afirmar que mi esposa, que desde hace 31 años paga más de una cuenta en casa y es consultada por sus colegas hombres, tiene que trabajar 9 días más al mes para igualar sus ingresos y 108 días en términos anuales.

Acaso, ¿no será hora ya de que estas conmemoraciones nos obliguen a reflexionar críticamente los patrones culturales que generación tras generación nos han impedido reconocer el trabajo de las mujeres? ¿No es necesario rever las políticas educativas tendientes a optimizar su capacidad emprendedora; analizar los itinerarios formativos que las llevan a tareas y profesiones peor pagas y promover su acceso a las nuevas tecnologías? ¿Estas inequidades, no cuestionan políticas e institucionalidades vigentes? ¿Los espacios actuales de participación y representación político, gremial y sindical no reafirman ese statu quo?

Solo una constante y profunda revisión será lo que permitirá que mi hija de 25 años Economista bilingüe, trabajando 9 horas por día y aspirante a un postgrado en el exterior —luego de semejante esfuerzo— pueda evitar ser víctima de la desigualdad laboral que sufrieron su madre y abuela. En un país con escaso capital humano ¿no será momento de tomar coraje y cambiar la pisada?

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